La Voz de Almeria

Tal como éramos

El cura que prohibía la manga corta

Don Juan Ibáñez no dejaba entrar a la iglesia a las mujeres con los brazos desnudos

El cura Juan Ibáñez liando un cigarrillo junto a un grupo de vecinos de su pueblo. Le gustaba disfrutar del tabaco mientras hablaba rodeado de su gente. 

El cura Juan Ibáñez liando un cigarrillo junto a un grupo de vecinos de su pueblo. Le gustaba disfrutar del tabaco mientras hablaba rodeado de su gente. 

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Pobre don Juan, se había creído a pies juntillas que lo del demonio era verdad, pero el suyo era un demonio que se pasaba todo el tiempo provocando a las mujeres, que para el sacerdote eran las más vulnerables cuando el maligno se subía al andamio y se ponía a repartir los pecados por la humanidad.

Don Juan Ibáñez fue un cura de costumbres antiguas, uno de esos sacerdotes que cumplían los Mandamientos a rajatabla entre los muros de la iglesia. Dentro del templo no hacía concesiones y era tan estricto que no dudaba en echar a la calle a todo el que se saltara la más mínima norma que exigía en cada celebración. Antes de la guerra civil estuvo destinado en Antas, su primera parroquia después de terminar el Seminario, pero su vida sacerdotal transcurrió en Felix, su pueblo, donde ejerció su labor pastoral durante cuarenta años.

En los años de la posguerra, don Juan llegó a ser un personaje más importante que el propio alcalde y su palabra y sus consejos tenían tanto peso para la gente que más que un cura fue la conciencia colectiva del pueblo. Don Juan, tan firme y rígido dentro del templo, era un hombre muy dialogante fuera. Lo que más le gustaba en las horas de descanso era irse al estanco y ser el centro de las tertulias que allí se organizaban, en la puerta si hacía buen tiempo, o dentro del local, al amparo de una buena lumbre, en los días de invierno. El cura tenía un discurso convincente y se recreaba conversando, arropado siempre por un cigarro.

Los domingos, cuando entraba en la sacristía y entablaba hilo directo con Dios, el cura dialogante y amigo se transformaba en un paladín de la disciplina y las normas eclesiásticas. Como en aquellos tiempos los curas todavía oficiaban la misa de espaldas a los fieles, el bueno de don Juan no tuvo otra ocurrencia que colocar dos espejos en el Altar Mayor, situados de forma estratégica para poder controlar cada movimiento de sus parroquianos. Cuando parecía que el clérigo estaba abstraído, completamente ajeno a lo que ocurría a sus espaldas, de pronto paraba la ceremonia para dirigirse a aquellos que estaban hablando y los invitaba a abandonar el templo. “Para hablar se va uno a la puerta. Aquí se viene a escuchar la palabra de Dios”, decía con voz imperativa.

En verano, para la Misa de San Roque, patrón del pueblo, don Juan acentuaba su papel de guardián de las buenas costumbres y un rato antes de la ceremonia se colocaba en la puerta de la iglesia como si fuera un vigilante. Desde allí iba pasando revista a las mujeres que pretendían acceder al templo. No le permitía la entrada a la que fuera en manga corta, a la que no llevara el velo reglamentario o no se cubriera las piernas con medias o calcetines.

La decencia era una de las virtudes que más valoraba el cura. Había una pareja en el pueblo que estaba junta, sin recibir el sacramento del matrimonio, y por este motivo ni él ni ella eran bien recibidos en la iglesia. Cada vez que don Juan se cruzaba por la calle con el hombre, no dudaba en recordarle que vivía en pecado para que formalizara su situación.

Don Juan también era muy peculiar para algunas tradiciones que a su juicio se mal interpretaban. Insistía a sus fieles en que al cementerio no se debía de ir el día uno de noviembre, como solía ocurrir en casi todos los lugares. “El día uno es el día de los Santos y por desgracia no todos los que están enterrados son santos. Al cementerio se va el día dos de noviembre, que es el día de los Difuntos”, explicaba.

Por eso, el día señalado por el cura se organizaban una procesión donde todas las mujeres del pueblo iban rezando el rosario hasta el cementerio. Don Juan repartía el agua bendita para todas las almas del purgatorio, pero sólo se detenía ante una tumba para echar el correspondiente responso si se lo encargaban los familiares. En los años cincuenta cobraba un duro por cada responso, por lo que este acto de sufragio no estaba al alcance de todos los vecinos.

tracking