La Voz de Almeria

Tal como éramos

La estación y la llegada de un famoso

Antes de tener aeropuerto, los artistas que venían a Almería lo hacían casi siempre en el tren procedente de Madrid

El actor Manolo Morán, subido en un coche de caballos tras llegar a Almería en mayo de 1960 en el tren procedente de Madrid. En la estación lo esperaban los cocheros y un buen número de admiradores.

El actor Manolo Morán, subido en un coche de caballos tras llegar a Almería en mayo de 1960 en el tren procedente de Madrid. En la estación lo esperaban los cocheros y un buen número de admiradores.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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Como no teníamos aeropuerto, la mayoría de los artistas que llegaban a Almería lo hacía en tren y aquel que se atrevía a hacerlo por carretera se quedaba tan escarmentado que no volvía a repetir la aventura. Antes de 1968, año en el que empezaron a llegar los primeros aviones, la estación era el gran escenario donde los almerienses recibían a los famosos.

Cada vez que por los cafés del Paseo o por las páginas del periódico corría la noticia de que iba a llegar un actor o un cantante de prestigio, no faltaban los idólatras que se acercaban a la estación a pedirle un autógrafo o a verlo de cerca. Codearse con un famoso, aunque solo fuera un minuto cuando se bajaba del tren, era un argumento suficiente para presumir después y emplear esa frase que tanto llegamos a escuchar los almerienses del admirador que decía con la boca ancha: “Yo estuve con Brigitte Bardot”, o el que sacaba pecho por haberse quedado a un palmo de Claudia Cardinale.

Uno de los artistas que fue recibido como un héroe en esta ciudad fue el actor Manolo Morán, que a comienzos de los años sesenta era de los más conocidos del cine español. Cuando en mayo de 1960 llegó a la estación para participar en un acontecimiento benéfico bautizado con el nombre de ‘Operación Pesca’, fue recibido por un centenar de seguidores que lo acompañaron hasta el centro de la ciudad, unos en bicicleta, otros en moto y algunos andando, mientras el comediante recorría las calles en un coche de caballos. Tardó más de media hora en llegar a la Puerta de Purchena porque la gente paraba el vehículo para darle la mano como si se tratara de un ser superior.

La ciudad se agitó durante varias semanas con un acontecimiento que sacó a los almerienses de su apacible monotonía de pueblo grande. Como en una metáfora del ‘Bienvenido Mister Marshall’ de Berlanga, nosotros salimos también a la vieja carretera de Aguadulce para acompañar a los actores que prefirieron venir en coche y estuvimos en la estación para llevar en volandas al bueno de Manolo Morán.

Cuando nos visitaba un actor famoso se decretaba el estado de fiesta en la ciudad. Los almerienses agradecían que los artistas se acordaran de esta tierra y sacaban toda su hospitalidad para que el visitante se fuera enamorado de Almería. Es verdad que no teníamos grandes monumentos, y que habitábamos en el culo del mundo como decían por ahí, pero en generosidad no había quien nos superara ni en ganas de echarnos a la calle para festejar cualquier cosa que nos sacara del aburrimiento cotidiano. En ese contexto festivo que sobre todo nos regalaban los continuos rodajes de películas, la estación se convirtió en el recibidor oficial de la ciudad para alegría de los cocheros y de los taxistas que ese día hacían un gran negocio.

De aquellas llegadas en tren, tal vez la que más huella dejó fue la de la actriz Claudia Cardinale cuando nos visitó en la primavera de 1968. Había que ver la cara de aquellos hombres que fueron a la estación a recibirla. Cómo la miraban, seguramente no habían visto una belleza parecida jamás ni tanta elegancia acumulada en un mismo cuerpo.

Hubo quien se quedó tan impresionado de ver tan cerca a la actriz que por muchos años que pasaran cada vez que lo contaba parecía que la tenía otra vez delante. Llevaba un vestido con tonos azules y dibujos naranjas, con unos zapatos también anaranjados como de película y una melena ondulada sobre el hombro que la elevaba al Olimpo de las diosas de la antigua Grecia. Los que la vieron, los que la rozaron, coincidían en destacar su mirada. Te miraba y se te paraba el corazón. Te miraba con unos ojos inmensos en los que cabían todos los jóvenes que se cruzaban por delante.

Al llegar a la estación la esperaba un cochazo para llevarla a su destino. Mientras el Rolls Royce gris oscuro de la Cardinale se abría paso entre el camión de la regadora y el burro del hombre del pescado, los jóvenes la seguían en bicicleta, jugando a pedalear sin manos para llamar la atención de la actriz.

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