La Voz de Almeria

Tal como éramos

La bota que calentaba a la afición

Hoy no te dejan pasar al estadio con una botella de agua con tapón; antes nos dejaban compartir hasta el vino

La bota de vino formaba parte del fútbol. Era la que calentaba a los aficionados para que no pararan de animar. En la foto, la grada del fondo sur del Franco Navarro en 1978.

La bota de vino formaba parte del fútbol. Era la que calentaba a los aficionados para que no pararan de animar. En la foto, la grada del fondo sur del Franco Navarro en 1978.La Voz

Eduardo de Vicente
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El ‘Franco Navarro’ cambió la historia de nuestro fútbol. Fue un recinto mágico que nos unió, que invitó a miles de aficionados que no iban al estadio a salir de sus casas y vivir emociones que jamás habían experimentado.

Íbamos al fútbol a compartir, no solo el sentimiento que nos unía en torno a un escudo y a unos colores, sino también las cosas sencillas que formaban parte del alma de este gran espectáculo. Compartíamos los gritos de ánimo, el enfado con los árbitros cuando no nos pitaban un penalti, el saco de habas y el lomo de bacalao. Compartíamos la magia de un equipo que enamoraba y aquellas botas de vino que iban pasando de mano en mano provocando el delirio colectivo.

La bota de vino no tenía dueño, era patrimonio de los hinchas y volaba por el graderío como si fuera una bendición. Cuando la bota llegaba a las manos de un bebedor de fondo, la afición le llevaba la cuenta coreando la hazaña: “uno, dos, tres, cuatro, cinco..”, que eran los segundos que aguantaba sin respirar mientras el néctar le iba cayendo en el gaznate.

Entonces casi nada estaba prohibido, éramos mucho más libres que ahora y teníamos la potestad beber y de gritar todo lo que quisiéramos en un campo de fútbol sin que nadie se ofendiera realmente; cuando te metías con el árbitro o con el juez de línea ellos eran los primeros que entendían que aquello formaba parte del ritual.

Llegabas a la puerta con la bota de vino o con una caja de botellines de cervezas en la mano y el portero te guiñaba un ojo. Hoy te presentas en el torno del estadio con una botella pequeña de plástico llena de agua y te obligan a quitarle el tapón, por si acaso se te ocurre lanzarla al lejano terreno de juego. Hoy no te dejan beber alcohol en las gradas, pero sí puedes emborracharte en los ambigús de animación que instalan dentro del recinto del estadio.

La del ‘Franco Navarro’ era una grada mayoritariamente masculina que rugía como una leonera y compartía la bota como en una romería. Aquellas tardes de fútbol tenían algo de romería, íbamos en caravana hacia aquel cerro del barrio de Torrecárdenas sabiendo que todos los domingos asistíamos a una ceremonia que se bendecía con vino y casi siempre terminaba en milagro. Nadie ganaba en nuestro estadio, nos sentíamos invencibles y el fútbol nos servía de terapia, nos ayudaba a quitarnos ese complejo de inferioridad que llevábamos en el inconsciente colectivo.

La afición actual en Almería es más numerosa que hace cuarenta años, pero no es tan follonera. Antes se armaba más ruido y la gente no necesitaba que un animador a sueldo les dijera por los altavoces lo que tenían que cantar y cuando tenían que sacar las bufandas al viento. En el ‘Franco Navarro’ se vivía en un estado de excitación permanente. Quizá porque vivías el fútbol tan cerca que te convertías de verdad en el jugador número doce.

La afición de ahora es otra cosa. Ya no anima tanto y se ha vuelto muy crítica con su equipo. Antes celebrábamos cualquier triunfo como si fuera un título y ahora no nos conformamos con estar en Segunda División y queremos ser de Primera a la fuerza, sin tener en cuenta que en la misma categoría hay otros diez clubes que empiezan el camino cada año con el mismo objetivo. Si a los diez minutos de partido el Almería empieza a flaquear, no tardan en llegar los silbidos de un público que se ha creído de verdad el cuento de que tenemos la mejor plantilla.

Lo que sí ha mejorado con los años ha sido el colorido. Antes nadie iba al fútbol con la camiseta puesta y ahora todo el mundo va de rojiblanco. Otra diferencia importante era la del transistor. Las gradas del ‘Franco Navarro’ se llenaban de aparatos de radio cuando casi todos los partidos se jugaban a la misma hora. Cuando en mitad del partido se escuchaba aquel pitido del Carrusel que sonaba cada vez que había gol en un estadio, todo el mundo se callaba durante tres segundos para ver dónde se había producido el milagro.

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