La Voz de Almeria

Tal como éramos

50 años de aquel verano ‘revolucionario’ que empezó a cambiarnos la vida

Fue el verano del asesinato de Javier Verdejo y de la eclosión de la delincuencia

En 1976 los aficionados al fútbol protagonizaron por primera vez una manifestación masiva por las calles de Almería.

En 1976 los aficionados al fútbol protagonizaron por primera vez una manifestación masiva por las calles de Almería.

Eduardo de Vicente
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Medio siglo ha pasado ya de aquel verano ‘revolucionario’ en el que nos levantábamos de la cama con la impresión de que algo iba a pasar, como si estuviéramos asistiendo a la llegada de un tiempo nuevo. Nunca habíamos visto a los almerienses echarse a la calle en masa para protestar por una injusticia, y lo vimos aquel verano de 1976 cuando el fútbol aunó voluntades y la gente se manifestó en contra de una decisión federativa que nos quitó el ascenso a Segunda División. Aquel verano de reivindicaciones nos dejó una cicatriz para siempre con la muerte de Javier Verdejo, asesinado en la playa de San Miguel por disparos de la Guardia Civil. Fue entonces cuando comprendimos que ya no había marcha atrás, que como decía la canción de Silvio Rodríguez, la era estaba pariendo un corazón. No se había cumplido todavía un año de la muerte de Franco y la idea y el sentimiento de libertad se habían instalado con tanta fuerza entre la gente como si llevaran toda la vida entre nosotros.

En aquel verano desbocado donde empezamos a ver los primeros desnudos en las revistas de los kioscos y las primeras películas de lo que después se llamó el cine de destape, empezamos a convivir también como un fenómeno que vino de la mano de ese nuevo tiempo al que estábamos abocados. La delincuencia nos trajo miedos que no conocíamos y también nuevas palabras. Los que éramos niños en los años sesenta sabíamos lo que era salir a la calle a jugar sin temor a nada y los que eran jóvenes en aquel tiempo sabían que podían pasear tranquilamente por cualquier calle y a cualquier hora que nada alteraría ese orden natural que caracterizaba a una ciudad como Almería donde presumíamos de que nunca pasaba nada. Ese orden que parecía inalterable, como si fuera el designio de un dios, saltó por los aires en mil pedazos cuando de la noche a la mañana apareció ese otro fenómeno, hijo de la época, que bautizamos como ‘el choriceo’.

Los robos empezaron a ser el pan nuestro de cada día. Los tironeros sembraron las calles de miedo. Asaltaban a pie y motorizados y a veces montados en un coche que cuando pasaba a la altura de la víctima se detenía para cometer el robo. La Transición no fue una juerga continua, un estado de felicidad permanente. Es verdad que las revoluciones eran necesarias y que no teníamos tiempo de aburrirnos, que de pronto nos sentimos tan libres que algunos se dedicaron a pisotear la libertad del prójimo para realizarse. Es verdad que fuimos progresando, pero no es menos cierto que la inseguridad que nos golpeó como una tormenta nos llenó de inquietudes y a veces nos impidió ser felices.

En el otoño de 1976 llegamos a pensar que Almería empezaba a parecerse al Chicago de los años treinta que veíamos en las películas de cine negro. En una misma madrugada robaron en la tienda de ropa de Beltrán, desvalijaron las máquinas registradoras y las tragaperras del Café Colón, rompieron el escaparate de Viajes Alysol para llevarse hasta los bolígrafos y profanaron las vitrinas de Radiosol en busca de los aparatos musicales. Aquel que tenía un radio casete instalado en un coche sabía que tarde o temprano acabaría perdiéndolo. Llegaban con una bujía de coche y la estrellaban contra el cristal de la ventanilla para hacer el menor ruido posible. Metían la mano por el agujero, abrían la puerta y se llevaban hasta el cenicero. Había chorizos que no se conformaban con robar dentro del coche y acababan llevándoselo.

El drama de la delincuencia nos golpeó a todos y especialmente a las familias de los propios delincuentes. La mayoría de los adolescentes que se metieron a bandoleros en aquel tiempo no lo hacían para ayudar al prójimo ni para llevar un plato de comida a su casa. El motor que empujó a tantas jóvenes a perderse fue la droga, que no solo se los llevó por delante a ellos, sino que arrastró también con sus familiares. En esa lista interminable de delincuentes locales hubo algunos que pasaron a la historia por su extrema peligrosidad. Todos sabíamos quiénes eran porque en la mayoría de los casos se habían criado con nosotros y habíamos compartido la misma escuela. Hubo casos de bandidos que pasaron de estar jugando a las canicas a robar bolsos por las calles.

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