Han visto al de Ben-Hur en Almería
El 23 de febrero de 1971 llegó Charlton Heston para buscar exteriores para el rodaje de ‘Marco Antonio y Cleopatra’

Charlton Heston a su llegada al aeropuerto de Almería el 23 de febrero de 1971. Llevaba unas gafas de sol negras para no llamar la atención.
Llegó de puntillas, sin anunciarlo, con la intención de pasar desapercibido, refugiado en unas generosas gafas de sol con cristales negros que le tapaban medio rostro. Se bajó del avión que lo traía de Madrid y caminando de prisa recorrió el pasillo de un aeropuerto donde no había fans esperándolo, tan solo un reportero del periódico que tenía buenos contactos con los directores de los hoteles, que eran los primeros en enterarse cada vez que iba a venir una estrella o se iba a rodar una película.
Era uno de esos martes escondidos en el calendario del febrero almeriense, un día de diario de absoluta tranquilidad en la ciudad más plácida de España. Aquel 23 de febrero de 1971 apareció Charlton Heston de repente en la puerta del aeropuerto con un periodista avispado pisándole los talones con una libreta y un bolígrafo en la mano y una docena de taxistas que esperaban la llegada de los viajeros para dar una carrera provechosa. Ninguno sabía que llegaba el actor, pero solo tardaron unos segundos en descubrir que detrás de las gafas oscuras no venía un personaje cualquiera, que aquel turista de seis pies y dos pulgadas de estatura, tan elegantemente vestido con su chaqueta deportiva y su corbata negra, se parecía al protagonista de aquella película de romanos que todos habíamos visto y que todos habíamos llorado en el cine.
Charlton Heston, acompañado por el productor Peter Snells y por el diseñador Maurice Pelling venía a Almería a localizar paisajes para rodar escenas de la película ‘Marco Antonio y Cleopatra’ en el verano siguiente. Una vez que los taxistas comprobaron que era él y una vez que la noticia apareció en la prensa al día siguiente, todos sabíamos que el bueno de Ben-Hur estaba entre nosotros.
La presencia en nuestra ciudad del gran actor causó un gran revuelo en el mundillo de las películas. La gente pensaba que venía a dirigir una gigantesca producción y que harían falta cientos de figurantes para trabajar durante varias semanas. Se dijo entonces que hasta los niños iban a poder participar como extras, lo que provocó que familias enteras se organizaran para conseguir un papel en la película.
Corrió el rumor de que la gente se estaba apuntado en una oficina que habían abierto en la Plaza del Conde Ofalia, por lo que una tarde se formaron grandes colas delante del edificio para conseguir un puesto en el rodaje. Pero solo fue una falsa alarma, una ilusión que no tardó en desvanecerse cuando una pareja de la policía municipal se acercó a la multitud para informarle que allí no se estaba contratando a nadie, ni se había instalado ninguna oficina de ninguna productora.
Las previsiones más optimistas no se cumplieron y al final, aquella película de romanos pasó de puntillas y sólo los especialistas autóctonos, los que ya tenían un currículum importante de rodajes, tomaron parte en las escenas que se rodaron dentro de la Alcazaba. Los niños del barrio intentaron penetrar en el tercer recinto para ver algunas escenas, pero no hubo forma de colarse y la única recompensa que encontraron fue la de ver a Carmen Sevilla firmando autógrafos en las escaleras de entrada al Gran Hotel.
De ‘Marco Antonio y Cleopatra’ solo pudimos disfrutar el día después, cuando por fin nos dejaron pasar al lugar del rodaje, cuando volvieron a abrir las puertas de la Alcazaba al público mientras los últimos operarios retiraban toda la tramoya que habían instalado. Allí estaba todavía el gran mural con pinturas que levantaron en el segundo recinto, a los pies de la torre de la Vela, rematado en la parte superior por estatuas que parecían de mármol de Carrara, pero que en realidad eran figuras de yeso que simulaban a dioses y a emperadores. Allí estaba también el viejo estanque de la Alcazaba que lo habían convertido en el jardín de Cleopatra cambiándole los patos de toda la vida con los que se fotografiaban los almerienses de los años sesenta por exóticos cisnes made in Egipto.