Los últimos días del chalé del gitano
Aquella gran mansión frente a la Plaza de Santa Rita fue derribada en 1982 a pesar de la oposición de los vecinos

El chalé del gitano a finales de los años 70, cuando su suerte estaba echada. El lugar se fue quedando abandonado y su vegetación se fue muriendo lentamente.
Un día las ventanas no se volvieron a abrir más y desaparecieron de la escena aquellas siluetas femeninas que por las tardes se sentaban a tomar el aire en sus miradores: las criadas que buscaban la luz mientras cosían, las mujeres de la casa que se sentaban a leer y a escuchar la radio. Una mañana no volvió el jardinero y las flores se fueron marchitando como el color de la verja cuando ya no hubo nadie que la abriera. Desaparecieron las macetas de las ventanas, los geranios que le daban a aquella mansión del centro de la ciudad un aire rural, el jazminero que en las noches de verano perfumaba toda la manzana. De la fuente del jardín no volvió a brotar el agua ni los niños volvieron a jugar al fútbol frente a la puerta de la cochera. Aquel espléndido chalé, sin agua, sin flores, sin niños, sin vida, se fue quedando varado, como aquellos decorados de las películas del Oeste que sobrevivieron como fantasmas en medio del desierto de Tabernas.
En el otoño de 1981 un grupo de vecinos consiguió paralizar el derribo de la casa, que empezaba a estorbar para el desarrollo urbanístico y brutal de la ciudad vertical. Los vecinos consiguieron que aquel chalé, conocido popularmente como el del Gitano, fuera pasto de las palas y pasara a la historia entre escombros. En unos días reunieron más de mil firmas que llevaron al despacho del entonces alcalde, Santiago Martínez Cabrejas, pidiéndole que no se ejecutara el derribo. Los movilizados acudieron a la Delegación de Cultura y se dirigieron por escrito a Madrid pidiendo que se respetaran los años y la solera de aquel gran edificio que le daba empaque al barrio y humanizaba una ciudad que ya hacía años que había perdido el norte en cuestiones urbanísticas. Pero el chalé ya estaba sentenciado de muerte porque no formaba parte de la lista de edificios catalogados. Unos meses después, en la primavera de 1982, quedó reducido a polvo.
En aquel tiempo, la finca y la casa eran propiedad de la señora Concepción Giménez Fuentes, madre del abogado y político de UCD entonces, Fausto Romero-Miura. Ocupaba un amplio espacio entre la calle de Alcalde Muñoz y la Plaza de Santa Rita, una zona de máximo interés para los promotores y constructores.
El chalé lo mandó construir el empresario Francisco Lucas Salmerón, propietario de la ferretería La Llave. Las obras se prolongaron durante varios años y se terminaron en 1929. Fue concebido como vivienda de verano donde la familia Lucas se trasladaba en los meses de calor, en una época en la que aquel paraje era todavía zona de huertas y arrabales. La entrada estaba protegida por una tapia con verja de hierro y un jardín que le daba la vuelta a la casa. Tenía una fuente de estilo granadino con losas de mosaico, y gran variedad de árboles, y rosales, y margaritas, un jazminero fecundo, una jacaranda que sobrevivió al derribo de la casa, y un jardinero que se encargaba de cuidar las plantas como si fueran la parte más importante de la vivienda. A la puerta principal se accedía para unas escaleras por las que también se llegaba a una habitación acristalada que se utilizaba como solárium.
En los bajos aparecía un sótano enorme donde estaban las pilas de piedra que servían de lavadero. En el ala derecha de la primera planta estaba el despacho, que solía utilizarse como aula donde un profesor particular les daba clase a los siete niños que formaban parte de la familia. En la pared principal se extendía una espléndida librería de madera y en el centro aparecía enmarcado el título de abogado de don Francisco Lucas. Por el ala izquierda de la primera planta se llegaba a un salón de lujo donde destacaban dos espejos monumentales y los muebles de estilo árabe, fabricados por artesanos de Granada.
La familia Lucas permaneció en el chalet hasta el año 1937, cuando tuvo que venderlo al quedarse sin las rentas de los negocios, que habían sido confiscados en los primeros meses de la guerra civil. El chalé de la Plaza de Santa Rita pasó entonces a ser propiedad del doctor Juan José Giménez Canga-Argüelles, médico tocólogo municipal, que en sus dependencias instaló un sanatorio, además de la vivienda familiar.