Aquellos de las fiestas en las cocheras
40 años después han vuelto a reunirse aquellos jóvenes de los ochenta que fueron los últimos de los bailes caseros

Cuarenta años después han vuelto a verse los que fueron adolescentes en los ochenta y jugaban a enamorarse en las fiestas de las cocheras. A la cabeza, el emperador de aquellas movidas, Paco Almansa.
Han pasado cuarenta años, pero los recuerdos siguen intactos en cada uno de aquellos jóvenes de la ‘Movida’ almeriense que fueron los últimos que disfrutaron de la aventura de organizar bailes los fines de semana en el vientre de una cochera de barrio. Casi medio siglo después han vuelto a reunirse en un almuerzo fraternal para hablar de sus hazañas y olvidarse durante unas horas de los problemas cotidianos y de las secuelas que ha ido dejando el paso del tiempo.
Pertenecieron a aquella generación que no supo adaptarse al ocio nocturno de las discotecas y prefirió apurar hasta el último aliento aquella costumbre heredada de los años sesenta de organizar los bailes en las casas. Como en los pisos no había espacio para grandes eventos tuvieron que recurrir a una cochera para obrar el milagro. Para ellos, aquella cochera enfrente del cine Moderno fue lo más parecido al paraíso que llegaron a conocer. No era un escenario de lujo. No tenía el glamour de una discoteca de moda con sus juegos de luces y su sonido espectacular, ni su equipo de camareros profesionales, pero tenía el espacio suficiente y la complicidad que se necesitaba para bailar, para hacer amigos y sobre todo para afrontar el delicado arte de ligar, o al menos intentarlo.
La cochera estaba en el bajo de un edificio de la calle José María de Acosta y era propiedad de la madre de uno de los componentes del grupo que por aquellos tiempos lideraban dos elementos fundamentales: Paco Almansa y Paco Porras. Se trataba de dos pandillas de adolescentes que coincidían los sábados jugando al fútbol en las pistas de la Rambla y comiendo pipas calientes en los bancos del Paseo cuando el presupuesto no daba para mucho más. A partir de aquellas reuniones surgió la idea de convertirse en promotores, aprovechando aquella cochera vacía que parecía estar pidiendo a gritos que alguien la llenara de vida. El principal problema era que no tenían luz eléctrica ni tampoco un grifo de agua. Pero como a esas edades sobran las soluciones, sobre todo cuando aprietan los instintos, aprovecharon que dos de los componentes del grupo estaban estudiando electricidad para inventarse un enganche de esos que hoy se conocen como ilegales, pero que ellos utilizaban como un recurso de fin de semana sin ninguna maldad. Para solucionar lo del agua no tuvieron otra alternativa que comprarse un juego de cubos y buscar el líquido elemento en el cañillo oficial del barrio de Las Perchas que entonces estaba en la subida a la calle de la Viña.
Si de algo podían presumir aquellos bailes juveniles eran de su elaboración plenamente casera. Para refrescar las bebidas que compraban a granel y que no eran precisamente de las marcas de moda, empleaban un viejo baúl de madera que se encontraron en la cochera y que llenaban con las barras de hielo que otro de los integrantes de la pandilla traía a coste cero de la misma fábrica, aprovechando que allí trabajaba su padre.
El reto era organizar el baile con el menor coste posible y que aquella cochera abandonada se transformara en un nido perfecto. Tenía a su favor que el escenario contaba con dos alturas: el salón principal que estaba arriba y una sótano que parecía la fábrica de la oscuridad, reservado exclusivamente para bailar las lentas.
La fiesta siempre empezaba arriba y si los dioses eran propicios y se conseguía conectar con una muchacha tenías la opción de bajar a la catacumba y confirmar lo que en aquellos tiempos se consideraba un triunfo: pegarse el lote y poco más. Así, entre los golpes de ginebra Lirios y whisky de oferta servido en vasos de plástico, con el sabor de los frutos secos y las gominolas en el paladar, bailaban, gritaban, saltaban, escuchaban la música que querían escuchar y se iban a sus casas con el fuego metido en el cuerpo, con aquellos calentones no resueltos que fueron el pan nuestro de cada día en aquellos complicados tiempos, por mucho que nos gustara presumir de libertad.
Han pasado más de cuarenta años de aquellas escaramuzas, pero ninguno de aquellos jóvenes ha podido olvidar las famosas fiestas de la cochera ‘del Emilio’ donde sin darse cuenta fueron felices de verdad.