La Voz de Almeria

Tal como éramos

Aquel calor que venía sin ola

En junio de 1976, hace 50 años, hubo ocho días donde se alcanzaron 30 grados, aunque las noches no superaron los 25

El agua del cañillo de la Puerta de Purchena tenía un gusto a lejía que tiraba para atrás pero servía para refrescarse por dentro y por fuera en los meses de verano.

El agua del cañillo de la Puerta de Purchena tenía un gusto a lejía que tiraba para atrás pero servía para refrescarse por dentro y por fuera en los meses de verano.

Eduardo de Vicente
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Los datos no engañan. No puedo existir debate sobre si ahora hace más calor que antes, sobre si lo del cambio climático severo es verdad o es mentira. Basta con acudir a los archivos y comprobarlo. Pongamos como ejemplo las temperaturas que tuvimos en junio de 1976, hace cincuenta años para compararlas con las que estamos sufriendo en las últimas semanas.

En junio del 76 el día más caluroso fue el 25, cuando se llegaron a alcanzar 33 grados de máxima, si bien durante la noche el termómetro no pasó de 25 grados. En la víspera de San Juan, la máxima fue de 27 grados y por la noche de 23. Aquel mes de junio lejano tuvimos ocho días donde se alcanzaron los 30 grados, pero no hubo ni una sola noche de calor tórrido. La gran diferencia no es solo que ahora los termómetros llegan a los 35 grados todas las semanas, sino que hay noches de treinta grados, que es lo que peor se soporta y lo que impide el descanso.

Aquel era un calor que venía sin ola, sin avisos por televisión y sin aire de catástrofe: era un calor que podíamos soportar a fuerza de abanicos, ventiladores y barras de hielo. Como no teníamos aire acondicionado ni sabíamos de su existencia, no nos podíamos permitir el lujo de tener mucho calor. Pasábamos el calor de los días fuertes del verano sin poner el grito en el cielo, aguantando con el estoicismo propio de aquella época las madrugadas más duras en las que siempre había algún vecino que terminaba saliéndose al tranco con la hamaca de la playa o echando el colchón en el suelo del terrao. Aquella expresión de que antes se dormía con las puertas abiertas estaba basada en las noches de calor.

A la mañana siguiente se repetía hasta la saciedad la frase “qué noche hemos pasado” y cada uno volvía a su tarea sin más quejas, con la esperanza de que saltara el viento de poniente y nos diera una tregua.

Los antiguos apretones de calor eran un buen negocio para los tenderos. Mi padre, cuando el hombre del tiempo pronosticaba que íbamos a pasar de los treinta grados, mandaba a mis hermanos mayores a por varias barras de hielo de más. Se levantaban temprano, cogían el carro y se iban a Pescadería a por el hielo que venía envuelto en sacos. Todavía el invento del frigorífico no había llegado a las casas de la clase media, por lo que muchos tenderos se las apañaban poniendo en marcha las rudimentarias fresqueras de madera que con el hielo correspondiente enfriaban el agua de Araoz.

En aquellos tiempos se llegaban a consumir depósitos enteros al día, cuando era costumbre que la gente pasara a la tienda a tomarse un vaso de agua fresca por el módico precio de dos perras gordas. Pasaba el basurero con la lengua fuera; pasaban los barrenderos cubiertos por una capa de sudor; pasaba el cartero agotado bajo la cartera de cuero y todos buscaban la esquina donde estaba la el bidón del agua fresca.

Por las tardes, cuando la venta se relajaba, mi padre se permitía el pequeño lujo de poner en marcha el ventilador al que tanto se pegaban las mujeres cuando llegaban asfixiadas de la calle. Puedo jurar que cuando yo era niño, en los primeros años setenta, podíamos vivir sin aire acondicionado y no nos quejábamos. Los niños solíamos hacerle un quiebro al calor, disimularlo, ya que si cometíamos la torpeza de quejarnos demasiado, nuestras madres nos decían: “No te vayas a la calle. ¿No ves la que está cayendo?”, y siempre era preferible asarnos fuera con los amigos, que en la soledad del dormitorio o el cuarto de estar. Cuando el termómetro pasaba de los treinta grados mirábamos para otro lado y seguíamos jugando hasta caer agotados. Uno de los placeres que llevo grabado en la memoria con más nitidez es el que sentía cuando después de haber estado un rato corriendo por la calle o jugando al fútbol a pleno sol y sudando a mares, buscaba el alivio de un grifo de agua cercano. Qué sensación de felicidad cuando te metías en una fuente o cuando colocabas los labios en la boca del grifo como si se acabara de inventar el agua. No sé que producía más placer, si el agua que te caía dentro de la boca o la que se deslizaba lentamente por la barbilla y el cuello hasta empaparte medio cuerpo.

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