La Voz de Almeria

Tal como éramos

La edad de oro de Juan el ‘farfolla’

Nos ha dejado Juan Cristóbal Fernández, pintor, metre, extra de cine y buena persona

El irrepetible ‘Farfolla’ cuando era el jefe de  sala de los espectáculos en directo que se celebraban todas las noches en la sala Chapina. Era un artista y sobre todo, una buena persona.

El irrepetible ‘Farfolla’ cuando era el jefe de sala de los espectáculos en directo que se celebraban todas las noches en la sala Chapina. Era un artista y sobre todo, una buena persona.

Eduardo de Vicente
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Más de una vez le oí contar que por el nombre de Juan Cristóbal, que era el que figuraba en su partida de bautismo y en su carnet de identidad, no lo conocían ni en su casa, pero bastaba pronunciar la palabra ‘farfolla’ para que todo el mundo supiera, desde Almería a Hollywood, quién era el personaje.

El asumió el apodo con tanto orgullo que cuando un amigo le llamaba Juan miraba hacia otro lado. Quería ser el ‘Farfolla’ de Almería, el único, el auténtico, un personaje tan diferente que nunca envejecía. Te lo cruzabas por la calle, ya con más de setenta años a cuestas, y no le encontrabas una sola arruga. Era el retrato andante de Dorian Gray, un caso digno de estudio, como si la juventud se le hubiera quedado estancada en medio de esos dos océanos que emergían de sus ojos azules.

Viéndolo de mayor, se podía pensar que el secreto de tanta lozanía era la consecuencia de una vida ordenada y de una rigurosidad espartana a la hora de cuidar su cuerpo y de alimentarse. Pero nada más lejos de la realidad. Los que conocieron al ‘Farfolla’ saben que no se puso un chándal en su vida, que la palabra deporte nunca figuró en ese diccionario que él manejaba como nadie donde estaban escritas con letras mayúsculas las palabras cerveza, copa, amigos, madrugada, juerga y tabaco.

Juan el ‘Farfolla’ vivió a su manera, sin admitir un solo consejo de nadie, teniendo muy claro que la travesía era corta y que él era el protagonista principal de la película, y que el resto eran personajes secundarios. Nadie puede discutir su condición de artista por muchos motivos, no solo porque había trabajado en cerca de cien películas como figurante, sino porque era de los pocos de su generación que podía presumir con orgullo de no haber tenido nunca un jefe y de no haber cotizado a la Seguridad Social.

El ‘Farfolla’ era un trabajador por cuenta propia, un obrero con vocación de director que tuvo muy claro que a este valle de lágrimas no había venido a dejarse la salud encima de un andamio. Fue pintor y según contaban sus amigos, un ilustre de la brocha gorda, pero como no le gustaban los agobios ni que nadie le dijera lo que tenía que hacer ni a la hora que tenía que levantarse, no cuajó en ninguna empresa y fue pasando la vida a golpes de inspiración. Si se levantaba con las musas de su lado era capaz de pintar una casa completa en un día, con cuatro cervezas y un paquete de tabaco al lado. Pero si se despertaba lleno de dudas existenciales, lo que solía ocurrir al menos diez meses al año, prefería la terapia de los amigos y del kiosco Amalia, donde era más fácil encontrarle el sentido a la vida que pintando paredes a destajo con un pañuelo en la cabeza y la cara llena de Titanlux.

Cómo se transformaba el ‘Farfolla’ cuando llegaba la noche y se convertía en el jefe de sala del Chapina, aquel club de ambiente golfo que reinaba en las madrugadas de Almería. El Chapina tenía ese glamour desgastado tan propio de su época. Allí se mezclaban los espectáculos más atrevidos con un ambiente donde todo parecía pasado de moda: las cortinas de flores que presidían el escenario, los asientos de escay que rodeaban la sala, los focos polvorientos que daban una luz de bar de carretera, los eternos pasodobles que la orquesta de la casa ejecutaba cuando se animaba el personal, la oscuridad de ese rincón privado al que llamaban reservado donde se aceleraban los escarceos amorosos...

En aquel ambiente festivo, el ‘Farfolla’ sacaba a relucir su vena de artista y con aquella voz de hombre de las cavernas que Dios le había dado, presentaba las actuaciones y se ponía a cantar como Julio Iglesias. En el fragor de la batalla había noches que le daban las cinco de la madrugada en plena faena, con el cigarrillo entre los labios y la penúltima copa en la mano, como para coger la escalera, el cubo y la brocha al día siguiente.

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