La vida desde el asiento de un banco
Los nuevos bancos del Paseo recuperan la tradición de sentarse a ver la vida pasar

Tres amigos sentados de manera informal en el pollo de un banco del Paseo allá por los años cincuenta.
Los nuevos bancos que han colocado en el Paseo no destacan precisamente por su comodidad, más bien por todo lo contrario, pero constituyen una invitación a recuperar aquel viejo ritual tan arraigado en esta ciudad de sentarse en la calle principal a ver la vida pasar o a encontrarse con los amigos.
En estos tiempos de carreras, de prisas, de tener la sensación de ir siempre contra el reloj y mirando el móvil, tener quince minutos para poder sentarte en un banco, y nada más, se convierte en un pequeño lujo y en una manera de recuperar la vida tranquila que fuimos perdiendo. Ahora que nadie se queda mirando a las musarañas, ahora que vivimos estresados y con los ojos puestos en la pantalla de un teléfono, uno se acuerda de los días en los que era complicado coger un sitio en uno de los bancos principales del Paseo.
A finales de los años 70, los bancos más demandados eran los de la Plaza del Educador. Los adolescentes los ocupábamos los fines de semana cuando en los bolsillos nos quedaba la última moneda, lo justo para la bolsa de pipas calientes del kiosco de enfrente. Allí organizábamos grandes tertulias sin dejar de mirar a las muchachas que no paraban de pasar. La felicidad se resumía en aquella pequeña ceremonia en la que rodeados de amigos, con una humilde bolsa de pipas en la mano, celebrábamos el milagro de la vida que teníamos por delante.
A la hora de sentarte, los bancos ofrecían dos posibilidades. Podías acomodarte en el asiento reglamentario, es decir, sentarte como Dios manda, o elegir la cornisa del respaldo, que era la manera informal que teníamos los jóvenes de sentarnos en medio de la calle, en una actitud que llevaba ímplicito un toque de rebeldía.
Cada banco tenía además su propia historia, dependiendo del lugar donde estuviera ubicado.
No eran lo mismo los bancos de madera del Paseo que los bancos de hierro del Parque, y no solo por el material, sino por la personalidad que les daba el escenario. Un banco del Paseo era un lugar de socialización donde ibas a encontrarte con alguien o simplemente a disfrutar del placer de mirar como si estuvieras en un cine. En un banco del Paseo te exponías a cambio de no perderte un detalle de la vida que transitaba por el centro de la ciudad. Mirabas y te miraban.
Los bancos del Parque eran otra historia. Tenían alma de refugio, medio ocultos en las sombras que proyectaban sus árboles centenarios. Aquellos asientos de hierro, que tampoco eran un canto a la comodidad, aunque entonces no éramos delicados, tenían doble vida. De día eran lugares de reposo, de tomar el fresco, de mirar a los pájaros. De noche se transformaban en reservados donde iban las parejas a perderse de todo, de las miradas ajenas y del peso de la conciencia que siempre estaba presente y que constituía una dura carga para los enamorados. Allí, en la soledad del Parque, se olvidaban del mundo y echaban a volar los instintos sin reparar en que siempre tenían detrás, escondido entre los jardines, al mirón de turno que estaba al acecho.
También era diferente la estética de los bancos. A mí me gustaban mucho los pollos de piedra con azulejos que había en la Plaza de San Pedro, y sobre todo, aquellos bancos antiguos del Paseo que llevaban grabados el escudo de Almería. Aquellos bancos de hierro y madera cargaban una historia. Sobrevivieron a los bombardeos de la guerra civil y fueron refugio de mendigos y gentes sin techo en los días de la posguerra, cuando debajo de una manta pasaban la noche a la intemperie sin otro colchón que las incómodas tablas de los bancos, expuestos a que los números de la policía municipal se los llevaran al calabozo de la calle Juez y le aplicaran la ley de vagos y maleantes.
Aquellos bancos formaron parte de la vida de varias generaciones desde que en 1911 los diseñara el arquitecto Trinidad Cuartara para embellecer a la artería principal de la ciudad que en aquel año fue sometida a una profunda reestructuracion. Eran bancos de hierro de doble asiento formado cada uno por cuatro listones de madera, con respaldos de tres listones. Se construyeron un total de treinta y dos bancos de dos metros y diez centímetros de longitud, con un coste al municipio de dos mil pesetas. La estructura de hierro se forjó en los talleres de Oliveros y en la fundición de Carlos Balshen, en el barrio de las Almadrabillas.