Cuando la cruz se metió en las cuevas
En 1969 el cura don Marino se llevó al obispo Suquía a visitar las casas de las familias más pobres de Almería

El obispo Suquía el día que subió a las cuevas de los cerros de la Chanca y le dio la mano a los niños y llevó la esperanza a los enfermos. Detrás de él estaba la figura del cura don Marino.
Nunca estuvimos tan cerca de Dios como aquel invierno de 1968 en el que el bueno de don Marino, el cura revolucionario como lo llamaban algunos, convenció al obispo para que la cruz subiera hasta las cuevas del barrio de la Chanca y visitara casa por casas a las familias que no tenían ningún motivo para creer en Dios. Fue un gesto de rebeldía en una época donde la Iglesia vivía más en los silencios de las sacristías que en los problemas de la gente.
Don Marino, que era el párroco de San Roque, sabía que había familias viviendo en condiciones de miseria y que eran, además, las que menos presencia tenían en su templo. Ya que no iban a escuchar la palabra divina, don Marino pensó que había llegado el momento de llevarle hasta las puertas de sus casas un mensaje de esperanza.
A finales de 1968, los dos sacerdotes emprendieron una visita pastoral a la extensa parroquia de San Roque, que se prolongó durante cuatro meses. Don Ángel quiso estar al lado de los desheredados, de la gente del barrio de la Chanca que todavía habitaba las cuevas de los cerros donde aún no habían llegado ni la luz ni el agua y faltaban los alimentos y las medicinas.
En la Nochebuena del 68 el Obispo ofició la Misa del Gallo desde el templo de San Roque, donde junto al párroco don Marino Álvarez pronunció un mensaje de Navidad dirigido íntegramente a los pobres. Por esa mismas fechas, visitó a los niños acogidos en las guarderías infantiles de Pescadería, el Alquián, Regiones y el cerro de San Cristóbal.
En su recorrido por la Chanca, desde noviembre de 1968 a febrero de 1969, subió por los cerros más empinados y visitó los rincones más recónditos del barrio, buscando siempre a los más necesitados. Le gustaba presentarse ante la cama de los enfermos y reconfortarlos con palabras de ánimo y su mensaje de esperanza. Les agarraba la mano, les tocaba la cara, sin miedo a poder contagiarse de las muchas enfermedades que entonces sufrían los habitantes de las cuevas.
Aquella Navidad, mandó repartir entre los enfermos todos los alimentos que como donativos habían llegado al obispado. Cuando paseaba por las cuestas del barrio, don Ángel iba rodeado siempre de niños. Tenía un aura especial que atraía a los más pequeños, y él se dejaba querer: los cogía de la mano, les hablaba con ternura y los escuchaba pacientemente. Fue también el Obispo que visitó el barrio de los Almendricos y las cuevas del cementerio, donde mandó repartir ropa entre los niños desnudos, y medicinas entre los enfermos.
Don Ángel Suquía Goicoechea fue nombrado Obispo de Almería en mayo de 1966 . Su llegada supuso una revolución debido a las nuevas ideas que el prelado traía, nuevos métodos de apostolado, nuevas formas de entender la misión de los sacerdotes, nuevas estrategias para que la palabra de dios no se refugiara únicamente en los templos o en la soledad de los confesionarios y saliera abiertamente a enfrentarse con la realidad de su tiempo y las exigencias de la calle.
Don Ángel Suquía fue el primer obispo español nombrado después del Concilio Vaticano Segundo. Fue considerado entonces también como el primer obispo moderno. Cuando llegó a Almería era un hombre de cincuenta años, con una profunda formación cultural y espiritual, que había bebido en las fuentes del Concilio y traía en su equipaje las directrices de la nueva Iglesia. “El Concilio quiere que el Obispo sea de todos y para todos”, fueron las primeras palabras que dijo cuando el 16 de julio de 1966 se presentó por primera vez ante el pueblo de Almería. Aquella tarde, subido en un coche descapotable, recorrió lentamente el Paseo, la Puerta de Purchena, la calle de las Tiendas, Mariana, Cervantes, antes de llegar a la Plaza de la Catedral donde se rozó con la gente para que los fieles pudieran tocarlo y besarle el anillo. A ellos les dijo: “La divisa de mi escudo dice: Por vosotros y por muchos” y si alguna preferencia cabe en él es por los pobres y débiles, por los que sufren”.