Los ‘nuevos’ que llegaban a tu clase
La presencia en el aula de un alumno nuevo era un aliciente en el comienzo del curso

Una de las clases de niños del colegio Ave María del barrio del Quemadero, en los años 70.
Había algo peor que volver al colegio en septiembre: ser el nuevo de la clase. Esa tristeza de regresar al aula después de las vacaciones se multiplicaba por dos si llevabas colgado el cartel de debutante. Esa mañana, antes de salir de tu casa, mirabas de reojo tu cama y recordabas los momentos dichosos del verano, cuando escuchabas las campanas de la iglesia de tu barrio dando las nueve y te quedabas un rato más entre las sábanas, disfrutando de ese estado de letargo en el que te sentías tan feliz.
Ese primer día de escuela en el que ibas a conocer a tus nuevos compañeros y a tus nuevos profesores apenas podías digerir el vaso de leche y cuando al salir de tu casa recorrías las calles donde habías disfrutado de las vacaciones, jugando sin tregua, entonces, en ese instante, tenías que tragarte las lágrimas que la tristeza iba amasando dentro de ti. Mientras caminabas cabizbajo, con la cartera a cuestas, descubrías que la felicidad absoluta era una utopía y que tal vez uno no tomaba plena conciencia de la felicidad hasta que no se enfrentaba a una experiencia amarga, y no había nada más amargo para un niño que empezar el colegio y ser el nuevo de la clase.
El nuevo llegaba asustado, por muy valiente que fuera. Imponía enfrentarse a un grupo de niños que te miraba con extrañeza, como si cada uno te estuviera examinando con la intención de descubrirte todos tus defectos. Esa sensación de náufrago, esa incertidumbre de estar solo en medio de un territorio hostil, se acentuaba cuando el profesor te pedía que te levantaras y empezaba a hacerte preguntas. Solía ocurrir que al nuevo, por los nervios de la primera vez, se le atragantaran las palabras en la boca y tartamudeara o se equivocara de respuesta, lo que provocaba esa risa colectiva que tanto daño hacía en el ánimo del debutante. La infinita capacidad de socialización de los niños no tardaba en hacer sus efectos, y al día siguiente, el nuevo dejaba de serlo y se integraba perfectamente en el grupo.
Recuerdo el día en que a mi clase del colegio San José llegó una niña nueva, unos días después de haberse iniciado el curso. No teníamos más de ocho o nueve años, pero puedo asegurar que casi todos los niños nos enamoramos locamente de ella. Tal vez era por la novedad, o por aquella melena rubia de película que le rozaba la cintura, o quizá por su acento castellano donde la palabra besos sonaba más profunda que cuando la pronunciábamos nosotros. El caso es que la nueva, la madrileña, como la llamábamos los niños, nos alegró los primeros días de clase y nos revolvió los cajones interiores de tal manera que competíamos en los recreos por ser los más graciosos, los mas audaces y los más habilidosos jugando al fútbol delante de los ojos de aquella musa.
Ser el nuevo de la clase era duro en el colegio, pero más aún cuando llegabas al instituto, donde te encontraba con un público mucho más exigente. El día que ibas a empezar el Bachillerato y abrías por primera vez la puerta del aula, sentías un alivio extraordinario cuando en el pupitre del fondo descubrías el rostro amable de un viejo compañero del colegio o a un amigo de tu barrio.
Empezar el instituto siempre tuvo una solemnidad que no tenía la escuela, sobre todo en los años cincuenta, cuando las distancias entre los alumnos y los profesores eran casi insalvables. Entonces, la apertura del curso era un día grande. Ese día el salón de actos se engalanaba y había que ir con ropa de domingo para asistir a la misa que se celebraba en la capilla. Los profesores, vestidos con trajes oscuros y contagiados por la solemnidad del momento, parecían más distantes, como si no fueran los mismos que a diario batallaban con los estudiantes dentro de las clases.
El día de la apertura, los catedráticos se situaban a la misma altura que el señor Obispo, en ese estrato reservado para las autoridades. Y había un acto literario y una conferencia llena de retórica donde el profesor de Física hablaba de cómo sería la vida para el hombre si pudiera subir a la Luna.
Para los nuevos, para aquellos que llegaban por primera vez al instituto, en aquel primer día de clase se fundían todos los miedos de la infancia, quizá por ese temor innato del ser humano hacia lo desconocido. Llegaban al instituto siendo niños, con los pantalones bombachos y sus chaquetas de hombres prematuros, con las caras bien lavadas, el pelo recién peinado por sus madres y bien embadurnados de colonia a granel, “oliendo a limpio”, como se decía entonces. Y en ese primer día, entre nervios y nuevas emociones, conocían el horario, la lista de profesores que les habían correspondido en suerte, y los libros que tenían que comprarse para afrontar el curso.