La Voz de Almeria

Tal como éramos

Las barracas que rodeaban el Mercado

En 1963 se construyeron 28 barracas en la circunvalación de la Plaza para ampliar la oferta comercial.

Barracas de la Circunvalación del Mercado Central de Abastos. Se construyeron en 1963 cuando el interior de la Plaza se había quedado pequeño

Barracas de la Circunvalación del Mercado Central de Abastos. Se construyeron en 1963 cuando el interior de la Plaza se había quedado pequeño

Eduardo de Vicente
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En los años sesenta el Mercado Central de Abastos vivía días de esplendor. Cada mañana, sus pasillos se llenaban de mujeres, de las amas de casa de aquella época que tenían por costumbre ir todos los días a la Plaza a comprar en un tiempo en que todavía no se había generalizado el uso de los frigoríficos en las casas y las familias compraban día a día.

Ir al Mercado Central era un ritual y era tanta la demanda y era tanto el negocio que dentro era imposible encontrar un hueco libre ya que todas las barracas y todas las mesas estaban ocupadas. Entonces la distribución del recinto era distinta a la actual. En la planta principal se asentaban los puestos de venta de fruta, verdura, carne, encurtidos y embutidos y abajo, en el sótano, donde hoy aparece el pescado, estaba la alhóndiga. A comienzos de los sesenta la Plaza seguía creciendo, formando una ciudad propia desde primeras horas de la mañana. La actividad comercial era imparable y el escenario se fue quedando pequeño. Ante esta realidad, el alcalde, el Guillermo Verdejo, se planteó la posibilidad de agrandar el mercado. Como no podía seguir creciendo por dentro, porque no había espacio disponible, lo hizo por fuera. El ayuntamiento, en enero de 1963, aprobó el proyecto de construcción de 28 barracas en la Circunvalación del Mercado Central.

Esta iniciativa fue acogida con júbilo por los vendedores, ya que suponía que la vieja Plaza de Abastos crecía para poder atender tanta demanda. La colocación de las barracas alrededor del edificio supuso una inyección de vida fundamental para la zona. Recuerdo, de niño, la felicidad que sentía cuando mi tía me llevaba a recorrer el mercado. Caminar por los alrededores, entre tanta gente, entre las voces de los vendedores que coreaban sus mercancías, era un momento especial para los niños, parecido a los que vivíamos en las noche de Feria.

En los días previos a Nochebuena, la Circunvalación del Mercado era un espectáculo, no solo por la vida que generaban las barracas, también por la presencia de las vendedoras de panderetas y de zambombas que llegaban a la zona cada mes de diciembre y colocaban su mercancía sobre una manta en el suelo, mientras daban muestras de sus habilidades con los instrumentos para llamar la atención de la clientela.

Había quien vendía pavos y pollos vivos, turrones de todas las clases que traían en una furgoneta de las fábricas de Alicante y juguetes baratos para los niños más humildes que no podían aspirar ni a bicicletas ni a trenes eléctricos ni a aquellos balones de reglamento de nuestros sueños infantiles.

Otros voceaban la miel auténtica de flores y las milagrosas hierbas recién cogidas del campo que se utilizaban en la mayoría de las casas para los problemas de salud antes de que todos nos hiciéramos especialistas en farmacia. En medio de aquel universo que se creaba todos los días al amanecer alrededor de la Plaza, aparecían, de vez en cuando, unos personajes que se buscaban la vida al margen de la ley y que a los niños nos parecían auténticos pillos, de esos que veíamos en las películas. Eran los pícaros de la vida cotidiana, los trileros de profesión y vocación, cuyo oficio consistía en engañar a algún ‘primo’ que se acercara al puesto.

El engaño comenzaba con un sainete: el burlador montaba la mesa, sacaba sus cubiletes, que a veces eran tres cáscaras de nuez, y fingía que estaba jugando con un grupo de hombres que se había arrimado al querer, tres o cuatro ganchos que actuaban como si de verdad se estuvieran jugando los cuartos.

Mientras el juego se organizaba, a una distancia prudencial, un miembro del equipo se encargaba de vigilar por si aparecía la policía. Mientras el cuadro artístico ponía en escena su función, el cliente, o mejor dicho, el ‘primo’ de turno, iba cayendo en el engaño de aquellos rinconetes hasta que ya no le quedaban más billetes en los bolsillos.

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