Este tiempo sin niños en las calles
La infancia ya no habita las calles. Los niños de hoy salen a jugar bajo la vigilancia materna

La calle Sócrates. Eran los años sesenta y las calles estaban habitadas a todas horas por los niños, por aquella generación que conoció lo que significaba jugar libremente.
La calle te iba moldeando, te daba un carácter especial, en la misma medida que los niños iban dejando su huella en cada piedra, en cada tranco, en cada acera. Éramos un trozo de calle y la calle era una parte de nosotros, un fragmento de nuestra carne. Nos parecíamos a nuestra calle, llevábamos grabada la marca de su tierra y el poso de todos los olores de todos los niños que al cabo del día pasaban por ella.
La calle era el paraíso terrenal del que nos hablaba el catecismo. No había que mirar arriba ni soñar con el cielo que nos prometían los curas; la única verdad que no admitía dudas ni necesitaba dogmas era ese trozo de calle, sucia, destartalada y a veces llena de humedad, donde podías echar a volar tu imaginación con un grado de libertad que se ha ido perdiendo.
Los niños de hoy salen a la calle como si estuvieran en el patio del colegio, vigilados de cerca. No conocen el placer de sentirse libres de verdad, de saltar, de pelearse, de decir tacos sin que detrás esté un adulto examinándolos. Hoy juegan cohibidos, tan atados que no se les permite ni caerse, basta que se roce con el suelo para que salga la madre o el padre corriendo como si hubiera ocurrido una desgracia.
La calle nos hacía más duros, menos vulnerables. Habíamos asumido desde pequeños que hacerse sangre en las rodillas formaba parte del oficio y afrontábamos las heridas mirando para otro lado. Había quien se recreaba en la llaga arrancándose la concha para que le volviera a salir sangre. La calles nos enseñaba el valor de la amistad, ese sabor dulce, incomparable, que tienen las cosas cuando se comparten con los amigos.
Quizá, uno de los problemas que teníamos a la hora de jugar en la calle era que nunca llegamos a entender que los niños podíamos mezclarnos con las niñas con naturalidad, como ocurre ahora. Antes vivíamos separados de puertas a fuera como si habitáramos mundos distintos. Compartíamos el mismo escenario, pero mientras nosotros preferíamos la pelota y los juegos competitivos de velocidad y fuerza, ellas seguían la senda de sus hermanas mayores y de sus madres perpetuando viejas tradiciones como eran el juego de la comba, el del elástico o el de la rayuela.
Los niños de entonces nos acostumbramos a jugar al fútbol escuchando como música de fondo las canciones que las niñas repetían hasta la extenuación en sus juegos. No formaban parte de nuestro inventario infantil callejero, pero podíamos recitarlas de memoria como lo hacían ellas de tanto escucharlas a lo largo de la infancia.
Muchos de aquellos cantos inocentes, con letras que a los niños nos parecían ingenuas, hoy podrían ser considerados tabú por esos árbitros de la moral que velan por erradicar todo lo que huela a sexismo o a violencia aunque se trate de una cancioncilla sin maldad de un juego infantil.
Hoy, aquella canción que todos sabíamos recitar que decía: “Al pasar la barca me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero. La volví a pasar y me volvió a decir: las niñas bonitas me gustan a mí”, sería considerada peligrosa ya que algunos acusarían al viejo barquero, que ya lo fue de nuestras abuelas y posiblemente de nuestras bisabuelas, de un acosador en toda regla que invitaba a las niñas bonitas, despreciando a las feas y además les declaraba su pasión reiteradamente.
También estaría bajo sospecha esa letrilla pegadiza que cantaban las niñas de otras épocas y que decía: “En la calle-lle, ciento cuatro-tro/ha habido-do, un asesinato-to/una vieja-ja, mató un gato-to/con la punta-ta, del zapato-to”. Hoy, aquella pobre vieja tendría todas las papeletas para ser juzgada y condenada por cargarse al gato.
Y que decir de la letra del famoso ‘Cocherito’, hoy habría que cambiarla para que los niños pudieran utilizarla en sus juegos, sobre todo esa estrofa en la que se trataba de forma natural una situación de violencia de género: “El cocherito, leré, me dijo anoche, leré, que si quería, leré, montar en coche, leré/Y yo le dije, leré, no quiero coche, leré, que mi marido, leré, me pegó anoche, leré”.
Tampoco estaría bien vista la popular copilla de aquella mujer que se casó con un enano y que decía: “Me casé con un enano por hartarme de reír, le puse la cama en alto y no se podía subir”, esta letra sería condenada hoy por homofobia, lo mismo que sería censura, por sexista, aquella otra muy cantada en la provincia de Almería, que venía a decir: “Una y dos, María de la O, que barre la cocina y deja el comedor”, las voces más críticas dirían que por qué tenía que recaer la labor de la escoba siempre sobre una mujer.