La vuelta de honor de la comunión
Había familias que le daban una vuelta al niño por el Paseo y por el barrio después de haber recibido el cuerpo de Cristo

La familia Pérez Porras, dando una vuelta por el Paseo después de la Primera Comunión de su hija. Años 70.
La Primera Comunión pertenecía al niño; era el único protagonista en una ceremonia donde los padres se limitaban a organizar un festejo que en la mayoría de los casos no trascendía del ámbito familiar ni se parecía al convite de una boda, como ocurre ahora.
La Primera Comunión solía ser una fiesta recogida que se compartía en la misma casa sin grandes dispendios. La semana previa, se pintaban las paredes del comedor y se despejaba la mesa principal para poder llenarla de botellas de Fanta y de Coca Cola, de patatas fritas y frutos secos, de bocadillos de foie gras y sobrasada y de los helados que llegaban con el postre como un acontecimiento extraordinario. Ese día la puerta de la casa permanecía abierta y los amigos del debutante entraban y salían sin parar buscando la recompensa del aperitivo y el refresco.
La Primera Comunión tenía sus tiempos. La tarde anterior era de nervios, de prepararlo todo para que no faltara ningún detalle y de llevar al niño a la iglesia para recibir las últimas consignas del sacerdote. Esa misma tarde se procedía al acto litúrgico de la ducha, que en muchos casos se realizaba en el patio de la casas con un barreño y cazos de agua caliente. Adelantar el baño a la tarde anterior era una buena decisión para evitar las prisas al día siguiente.
El domingo de la Primera Comunión había que madrugar. La casa se despertaba antes de que amaneciera con ese trajín que rodeaba los días señalados. Los nervios de las madres, que eran las grandes organizadoras y las que tenían que controlarlo todo; la excitación de los niños que iban a recibir la Eucaristía; el desasosiego por ese último detalle que había pasado desapercibido: la mano de Kanfort que le faltaba a los zapatos, la cadena de oro con el crucifijo que no terminaba de abrochar, las llaves de la casa que no aparecían por ninguna parte...
Después llegaba la ceremonia que solía estar rodeada de grandes emociones. Recuerdo que las madres lloraban mucho en las primeras comuniones, aunque nunca supe si era por la impresión del encuentro con Dios o por esa apariencia tan formal del hijo, tan bien vestido, tan bien peinado, con ese gesto angelical e irrepetible.
Al menos en mi época, los niños solíamos experimentar una transformación profunda cuando hacíamos la Primera Comunión. De forma milagrosa, dejábamos de decir tacos y de inventar diabluras, y renunciábamos a todos nuestros pecados, envueltos en un halo de bondad que duraba el tiempo que tardábamos en quitarnos el traje. Cuando acababa la ceremonia y salías de la iglesia, ya con los deberes hechos, los familiares te abordaban en la puerta y te felicitaban y te llenaban de besos. Entonces tenías la impresión de que habías hecho algo importante, una pequeña hazaña que compartías con la gente cuando antes de volver a tu casa te daban una vuelta por el Paseo para recibir un baño de multitudes.
Cuando terminaba el protocolo sentíamos un profundo alivio y un estado de felicidad propio del que recupera su identidad. Regresábamos al barrio y pasábamos por las casas de los vecinos como héroes de no sé qué gesta para que nos recordaran que ya estábamos hechos hombres y que a partir de ahora teníamos que ser un ejemplo de virtud porque Jesucristo ya había entrado en nuestra alma y era consciente de cada paso que dábamos, de cada decisión que tomáramos de ahí en adelante.
Con qué ilusión guardábamos aquellas primeras monedas que nos iban dando casa por casa a cambio de un recordatorio. Las niñas las guardaban en las limosneras de sus vestidos y nosotros en los anchos bolsillos de nuestro traje. La Primera Comunión terminaba una semana después, la tarde en que nos cogían de la mano y nos llevaban al estudio de Guerry. Benditos fotógrafos que sabían captar en un instante el gesto más puro de nuestras almas inmaculadas, una expresión que no se volvería a repetir jamás.