La plaza que era frontera con la vega
La remodelación de la Plaza de Barcelona, hace 60 años, inició el despegue urbanístico de la Avenida de Monserrat

La rotonda de la estación de autobuses en 1966, cuando estaban construyendo la fuente que fue inaugurada ese mismo verano. El carro representaba el pasado, los coches, la llegada de una nueva época.
Antes de ser plaza fue un descampado en medio de un lugar solitario frente al camino que conducía a la estación del ferrocarril y el palacio que durante los años de la posguerra había funcionado como preventorio antituberculoso. La puesta en marcha de la estación de autobuses, en 1955, supuso un cambio radical para la zona. La ciudad estiró sus brazos hacia la vega y empezó a conquistar ese amplio territorio al otro lado de la Carretera de Ronda. Los autobuses y el trasiego constante de pasajeros que generaba sirvieron para dinamizar la Avenida de Calvo Sotelo (hoy Avenida de la Estación) y para que los promotores pusieran su mirada sobre los extensos solares que empezaban a asomar en la Carrera de Monserrat.
En los primeros años de funcionamiento de la estación de autobuses, el Ayuntamiento fue mejorando gota a gota el entorno. Donde no existía una sola farola se fue haciendo la luz muy lentamente y los caminos maltrechos empezaron a conocer el adelanto del asfalto. Aquel escenario, que entonces pertenecía a ese territorio que llamábamos ‘las afueras’, era un cruce de caminos donde confluían el pasado y el porvenir. Allí se cruzaban los carros que venían de la vega cargados de verdura para la alhóndiga con los autobuses llenos de pasajeros y los taxis que cubrían el servicio con las dos estaciones. Por allí subía la moderna Carretera de Ronda, por allí entraba y salía el tráfico hacia el ferrocarril y allí se unían la nueva ciudad con la vega, que en la segunda mitad de los años cincuenta era ya un mundo en retirada.
Era una plaza alejada y despersonalizada que llevaba el nombre de Plaza de Ivo Bosch, en homenaje a aquel recordado personaje del siglo diecinueve que fue considerado como el gran impulsor del ferrocarril Linares-Almería. Pese a tan ilustre nombre, la plaza careció durante años de infraestructuras y aunque a lo largo del día tenía la vida que le daba el tránsito permanente de vehículos y de viajeros, y la fábrica de Briseis, durante la noche moría hasta transformarse en un paisaje fantasmagórico con escasa luz y numerosos baches. Cada vez que llovía el piso se llenaba de charcos y en las tardes en las que el viento soplaba con fuerza o se desataba una tormenta, toda la plaza se quedaba a oscuras. Una solitaria bombilla que instalaron en el centro, agarrada a dos cables, era la única iluminación.
Cuando en el año 1965 cerraron las instalaciones del viejo preventorio, la Plaza de Ivo Bosch se fue apagando un poco más, provocando las quejas de los vecinos que tenían que atravesarla para llegar a la Carrera de Monserrat, que se jugaban su integridad física en aquellos páramos oscuros.
A finales de 1965 surgió una iniciativa de la colonia de emigrantes almerienses en Barcelona que pretendía unir los lazos de hermandad entre ambas ciudades, obligadas a entenderse y a quererse ya que en aquel tiempo eran alrededor de ciento cincuenta mil los hijos de Almería que residían en la Ciudad Condal. Así nació la idea de celebrar la ‘Semana de Barcelona en Almería’. Al Ayuntamiento se lo ocurrió que uno de los actos que se podían organizar con motivo de dicho hermanamiento podía ser ponerle a una plaza de la ciudad el nombre de Barcelona. Fue entonces cuando se pensó en que el lugar elegido fuera la olvidada Plaza de Ivo Bosch, para de este modo emprender su remodelación para su definitiva integración en el centro de la ciudad.
A comienzos de 1966 se hizo pública la decisión municipal de denominar a la Plaza de Ivo Bosch con el nombre de Plaza de Barcelona, y que esta nueva rotonda contaría en el centro con una fuente luminosa que sería costeada por el generoso Ayuntamiento de Barcelona, que además quería ofrecer las llaves de aquella ciudad a nuestras autoridades, en señal de desagravio por los sucesos ocurridos en el siglo XII, cuando las llaves de las puertas de la ciudad de Almería fueron conquistadas, por razones de guerra, por el barcelonés Conde Ramón Berenguer IV.