La Voz de Almeria

Tal como éramos

La Navidad de la estatua al Caudillo

El Pleno del 12 de diciembre de 1975 aprobó abrir una suscripción para hacerle un monumento a Franco

En la foto, escolares detrás del coche de la Coca Cola que patrocinaba el certamen de pintura en la Plaza de la Catedral.

En la foto, escolares detrás del coche de la Coca Cola que patrocinaba el certamen de pintura en la Plaza de la Catedral.

Eduardo de Vicente
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En casi todas las casas, las familias se preguntaban cómo iba a ser la vida después de ver al Caudillo descansando para siempre en el Valle de los Caídos. Pero no hubo nada nuevo: el sol siguió saliendo cada día a la misma hora, los niños seguimos asistiendo al colegio con la misma desgana de siempre, el barrendero volvió a abrir a las calles a las seis de la mañana y la gente siguió tejiendo los mismos sueños con la esperanza de que el futuro le ofreciera nuevos caminos.

Murió Franco, las autoridades le lloraron en La Catedral, los escolares disfrutamos de una semana sin colegio y la ciudad se vistió de luto, pero la vida continuo su curso con la normalidad de siempre, a pesar de que en el ayuntamiento se sintieran en la obligación de tomar medidas para que nadie se olvidara del fallecido. Había que perpetuar la memoria del Caudillo como fuera y como empezaban a sucederse las noticias de que en otras ciudades ya se habían puesto en marcha proyectos para hacerle un monumento, aquí no íbamos a ser menos y en el Pleno Municipal del 12 de diciembre de 1975 se acordó que la muy leal y noble ciudad de Almería tenía que tener su estatua de Franco para no ser menos. Como las arcas del ayuntamiento no estaban ni para una corona de flores, en ese mismo Pleno se llegó al acuerdo de abrir una suscripción popular para que cada almeriense colaborara con lo que buenamente pudiera, con un límite de mil pesetas por persona.

El recuerdo del Caudillo estaba aún muy presente y se aprovecharon los rescoldos de las últimas emociones para intentar tocar el corazón de los ciudadanos, que sin embargo no respondieron como se esperaba. La suscripción fue un fracaso estrepitoso y un mes después de la iniciativa el proyecto se guardó bajo llave en un cajón de la alcaldía.

Con la Navidad a la vuelta de la esquina, las autoridades se encontraban ante un dilema complicado, decidir qué Navidad tendría la ciudad en medio de ese clima de luto que en teoría tenían que padecer los corazones de los ciudadanos. No se volvieron a recuperar las fiestas de invierno que se suspendieron en 1973 por el asesinato de Carrero Blanco, pero sí se organizaron actos culturales y fiestas para que Almería sintiera aquello del espíritu navideño. Después del día de la Purísima, como era costumbre, las vendedoras de zambombas volvieron un año más a sus puestos y en las calles principales empezaron a colocar las tiras con las bombillas de colores habituales.

La Delegación Provincial de Cultura del Movimiento organizó los tradicionales concursos de villancicos, belenes y tarjetas y los niños de las escuelas volvieron a la Plaza de la Catedral para participar en el certamen navideño de pintura que junto a la Feria del Libro, abrían el telón de las fiestas.

La primera Navidad sin la figura del dictador fue tan sencilla y tan recogida como eran entonces todas nuestras navidades. El humilde alumbrado de las calles más comerciales, los clásicos villancicos que sonaban por la tarde en el Paseo, el ajetreo de los aledaños del Mercado Central a media mañana, los pavos rellenos que lucían en las vidrieras de los restaurantes, la ilusión infantil que se daba cita delante de los escaparates de las tiendas de juguetes.

Aquel año fue muy celebrado el buffet navideño que preparó el restaurante del Rincón de Juan Pedro, donde además del clásico pavo trufado dio a conocer a los almerienses otros platos mucho más exóticos como el faisán al gran cheff y la cabeza de jabalí rellena.

La Navidad no se hacía eterna y pesada como ocurre ahora que la tenemos con nosotros durante dos meses. La Navidad de 1975, como siempre, empezaba el primer domingo antes del sorteo de la lotería, cuando los cines más importantes nos traían a sus carteleras los estrenos que habían sido un éxito en Madrid. El domingo 21 de diciembre de 1975, mientras miles de reclutas juraban bandera en el campamento de Viator, los almerienses hacíamos colas delante de las taquillas del cine Roma y del Reyes Católicos para ver ‘Terremoto’ y ‘Tiburón’.

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