El domingo que subías a la Alcazaba
Ir a ver la Alcazaba vestido de limpio se convirtió en un ritual en los años 50, una alternativa a los paseos por el puerto

A la Alcazaba se subía los domingos con los trajes y los vestidos de los días de fiesta, dispuestos a inmortalizar el momento con una fotografía.
La Alcazaba se convirtió en una alternativa a los paseos habituales de los domingos, que entonces tenían como escenarios principales el Parque y el puerto. Ir a la Alcazaba era otra historia, y nunca mejor dicho. Allí te encontrabas con las raíces y con la atalaya perfecta para comprender la ciudad. Bastaba con asomarse a las murallas para entender que éramos una prolongación del mar, que nuestro apego al muelle no era una moda, sino una necesidad. Desde las almenas, Almería aparecía en toda su esencia como una ciudad entregada y arrodillada ante la fuerza y la inmensidad de ese mar que sin darnos cuenta nos iba esculpiendo el alma desde niños.
Los almerienses de los años 50 disfrutaron desde la Alcazaba de una ciudad distinta a la que vemos ahora, una ciudad recogida entre las playas y la frontera de la vega, que empezaba al otro lado de la Rambla.
Ir a la Alcazaba no era una visita cualquiera. Se iba vestido de limpio y casi siempre en familia, como para afrontar un ritual de obligado cumplimiento. Había una ley no escrita que decía que el almeriense tenía que subir, al menos una vez en su vida, a la Alcazaba. Con este ánimo se organizaban grandes excursiones donde no faltaba nunca la máquina de fotos para que quedara constancia del acontecimiento.
A lo largo de los últimos veinte años, rastreando por los archivos fotográficos de muchas familias almerienses, las imágenes más repetidas en los álbumes han sido, con diferencia, las realizadas en el recinto de la Alcazaba. Esa amplia colección de fotos tiene además otro denominador común: la mayoría están fechadas en la década de los años cincuenta, cuando la rehabilitación de la Alcazaba era ya una realidad. Algunos tenían máquinas para inmortalizar aquellos paseos y otros recurrían a los fotógrafos ambulantes que rondaban por allí dispuestos a hacer negocio.
Los trabajos de reconstrucción sirvieron para que Almería recuperara su Alcazaba, convirtiéndose en un lugar de referencia. Para darle mayor realce al monumento, en agosto de 1955 se organizaron allí los Festivales de España, un acontecimiento artístico de primer nivel que sirvió para presentar oficialmente la nueva cara de la fortaleza. Aquellas veladas sembraron de flores y de artistas la Alcazaba y reunieron entre sus murallas a lo más granado de la sociedad almeriense de la época.
El éxito social que supuso la organización de los festivales animó al Gobernador Civil, Ramón Castilla Pérez, a promover la construcción del nuevo camino de acceso para que se pudiera subir en coche hasta el tercer recinto bordeando la ladera sur del cerro que daba al mar. En septiembre de 1958, el Gobernador puso a disposición del municipio la cantidad de quinientas mil pesetas para que se iniciaran los trabajos del nuevo camino. El 18 de julio de 1959, aprovechando el día de fiesta nacional, se inauguró este nuevo camino de acceso que suponía poder alcanzar el último recinto bordeando el cerro, con la posibilidad de subir en coche. La nueva carretera facilitó la organización de los Festivales de España, ya que los camiones repletos con la tramoya que requerían los espectáculos, pudieron entrar directamente hasta la parte más alta de La Alcazaba.
La moda de la Alcazaba se mantuvo a lo largo de los primeros sesenta, pero fue decayendo en los años finales de la década. Esa costumbre de subir en familia a mirar la ciudad y echarse fotografías se fue perdiendo y en los años setenta era cada vez más raro hacer excursiones al monumento. La ciudad le fue dando la espalda al recinto, quizá por desinterés o tal vez por la hostilidad del entorno, un barrio que en los tiempos de la Transición se vio muy castigado por la delincuencia juvenil. Subir a la Alcazaba empezó a ser considerado como una aventura de riesgo y se extendió la creencia de que llegar hasta allí suponía un serio peligro para la integridad de los visitantes.