La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los maestros que pegaban con la vara

La amenaza del castigo estaba presente a diario en la escuela; eran mucho más duros los maestros que las maestras

Uno de los maestros más duros de la Almería de los años cincuenta y sesenta era don José García Morales, conocido popularmente con el apodo de ‘el Aceitero’.

Uno de los maestros más duros de la Almería de los años cincuenta y sesenta era don José García Morales, conocido popularmente con el apodo de ‘el Aceitero’.

Eduardo de Vicente
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La pedagogía heredada de la posguerra seguía basándose en la idea de una disciplina estricta donde el maestro era un dios y a la vez podía ser un justiciero si la ocasión lo merecía. Era dios porque era incuestionable. El maestro, por definición, lo sabía todo, estaba en poder de la verdad por encima incluso de los padres. Ese halo divino de los maestros chocaba en muchas ocasiones con la agresividad con la que se empleaban, que formaba parte del lenguaje diario de las aulas. Una de las grandes diferencias entre un maestro y una maestra antigua estaba en su forma de imponer la disciplina. Mientras que ellas utilizaban casi siempre la ternura y la palabra, ellos solían perder los papeles con más facilidad y recurrir al camino más corto que era el de la vara.

Recuerdo que en mi escuela había un niño que los fines de semana se iba con su familia a un cortijo que tenían en Enix y de vez en cuando aparecía los lunes con una vara para regalársela al maestro. Como es de suponer, el proveedor se convertía en uno de los enchufados oficiales y se libraba de cualquier castigo físico.

Aunque ser golpeado con una vara no solía ser de buen gusto para nadie, éramos muchos los niños de entonces que preferíamos este castigo que el de la humillación de ser tratados en voz alta como los tontos de la clase. Salir a la palestra y poner la mano con valentía para recibir los palmetazos se convertía en un gesto honroso siempre que no hubiera lágrimas de por medio. Ese gesto de resistencia te proporcionaba una aureola de héroe que te acompañaba durante el resto del curso. Por contra, cuando el castigo consistía en degradarte, cuando el maestro te sacaba a la pizarra y propiciaba que toda la clase se riera de tí, el dolor que sentías por dentro no tenía límites y se hacía insoportable.

Llegábamos al colegio sabiendo donde íbamos y asumiendo que el mismo respeto que le debíamos a nuestros padres se lo teníamos que tener a los maestros, que eran la prolongación de la autoridad paterna lejos del hogar. Había colegios donde esta máxima se llevaba a rajatabla, con tanta crudeza que siempre había un profesor o un director al que le temíamos más que a una vara verde.

Cuando entraba el maestro a clase no se oía ni una mosca y las lecciones había que aprendérselas de verdad. “A ver niño, dime donde nace el Duero”, y había que aprenderse donde nacía, por donde pasaba y donde moría, porque si fallabas ya sabías que te exponías al juicio de la vara. En ese instante en que uno estiraba el brazo, abría lentamente la mano, mientras iba cerrando los ojos, en ese instante en que el maestro iniciaba el movimiento del brazo, cogiendo impulso y con cara de mala leche, en esos segundos estaban encerrados todos los tratados de pedagogía de la historia. Y había colaboración dentro del aula. Aquel era un aprendizaje conjunto, recíproco. Cuando el maestro tenía que ausentarse unos minutos, media clase levantaba la mano diciendo: “¿Apunto?”. Y el apuntador se sentaba en la silla del maestro y por unos minutos se le pegaba la mala leche del profesor y llegaba a pensar que realmente él era la autoridad. Entonces fue cuando escuché por primera vez una frase que es una verdad incuestionable: “Si a un tonto le pones una gorra y le dejas un palo se cree capitán general”. Y el improvisado maestro, que casi siempre era el empollón, el que nunca jugaba al fútbol, el que nunca se olvidaba de hacer la tarea, llenaba la pizarra con los nombres de aquellos que se atrevían a hablar en ausencia del profesor. Y luego, cuando llegaba el pedagogo, no tardaba en impartir justicia con la vara de madera.

En Almería tuvo mucha fama la vara de don José ‘el Aceitero’, un profesor duro que ponía en práctica los métodos más convincentes que tenía a mano para que la disciplina reinara siempre en su aula. Tenía dos varas de madera que formaban parte de la metodología de aquellos tiempos, y con las que ponía firmes a los más desobedientes. “Nene, que te voy a dar futis, cambitis, finatis, popeti”, era una de las frases que pronunciaba para advertirle a un niño que estaba a punto de ganarse un castigo en el trasero.

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