La Voz de Almeria

Tal como éramos

La picardía que traía el Teatro Chino

En los años 50 venía con la supervedette Manolita Chen, que acabó siendo la directora

En 1977 una de las estrellas del Teatro Chino era el humorista Manolo de Vega, que triunfaba en TVE contando chistes. En la foto, se ve junto a dos familias de Almería en una caseta de comida.

En 1977 una de las estrellas del Teatro Chino era el humorista Manolo de Vega, que triunfaba en TVE contando chistes. En la foto, se ve junto a dos familias de Almería en una caseta de comida.

Eduardo de Vicente
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La Feria de los años sesenta tenía todavía el sabor familiar de las verbenas de los pueblos, donde todo el mundo se conocía, donde todo el mundo se encontraba, donde se mantenían vivos los viejos rituales de recorrer cien veces el Paseo, de bailar hasta la madrugada en la Caseta Popular, de cerrar la noche tomando chocolate y churros en el Colón.

La Caseta Popular vino a contrarrestar los bailes de gala del Casino en una época en la que la gente necesitaba divertirse para olvidar las penas. La primera vez que la montó el Ayuntamiento fue en agosto de 1948 y tuvo tal éxito que al año siguiente se convirtió en la principal atracción del Real de la Feria.

Para los adolescentes de varias generaciones, la Feria significaba vivir la madrugada, un espacio negado a los jóvenes en una ciudad sin vida nocturna. Almería era una ciudad que se acostaba temprano, que no tenía lugares donde ir después de las diez de la noche, ni los jóvenes tenían libertad para poder llegar tarde a sus casas. En Feria los padres se volvían más flexibles y las muchachas podían llegar de madrugada, siempre que fueran debidamente acompañadas. Aquella atmósfera de opresión que rodeaba a la sociedad de la época, se relajaba cuando llegaban las fiestas y la gente se permitía ciertas licencias tan atrevidas como bailar con cualquiera en la Caseta Popular o asistir a una de las funciones del Teatro Chino.

El Teatro Chino era una mezcla de números de circo y variedades. Había cantantes, orquestas, humoristas y sobre todo, bellas señoritas a las que llamaban vedettes, que se permitían la licencia de enseñar las piernas en las funciones de noche. Era un lugar atractivo, con un toque de picardía, donde solían ir mucho los matrimonios para entrar en calor.

El Teatro Chino de la posguerra era el de Manolita Chen, que en aquellos años encabezaba los carteles que iban pegando por las calles de Almería anunciando la llegada del gran espectáculo. En aquel tiempo el dueño del negocio era el empresario Chen Tse Ping, pero la que tiraba del público a la hora de pasar por taquilla era Manuela Fernández Pérez, una auténtica belleza que para triunfar en el mundo del espectáculo lo primero que hizo fue cambiarse el nombre y ponerse como apellido el de su marido, el señor Chen. Manolita aparecía en la publicidad como la supervedette, una mujer de bandera que hacía sus pinitos como cantante y bailarina, pero que acababa cautivando a la gente por su belleza y por su elegancia. La última vez que vimos en Almería el Teatro Chino de Manolita Chen fue en la Feria de 1967. Al año siguiente nos visitó un nuevo Teatro Chino, el de Antonio Entinas, que nos acompañó a lo largo de la década de los setenta trayendo cada año un número más atrevido hasta terminar llenando el escenario de desnudos, tal y como ocurría en la vida real, en las revistas, en el cine.

En 1977 el Teatro Chino pregonaba por la ciudad sus trece desnudos integrales de ambos sexos, para que las mujeres también pudieran disfrutar de los cuerpos masculinos. Fue tanta la expectación que la empresa tuvo que abrir una taquilla en el Paseo, frente a Simago, donde se despachaban las entradas solo para mayores de 18 años.

Eran los primeros años de la Transición y la Feria empezaba a cambiar de rumbo, empujada por la aparición en escena de las casetas particulares y las de los partidos políticos. Fue la fiebre de las casetas que le quitó protagonismo a la más antigua, a la Popular, donde iba todo el mundo a bailar gratis. El cambio afectó también al escenario cuando montar la Feria en el Parque se convirtió en un quebradero de cabeza para el Ayuntamiento, que se vio obligado a buscar otras alternativas: El Zapillo, Las Almadrabillas, Oliveros, lugares donde la Feria no volvió a tener el saber de entonces.

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