La fuente del chaflán del ‘Barea’
Fue un adorno provisional para cubrir un trozo de pared tras el derribo de una casa

Fuente que construyeron en los años de la posguerra entre las calles de Granada y Murcia para cubrir el hueco en una pared que había quedado desvencijada tras un derribo.
Fue un adorno anónimo, una fuente que no hizo historia porque tuvo poco tiempo de vida y porque nació como un recurso, como una obra para salir del paso. Son pocos los almerienses que la recuerdan y menos aún los que se echaron una fotografía delante de aquella fuente que pocas veces llegó a tener agua.
La historia de ese trozo de pared en medio del centro de la ciudad está ligada a la de un negocio que presidió aquella esquina conocido con el nombre de el Porche del Herrador. Debió de ser un taller con fragua donde paraban los carros que iban y venían por la calle de Granada y la de Murcia, en otro tiempo caminos fundamentales para entrar y salir de la ciudad.
Cuando desapareció la herrería, se quedó en pie la ruina del establecimiento con su esqueleto de tablones y toldos que poco a poco iba derribando el tiempo. En 1920 el ayuntamiento adecentó la vieja fachada y aquel espacio volvió a convertirse en un negocio cuando el industrial Eduardo López Redondo abrió allí un establecimiento de loza y mosaico.
Fue a finales de los años veinte cuando las autoridades municipales se tomaron en serio el derribo de la casa número uno, donde estuvo el viejo Porche del Herrador para dar mayor amplitud a la zona. En julio de 1929 comenzaron las obras de demolición que acabaron con las ruinas del edificio y dejaron un anchurón que hacía más visibles las entradas por las calle de Granada y de Murcia así como la Plaza de San Sebastián. El derribo creó un nuevo espacio, pero no se consiguió el objetivo que se pretendía al quedar libre otra pared que seguía afeando el lugar, creando un chaflán con aspecto ruinoso. En el año 1930 este nuevo escenario se reconvirtió en parada de coches cuando el ayuntamiento autorizó a los vehículos que conducían viajeros a los pueblos a establecer allí su aparcamiento oficial. El viejo chaflán del solar del Porche del Herrador permaneció durante varios años como un anchurón hasta que en los años de la posguerra las autoridades acordaron colocar sobre aquel trozo de pared una fuente de mármol con un espacio de jardines en la base y adornar un escenario fundamental por la cercanía con la Puerta de Purchena y la iglesia de San Sebastián.
Como suele ocurrir tan frecuentemente en Almería, la fuente no tardó en abandonarse y en convertirse en un problema más por su alarmante deterioro debido a la falta de mantenimiento y que allí lo mismo abrevaban los niños que las bestias. En 1957 los vecinos se quejaron al alcalde “del estado de la fuente que está esperando con urgencia su limpieza”, decían en su escrito.
La fisonomía de lo que había sido el antiguo chaflán del porche del Herrador, entre la calle de Granada y la Plaza de San Sebastián, cambió cuando a comienzos de los años setenta construyeron un edificio moderno en el solar donde reinaba aquella fuente maltrecha. El nuevo edificio rompía la armonía de aquel rincón de la ciudad donde todavía destacaban las casas antiguas, pero tuvo un aspecto positivo: fue una inyección de vida para la zona y un repunte comercial gracias a dos negocios importantes que se instalaron en los pisos bajos: el Café Barea y la Delegación del 1x2.
El Café Barea llegó a su nueva ubicación después de una larga trayectoria en la calle Braulio Moreno, cerca del Hospital, donde su fundador, José Barea Romero y su esposa, Francisca Fernández Fresneda, empezaron a buscarse la vida con una tienda de comestibles. En 1972, viendo que la calle Braulio Moreno empezaba a apagarse, los Barea tomaron una de las decisiones más arriesgadas de su vida, comprar un local de un piso que acababan de levantar entre la Plaza de San Sebastián y la calle de Granada para abrir allí un establecimiento moderno con más perspectivas de futuro.
Junto al Café Barea se estableció otro negocio de referencia, la Delegación del 1x2, o lo que es lo mismo, el templo de los quinielistas que cada fin de semana alimentaban el sueño de convertirse en millonarios. Los viernes por la tarde, que era el último día, íbamos con el boleto en la mano dispuestos a aguantar el tirón de la cola que se formaba delante de la ventanilla. La espera no se hacía pesada porque solíamos ir repasando los pronósticos y de paso, soñábamos un rato con lo que haríamos si consiguiéramos el mítico premio de catorce.