La Voz de Almeria

Tal como éramos

Cuando había ropa tendida

La ropa recién lavada, colgada de los tendederos, era la bandera de los barrios humildes

Los tendederos que se montaban a base de palos y cuerdas en el popular barrio de San Cristóbal, hoy desaparecido.

Los tendederos que se montaban a base de palos y cuerdas en el popular barrio de San Cristóbal, hoy desaparecido.

Eduardo de Vicente
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De niños escuchábamos con frecuencia una frase que utilizaban los mayores cuando no convenía decir algo en presencia de alguien. Cuando en mi tienda alguna clienta relataba alguna escena que iba subiendo de tono y había algún menor de edad delante, siempre saltaba alguna mujer con aquella expresión que decía: “cuidado, que hay ropa tendida”. Entonces, los niños no teníamos conciencia de que aquella ropa que incomodaba en la conversación éramos nosotros.

¿De dónde venía aquella expresión popular que tanto se utilizaba entonces? La respuesta la descubrí algunos años después, cuando en la adolescencia casi todos los muchachos de mi barrio estábamos enamorados, o como se diga, de una mujer casada de la que se decía que recibía a su amante en su propia casa cuando el marido estaba trabajando.

La rumorología contaba que en aquellos tiempos en los que no había ni móvil ni Internet ni había llegado el teléfono a todas las casas, la forma que tenía aquella mujer de comunicarse con su amado era llenar la azotea de ropa tendida, una señal de alarma que quería decir que no era posible el encuentro.

La ropa tendida formó parte de nuestra infancia no solo por aquella frase tan usada, sino porque era una realidad que estaba presente en la mayoría de los barrios humildes de la ciudad, cuando las mujeres montaban los tendederos en las mismas puertas de las casas a base de palos y cuerdas para que se airearan y se sacaran al sol. Entonces siempre había ropa tendida en la calle porque en su mayoría, las casas estaban habitadas por familias numerosas y los niños ganaban por goleada.

Como tener una lavadora era un lujo, había que recurrir a la pila de mármol de toda la vida que estaba presente en los patios de las viviendas. Las madres se pasaban la vida frotando la ropa sucia sobre la piedra, con aquellas pastillas de jabón Lagarto que eran las más económicas y que funcionaban a base de dejarse las manos en el intento. Después llegó el jabón Gior, que era un detergente cremoso que facilitó el trabajo ya que penetraba antes en los tejidos y dejaba la ropa más limpia en menos tiempo. Los niños de aquella época, que le sacábamos utilidad a cualquier cosa por insignificante que pareciera, usábamos los botes vacíos del Gior para llenarlos de agua, colocarles el tapón, y pisarlos para provocar la explosión del líquido elemento y bañar al que se cruzara por delante.

Entonces se hacía la colada a diario porque los niños eran auténticas fábricas de churretes; por muy humilde que fuera una familia, a la hora del colegio había que ir ‘saneado’ por dentro y por fuera, ya que los maestros solían ser estrictos y no solo repasaban las cabezas para evitar los parásitos del cuero cabelludo, sino que también se fijaban en si un niño llevaba la ropa en las mínimas condiciones exigibles. Tu podías llevar al colegio un pantalón desgastado de tantos lavados, siempre que estuviera limpio.

La ropa tendida, colgada de los tendederos, era la bandera de los barrios pobres. Cuando los niños de mi barrio hacíamos incursiones al cerro de San Cristóbal para ver los fuegos artificiales en la primera noche de Feria, nos sorprendía aquella eclosión de ropa recién lavada que el viento mecía a su capricho como si fuera las velas de un bergantín. Por primavera, cuando el Cristo de la Pobreza subía al amanecer por aquellas cuestas de tierra, los vecinos se preocupaban por retirar la ropa de los tendederos; para enmascarar su pobreza colgaban en las fachadas las mejores colchas que guardaban en los baúles.

En el barrio de la Chanca, cuando todavía estaba lleno de familias de pescadores, se podía saber si los marineros estaban de vuelta mirando los tendederos de la calle y las azoteas de los terraos. El día que regresaban, después de varias semanas navegando, las cuerdas se llenaban de aquella ropa azul oscura tan característica de los hombres de la mar.

Los tendederos callejeros solían ser molestos para las autoridades porque no daban buena imagen de una ciudad que en los años 60 quería ser un centro de atracción turística. Recuerdo que en el mes de agosto pasaban con frecuencia los municipales por las calles próximas a la Alcazaba, obligando a las vecinas a retirar del suelo público sus chambaos. No querían la ropa tendida en medio de la calle para que cuando de noche pasaran las autoridades camino de los festivales de la Alcazaba no se encontraran con aquella estampa propia de una aldea subdesarrollada.

Los niños, que entonces éramos buscadores furtivos de experiencias, rastreábamos en la ropa tendida de los terraos por si descubríamos el milagro de alguna prenda íntima de mujer que nos hiciera soñar. Un simple sujetador, unas bragas humildes balanceadas por el viento, suponían una revelación que trascendía de lo cotidiano y nos ponía en pie de guerra nuestros sentidos.

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