Los sabores que no vuelven más
Los sabores de la infancia son irrepetibles, pero se quedan grabados en la memoria como un recuerdo imborrable

Los humildes helados que vendían en los carrillos por la calle y por la Feria nos parecían entonces el manjar más preciado de los veranos.
Hace muchos años que no me he bebido una gaseosa, pero puedo cerrar los ojos y revivir el sabor y el aroma de aquellas primeras gaseosas de mi infancia, aquellas que acariciaba como si tuviera un tesoro entre las piernas, en la penumbra de una terraza de cine de verano. Tener dinero para la entrada y que te sobrara algo para comprarte frutos secos y una gaseosa era tan extraordinario que nos agarrábamos al refresco pidiéndoles a todos los santos que nunca se terminara.
Aquellos sabores de la infancia no vuelven jamás, pero se quedan grabados en la memoria como un recuerdo imborrable. Siempre tendremos la sensación de no haber probado jamás una gaseosa tan buena como la de aquellas noches de cine ni un polo tan sabroso como nuestros primeros polos infantiles porque forman parte de un tiempo en el que vivíamos en un descubrimiento constante, cuando todo nos pasaba por primera vez.
Ahora está de moda hacer pan de todos los colores y de todos los ingredientes posibles. Nos cuentan lo de la masa madre, lo de la harina cien por cien integral, pero por muchos adornos que le pongan al pan ya no le encontramos el mismo sabor que aquellas barras que llamábamos de Viena de nuestra infancia, que nos traía el panadero en la moto en una canasta de madera. Cuando estábamos jugando en la calle y se nos cruzaba por delante la moto del panadero dejando su rastro de pan recién hecho, era irremediable que empezáramos a generar saliva como el perro de Pavlov.
Nunca podré quitarme de la cabeza y del paladar el sabor de los pasteles que vendían en aquel humilde quiosco que montaban en el badén de la Rambla; a los niños que íbamos hacia el centro de la ciudad después de dos horas metidos en el cine Monumental, nos parecían el manjar más suculento que habíamos probado jamás, quizá porque como pasaba con las gaseosas, formaban parte de lo excepcional, de los acontecimientos que se repetían muy pocas veces en la infancia.
Llevo grabado para siempre el sabor de aquel cartucho de papel de estraza lleno de almendras garrapiñadas que mi padre me compró la primera vez que me llevó a ver un partido de fútbol en el estadio de La Falange.No solo conservo intacto el gusto de las almendras, también el del papel, por el que pasé la lengua para apurar hasta los últimos restos del cartucho.
A lo largo de mi vida he podido comer cientos de tajadas de sandía, pero ninguna me dejó tanta huella como aquel pedazo de sandía que devoré la primera vez que fuimos a almorzar a la playa un 18 de Julio. Cada vez que parto un trozo de sandía me salta el paladar aquella primera tajada que llevaba impregnada el frescor y el aroma de la orilla del mar.
Los que fuimos niños en los años setenta vivimos la revolución del helado. Pasamos de los antiguos vendedores ambulantes que iban por las calles con los carrillos de madera a la modernidad de los helados industriales y de los polos de bolsa de los que acababas comiéndote hasta el envase. Los conocimos de todos los gustos y de todos los tamaños, pero ninguno me dejó tan impactado como aquel humilde cucurucho de turrón que me compraron en una noche de Feria mientras contemplaba con ojos de miedo y de emoción el misterio del tren de la bruja.
No he vuelto a probar jamás unas gambas con tomate como las que ponían en un bar de La Almedina cuando las tapas eran el estandarte de cada negocio. Cierro los ojos y vuelvo a rescatar esa mezcla de sabores entre dulce y salado de aquellas gambas con tomate adornadas con patatas fritas.
Nunca olvidaré el sabor de aquellos chicles con sabor a menta que nos comprábamos cuando íbamos al cine con la niña que nos gustaba para que los besos supieran mejor, ni el gusto que me dejaba en la boca el arroz con leche con canela y limón que hacía mi madre cada viernes de Dolores para que no cayéramos en la tentación de comer carne.