Los niños y la ‘jodida’ pelota
El fútbol callejero fue perseguido durante décadas. Era una molestia constante para los vecinos

Como no había campos decentes donde jugar las calles se convertían en campos de fútbol. A veces, los niños no tenían otro refugio que irse a jugar al fútbol a la playa.
El fútbol nunca fue un juego inocente, menos aún en los tiempos en los que los barrios estaban llenos de niños y en los pies de cada uno de ellos había una pelota. Lo que para unos era una ilusión, la compañera inseparable, el objeto que igualaba a ricos y pobres, una simple pelota de goma, de plástico o de cuero, para otros era una auténtica enemiga a la que se temía como una vara verde. Los enfrentamientos entre los vecinos y los niños que practicaban el fútbol callejero fueron constantes a lo largo de varias generaciones, así como la batalla de los municipales por poner en orden en las calles.
Después de la Olimpiada de Amberes de 1920, en la que España consiguió la medalla de plata en fútbol, se desató una fiebre generalizada en la ciudad por este juego que habían puesto de moda los marineros ingleses en la explanada del puerto.
En cualquier calle se levantaba un campo de fútbol improvisado y las principales plazas de la ciudad se transformaron en pequeños estadios ante la alarma de los vecinos y de los comerciantes.
Los balones se hacían entonces con trapos viejos que los niños recogían de las traperías, convirtiéndose de tanto uso en auténticos proyectiles que impactaban con peligro sobre los transeúntes y sobre las ventanas y balcones de las casas.
En 1923, la calle de Granada era un estadio donde los niños no paraban de jugar hasta que anochecía. La chiquillería invadía la calzada a todas horas, interrumpiendo el paso de carros y coches en la que entonces era la principal vía de acceso a Almería. Además del juego del fútbol, se puso de moda entre los muchachos subirse en la parte trasera de los coches, con el consiguiente peligro que la travesura llevaba implícita. El entonces alcalde de Almería, Antonio Iribarne, tuvo que tomar medidas para despejar las calles del centro de tanto jugador y tanto desorden, amenazando con multas importantes a todos los que ‘asaltaran’ los vehículos, ya fueran coches de motor o coches de caballos, que también eran víctimas del juego de los muchachos.
Además, el señor Iribarne dio órdenes terminantes a los agentes de su autoridad para que impidieran que las calles se convirtieran en campos de fútbol, por lo que puso a sus guardias municipales a recorrer la ciudad calle a calle con la orden de que se incautaran de los balones y de las pelotas, y de tomar nota de los nombres de los infractores.
Las quejas de los vecinos, en especial de los comerciantes del centro que se veían afectados por los futbolistas callejeros, siguieron produciéndose, hasta que sus protestas fueron atendidas por el Gobernador Civil, don Francisco Sánchez Ortega, un enérgico General de brigada del ejército que trató de imponer la disciplina a base de multas. El 23 de octubre de 1923, dictó un bando con tres puntos fundamentales que decían: 1º: “Queda prohibido jugar al balompié y a la pelota en las calles y plazas de la capital”.
2º: Los padres o tutores de los niños que infrinjan la regla serán castigados con la multa de veinticinco pesetas, y sin son reincidentes con cincuenta, apercibiéndoles con imponerles quinientas pesetas de castigo si volvieran a infringirla”.
3º: “Los agentes de la policía gubernativa y municipal quedan encargados del cumplimiento de lo mandado”.
La obsesión de las autoridades por erradicar el fútbol callejero estuvo presente hasta los años de la Transición. Fueron muy célebres, en esta labor de perseguir futbolistas y balones, dos municipales que marcaron una época, ‘el tuerto’ y ‘el cañaero’, que subido en una moto imponía su ley por todos los rincones de la ciudad. Nombrar al ‘cañaero’ era echarse a temblar, y cada vez que algún niño gritaba su nombre no quedaba otra salida que echar a correr y perderse.
En un viejo almacén del Ayuntamiento, en el edificio que daba a la Plaza de San Fernando, había una habitación secreta que era el cementerio donde reposaban todos los balones y todas las pelotas que los guardias habían ido requisando a lo largo de décadas.