La Voz de Almeria

Tal como éramos

El placer de una gaseosa en el cine

¿Cuál era el motivo por el que las humildes gaseosas de las terrazas de verano nos parecían las más buenas del mundo?

En 1960 se incorporó a la cartelera de Almería la Terraza Norte, que estaba situada más arriba del Imperial, antes de llegar al Paseo de la Caridad.

En 1960 se incorporó a la cartelera de Almería la Terraza Norte, que estaba situada más arriba del Imperial, antes de llegar al Paseo de la Caridad.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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Hay sabores que se te quedan grabados para siempre en la memoria y en el paladar, con tanta fuerza que con el tiempo pasan a formar parte de los recuerdos que nunca se olvidan. Por muchas A y muchas coca colas que vinieran después, tenemos la sensación de que nunca llegamos a disfrutar de nada tan especial como aquellas humildes gaseosas de naranja y limón que de vez en cuando nos permitíamos el lujo de saborear viendo una película en una terraza de verano.

Aquellos refrescos locales no eran un prodigio de la alta gastronomía. Se basaban en una mezcla sencilla de agua carbonatada, dulzor descarado y colorantes. Sin embargo, en la memoria colectiva de varias generaciones, su sabor nos sigue pareciendo insuperable. Tal vez, la magia de aquellas botellas no estaba en la receta, sino en la alquimia del momento en el que las consumíamos, en aquellas noches prodigiosas cuando el calor implacable del día nos daba una tregua con aquella brisa nocturna que traía de la mano el aroma del jazmín y la dama de noche que engalanaban las tapias del cine.

El crujir de la gravilla bajo las sillas de tijera, el zumbido hipnótico del proyector, ese haz de luz plateada que salía de la ventanilla de la cabina cortando la oscuridad, la emoción de compartir con los otros niños del barrio una noche de cine al aire libre, componían el cóctel perfecto para que aquellas sencillas gaseosas nos parecieran un milagro del cielo. El primer trago era una explosión efervescente que picaba alegremente en la nariz y bajaba por la garganta como un bálsamo helado. Aquellas gaseosas nos parecían el mejor manjar del mundo porque sabían a libertad, a noches sin reloj, a veranos que parecían interminables. Eran el néctar humilde que regaba las cabalgadas de los forajidos del salvaje oeste, los abordajes en los mares del sur o los romances épicos proyectados sobre una modesta pared encalada. En aquellas botellas con los trozos de hielo pegados en el cristal estaba la ilusión intacta de una época irrepetible.

Nada de lo que vino después pudo igualar jamás a aquellas humildes gaseosas. Porque el paladar puede volverse exigente y olvidar los ingredientes, pero la memoria emocional jamás olvida aquellos momentos cuando con los ojos clavados en la pantalla la vida parecía una película a punto de empezar.

Eran los años sesenta, el tiempo de las terrazas de verano, cuando comenzaron a aflorar los cines al aire libre por toda la ciudad. Empezaba una nueva época que trajo de la mano nuevas marcas de refrescos: la gaseosa ‘Iris’, la Dux, que llegó a comercializarse hasta los años setenta, o la popular ‘La Fortaleza’, que mostraba en su etiqueta la silueta de la Alcazaba, y que fue la primera que se vendió en Almería en envase de litro. No había reunión familiar en las jornadas de playa del 18 de julio en el Club Náutico donde no estuvieran presentes las botellas refrescantes de ‘La Fortaleza’.

Aquellas humildes gaseosas fueron la ilusión de varias generaciones de niños para los que un simple refresco era un gran acontecimiento, un pequeño lujo que sólo se podían permitir de vez en cuando, en una Primera Comunión, en el almuerzo de un domingo con invitados o en una noche calurosa de cine. Era habitual ahorrar durante la semana para el sábado o el domingo poder ir a la terraza y a mitad de la película, en el descanso que hacían para cambiar el rollo, acercarse al ambigú a comprarse una botella de Dux y una bolsa de cacahuetes. Durante la proyección de la película, el ambigú se quedaba en penumbra, alumbrado por una tenue luz rojiza que añadía un halo de misterio y emoción al acto de acercarse a comprar el refresco.

No había cine en Almería como no había ninguna fiesta de barrio o de pueblo donde no estuvieran presentes las gaseosas de la tierra, aquellas que tanta huella nos dejaron porque fueron las primeras que probamos en una edad donde las emociones estaban a flor de piel.

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