La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los paraísos perdidos del Cañarete

Las playas de San Telmo y La Garrofa fueron el refugio de las familias de Pescadería

El peso de las excursiones a la playa de San Telmo recaía siempre sobre las mujeres, cargadas con la comida y con las mantas para echarlas sobre la arena.

El peso de las excursiones a la playa de San Telmo recaía siempre sobre las mujeres, cargadas con la comida y con las mantas para echarlas sobre la arena.

Eduardo de Vicente
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El gran atractivo de las playas de los acantilados de la carretera del Cañarete era su soledad. Se trataba de pequeños refugios que pertenecían a un barrio, a esa gran manzana que empezaba al otro lado de la Rambla de la Chanca. Las playas de San Telmo y de La Garrofa tenían accesos complicados, pero las familias llegaban andando, cargadas con las cestas de comida, con los mantas y las jarapas que entonces se utilizaban como alfombras en la arena de la playa, y con las sábanas con las que se levantaban los sombrajes.

El peso de aquellas excursiones de domingo recaía siempre sobre las mujeres, que eran las encargadas de la logística: preparaban la comida, ponían en perfecto estado de revista a los niños, organizaban la excursión para que nada faltara y después, cuando llegaban a la playa, se sentaban en la arena sin quitarse la ropa, dedicadas a vigilar a los hijos y a velar por la felicidad de los demás.

Ir hasta San Telmo era fugarse durante unas horas de la ciudad que pisábamos a diario, salirse del guión, de los lugares cotidianos que formaban nuestro entorno más cercano y embarcarse en la aventura de aquellos acantilados desde donde Almería adquiría un aspecto de postal antigua.

Desde el castillo, uno miraba la ciudad con ojos de forastero, con la misma emoción que seguramente sentían los viajeros que atravesando el Cañarete se encontraban por primera vez con la impresionante estampa de las murallas y las casas derramándose en una suave pendiente hasta el mar.

San Telmo tenía un aura de lugar mágico y remoto donde íbamos en las tardes de junio de la mano de nuestras madres. Había que atravesar el Parque y perderse por el camino viejo para desembocar delante del cerro donde estaba el castillo, sobre el barranco que llegaba hasta la playa en la que las mujeres tomaban el sol con una moralidad apacible y antigua.

San Telmo siempre me pareció una playa de mujeres y de niños. De las mujeres de nuestra infancia, que se bronceaban ligeramente desnudas, con la cabeza cubierta por aquellos pañuelos sureños que pusieron de moda las películas italianas. Mujeres que casi nunca se bañaban y se pasaban la tarde sentadas en la arena, pendientes de que los niños no nos metiéramos muy adentro, de que nos comiéramos el bocadillo a su hora, de que no se nos cortara nunca la digestión.

San Telmo fue también un refugio para excursionistas y colegios. Todos los años, por el día de la Hispanidad, llevaban a los internos del Hogar, que cruzaban el Parque en interminables hileras, perfectamente uniformados, vigilados de cerca por las monjas. También iban allí los niños del Instituto y los jóvenes del Frente de Juventudes, que al aire libre y bajo los primeros rayos de sol de la mañana, alimentaban su espíritu cristiano y aprendían las lecciones de moral y buenas costumbres subiendo y bajando por aquellos cerros interminables.

Cuando en abril de 1951 la ciudad ardía en fiestas con motivo de la coronación canónica de la Virgen del Mar, todas las noches, durante una semana, se encendía una gran hoguera en La Alcazaba y otras tres en puntos estratégicos del litoral: el espigón de levante, el puerto pesquero y en el arrecife de la playa de San Telmo.

San Telmo tenía también su leyenda, una historia que los mayores contaban a los niños la primera vez que visitaban la playa. Se decía que en una de las cuevas que desde la orilla del mar surcaba las entrañas de la sierra de Gádor, habían aparecido viejos tesoros del tiempo de los moros, y que una vez, llegaron a encontrar armas de fuego, no se sabe bien si eran una reliquia de los antiguos filibusteros que merodeaban por la zona, o de las que dejaron olvidadas los carabineros en tiempos de guerra.

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