La batalla de flores que hizo historia
En 1950 el Ayuntamiento tiró la casa por la ventana con 23 carrozas traídas de Orihuela

Batalla de flores de 1950. Abrieron el cortejo la carroza del pregonero con el escudo de Almería y la carroza de la Sociedad General de Carbones.
La batalla de flores representaba la alegría desbordada. Era el argumento perfecto que las autoridades de la posguerra necesitaban para decirle a los almerienses que las cosas estaban cambiando, que lo del hambre, el racionamiento, la falta de viviendas y el miedo de aquel tiempo se podía aparcar al menos durante los días de Feria y sobre todo, aquella tarde excepcional en que el Paseo se llenaba de carrozas cubiertas de flores, con las muchachas más bellas y mejor vestidas de la ciudad y una felicidad juvenil que no se correspondía con la realidad de aquellos tiempos.
La batalla de flores de 1944, la primera que se organizó después de la guerra, fue un recurso para escapar, al menos durante dos horas, de esa nube negra que envolvía la vida cotidiana de la mayoría de los almerienses, condenados a vivir en una de las ciudades que más había perdido en los tres años de guerra.
Aquella batalla de flores del 44 fue tan humilde como su época, media docena de carrozas que pudieron salir a la calle gracias a la colaboración del Regimiento de Infantería de la ciudad y de la institución de Regiones Devastadas, que construyeron sus propias carrozas. Aquellas ferias marcadas por la pobreza propia de la época tuvieron su punto final en 1950, cuando las condiciones sociales empezaban a mejorar lentamente y el Ayuntamiento decidió tirar la casa por la ventana para organizar una batalla de flores a lo grande, como se venían celebrando en otras ciudades andaluzas. Ese año se le encargó a la casa de don Luis Almira, un prestigioso creador de figuras de feria, la construcción de 23 carrozas de una belleza impresionante. La apuesta fue un éxito rotundo. Nunca se había vivido en Almería un espectáculo tan grande, con tantas carrozas desfilando y tanto despliegue humano. Fue una verdadera batalla en la que las muchachas lanzaban flores y serpentinas al público y los almerienses instalados en el Paseo le respondían con la misma munición.
Desde entonces la batalla de flores fue convirtiéndose en uno de los actos más importantes de la Feria para las generaciones que vinimos después. Siempre escuché decir a mi madre que el día más fuerte era el de la batalla de flores porque bajaba la gente de los pueblos.
Mi tía Mariana, que vivía en Pechina, era de las que venían a la ciudad el lunes de feria y ya se quedaba hasta el domingo para salir en la procesión de la Virgen del Mar. Recuerdo la solemnidad que tenía entonces la Feria de Almería para todas esas personas que se subían a la camioneta con la sensación de que se iban de viaje. Posiblemente, en aquel tiempo, el hecho de dejar sus pueblos aunque solo fuera por unos días, y aunque el viaje no durará más de media hora, les producía una sensación de aventura similar a la que hoy podemos tener cuando nos montamos en un avión y nos vamos al extranjero.
Si la cabalgata del primer día anunciaba la fiesta, la batalla de flores era la explosión de júbilo total y en cierto modo la máxima expresión en aquel tiempo de que todos íbamos progresando. La batalla de flores tenía una pincelada de lujo callejero. El Ayuntamiento decidió durante varios años no escatimar esfuerzos a la hora de programar los festejos y contrató al artista local Robles Cabrera para que se encargara de darle realce a las carrozas. Nunca se hicieron mejores carrozas ni una comparsa de gigantes y cabezudos mejores que las que creó aquel escultor de la calle del Hospital.
La Feria era la única semana que Almería tenía para exhibirse y lo hacía sin reservarse nada, poniendo en marcha en la batalla de flores un ejército de carrozas y movilizando a cientos de niñas y de muchachas, que tenían que buscarse alguna recomendación para poder coger un hueco en el carruaje.