La Voz de Almeria

Tal como éramos

El catalán que pasó de puntillas

Joaquín Gías Jové dirigió el Gobierno Civil de la provincia durante un año y medio

Gías Jové en uno de los actos oficiales que presidió en el Gobierno Civil de Almería.

Gías Jové en uno de los actos oficiales que presidió en el Gobierno Civil de Almería.

Eduardo de Vicente
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No llegó a echar raíces en Almería. No se adaptó a la tierra ni a un cargo para el que no se le veía demasiada vocación. Joaquín Gías Jové era un abogado metido en política por obligación, por un reto personal que él mismo se puso para honrar la memoria de su padre, caído durante la guerra civil en el bando nacional.

Fue procurador en Cortes y miembro de la Guardia de Franco, pero nunca se sintió cómodo rodeado de políticos y de militares oportunistas, mucho menos cuando a los 47 años de edad lo destinaron al Gobierno Civil de Almería. Un catalán en tierra extraña, un hombre de letras exiliado en la que entonces era una de las provincias más atrasadas del país y la que más lejos quedaba por culpa de las malas comunicaciones.

Gías Jové llegó a Almería en septiembre de 1973 para sustituir en el cargo a Juan Mena de la Cruz. Vino cargado con un equipaje que apenas le dio tiempo a deshacer, ya que un año y medio después de su nombramiento ya había pasado a ser historia.

Fue un gobernador efímero que apenas tuvo tiempo de conocer la idiosincrasia de los almerienses porque se pasó más tiempo viajando a Madrid a pedir dinero que conociendo los problemas de la provincia a la que representaba. Eran tiempos difíciles aquellos años finales del Franquismo, con una Almería triturada por el paro que tenía que mendigar el dinero del Estado para poder salir adelante.

En tan poco tiempo en el cargo su libreta de servicios dejó pocas historias que contar. Suyas fueron las gestiones para mejorar el servicio de televisión y puso mucho empeño en terminar con el problema del chabolismo que todavía existía en los barrios más deprimidos de la ciudad. Gías Jové trajo dinero para mejorar los accesos por la temida Carretera de Málaga y jugó un papel importante en la construcción de la Universidad Laboral y del Club Hípico que en aquellos años aparecieron allá por los campos próximos al Alquián.

Se decía de él que era un buen orador, que destacaba sobre el resto por su marcado acento catalán y que disfrutaba vistiendo de forma diferente, sobre todo cuando se enfundaba aquellas camisas negras abrochadas hasta la garganta que contrastaban con el tono rubio de su abundante cabello rizado.

A Gías Jové le tocó una época complicada en la que la figura de un gobernador civil había bajado muchos enteros y ya no era la de aquel personaje mítico de los años de la posguerra que era recibido en ciudades, pueblos y aldeas como si fuera Franco.

En años setenta la gente estaba mejor informada, los miedos se habían relajado, y ya nadie se impresionaba cuando veía llegar a una comitiva oficial dispuesta a arreglar el mundo. Atrás habían quedado los días de gloria, cuando el gobernador tenía la facultad de hacer milagros, cuando era el auténtico enviado de Dios, capaz de hacer realidad las necesidades cotidianas de la gente. Mientras que el Obispo hablaba de conciencias, del bien y del mal y de que sufrir o pasar hambre no estaba tan mal porque se suponía que Dios estaba siempre al lado de los necesitados, el gobernador civil llevaba los milagros en el bolsillo y allá donde iba dejaba un regalo: una nueva escuela, el arreglo de la iglesia, la puesta en marcha de un hogar de Falange, la bendición de un grupo de viviendas para los pobres, un lavadero público y hasta la luz eléctrica para los pueblos más atrasados que todavía no habían conocido ese adelanto.

Cuando la economía fue mejorando y cuando los pueblos fueron progresando socialmente, el gobernador fue perdiendo glamour. Gías Jové tuvo tiempo, en el año y medio que duró su mandato, de recorrer la provincia, pero ya no fue adorado como los antiguos gobernadores. Los vecinos salían a recibirlo sabiendo de antemano que las promesas se quedarían en un cajón.

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