La Voz de Almeria

Tal como éramos

La taza de chocolate que caía del cielo

El epílogo de los ejercicios espirituales era un suculento desayuno que engrasaba el alma para unirla con Dios

Muchachas del Milagro festejando el final de los ejercicios espirituales en febrero de 1959. Los bollos y el chocolate caliente las unían definitivamente con el Todopoderoso.

Muchachas del Milagro festejando el final de los ejercicios espirituales en febrero de 1959. Los bollos y el chocolate caliente las unían definitivamente con el Todopoderoso.

Eduardo de Vicente
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Los ejercicios espirituales fueron la gimnasia del alma. Mientras que los jóvenes de la posguerra hacían deporte con desgana en camiseta de sport blanca en los patios de los institutos, la Iglesia puso en marcha una intensa campaña para hacer ver a la gente que más importante que los músculos o las articulaciones eran los asuntos morales, la conciencia que nos tenía unir a Dios. En tiempos donde a tantas familias les costaba cubrir sus necesidades elementales, resultaba complicado explicar que se podía creer en el Creador con el estómago vacío, tal vez por eso después de las primeras comuniones y cuando se terminaban las tandas de ejercicios espirituales, se festejaba con un suculento desayuno que siempre pasaba por una taza de chocolate caliente, unas porras de churros y unos bollos con mantequilla.

El epílogo era un desayuno extraordinario que engrasaba el alma para unirla con ese dios que en la vida cotidiana de la gente parecía que quedaba muy lejos.

Los ejercicios espirituales se convirtieron en una tradición casi obligatoria en las familias católicas a lo largo de la década de los años cincuenta, cuando la religiosidad se entendía como una evaluación continua y una puesta en común que había que afrontar todos los años, no sólo acudiendo a misa los domingos o participando en las procesiones, sino también formando parte de aquellas jornadas de retiro donde los hombres, las mujeres y los adolescentes recibían las últimas consignas de la Iglesia y se reencontraban con Dios a través de los rezos, las charlas, la oración, el silencio y la soledad.

Generaciones de almerienses pasaron por los ejercicios espirituales para ponerse a salvo de las tentaciones de la adolescencia o para recibir los consejos necesarios antes de contraer matrimonio. Eran tan necesarios que los jesuitas habilitaron su gran mansión en la Vega de Acá para recibir las tandas de hombres y mujeres que necesitaban el amparo de la palabra de Dios. Durante años, al frente de la casa estuvo el Reverendo Padre Joaquín Reina, un gran orador que destacaba por su profundo misticismo. Sus charlas duraban tres cuartos de hora y sus sermones estaban llenos de consejos para que los jóvenes llevaran una vida interior rica lo más cerca posible de Dios. Cada dos semanas, la casa recibía a grupos de veinte personas que durante cinco días quedaban alojados en sus habitaciones en régimen de internado. Los Padres Tomás Rejón, Ignacio Gallego, Campos y Reina, eran los encargados de dirigir los ejercicios que consistían en charlas profundas sobre conceptos básicos de las relaciones humanas como la amistad, la familia y la sexualidad. Uno de los grandes enemigos para alcanzar el estado espiritual que pregonaban los Jesuitas entonces eran los pecados carnales. Los Padres insistían en los graves efectos que para el cuerpo y sobre todo el alma, causaba la masturbación y alentaban a los jóvenes a recurrir a la introspección, a la búsqueda interior para combatir la tentación.

Un aspecto que los Jesuitas cuidaban mucho de aquellas reuniones era enseñar a los alumnos el valor de la meditación. El Padre Reina, considerado como uno de los mayores místicos que han pasado por Almería, les regalaba profundos discursos animándolos a la vida contemplativa como camino indispensable para la unión con Dios.

Otro templo destinado a los ejercicios fue el de Aguadulce, un proyecto del Obispo don Alfonso Ródenas, que apostó por sacar la fe de los rígidos muros del Seminario y de la sombra de los templos para airearla en los meses de verano. Aprovechando unos terrenos privilegiados que la Iglesia había adquirido en la playa de Aguadulce, el prelado puso en marca la construcción del llamado ‘Seminario de Verano Reina y Señora’.

Tras dos años de obras, donde no faltaron los problemas cada vez que no llegaba el dinero, por fin, en la primavera de 1957 fue inaugurado el centro. Aquél día, el obispo explicó que el edificio frente al mar estaría dedicado al descanso, “pero un descanso no solo para el cuerpo, sino para la elevación del alma”, aseguró.

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