La Voz de Almeria

Tal como éramos

El sueño de la máquina de coser

Las jóvenes de la posguerra aprendían a coser a máquina en las academias de los barrios

La joven de Almería Pilar Ibáñez se llevó una máquina de coser en 1960 en un programa de radio que pagaba Bazar Almería.

La joven de Almería Pilar Ibáñez se llevó una máquina de coser en 1960 en un programa de radio que pagaba Bazar Almería.

Eduardo de Vicente
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La máquina de coser fue una revolución en distintos periodos, una herramienta de trabajo que durante décadas constituyó un lujo inalcanzable para la mayoría de la gente. Las primeras máquinas de coser que se pusieron a la venta en Almería las trajo el industrial británico, Guillermo Hall, a su fábrica de la carretera de Granada, en el verano de 1874. “Las máquinas de coser han llegado. Pueden verse en la fábrica de la Noria, desde las cinco a las siete de la tarde. Precios a 750 reales las de familia, y 950 reales las intermedias para sastres y zapateros”, anunciaba la publicidad de aquellas fechas.

Fueron muchas las familias pudientes que pudieron adquirir el preciado artilugio con el que se fabricaba todo tipo de ropa en una época donde en las tiendas no existía la confección. Un año después de la llegada al mercado de las máquinas de coser, otro empresario, Ricardo Lagasca, montó una empresa para su mantenimiento, contratando a un operario de Barcelona, experto en la limpieza y en el arreglo de averías. Además, enseñaba a coser y a bordar con ellas, por lo que el servicio era completo.

En 1876 llegaron a Almería las máquinas de la casa Singer, que en aquel tiempo estaban consideradas las más vanguardistas del mercado, avaladas por el prestigio de estar fabricadas en Nueva York. En 1881 Singer consiguió vender 39.000 máquinas en toda España. En casi todas las casas de las familias acomodadas de Almería estaba el rincón de la máquina de coser, donde las muchachas de la casa aprendían la técnica del bordado, donde se elaboraron tantos ajuares y tantos vestidos de novia. Saber manejarla era como hoy día tener una carrera porque daba prestigio y permitía ganarse la vida cosiendo. En 1884 saltó la polémica cuando corrió la noticia de que varios médicos de prestigio desaconsejaban el uso diario de la máquina de coser porque perjudicaba a la salud de las muchachas que pasaban entre ocho y diez horas al día sin más ejercicio que el monótono vaivén de los pies y las piernas.

Si las máquinas Singer fueron un acontecimiento, por la fama que traían de América, en igual medida lo fue la aparición, medio siglo después, de la marca Alfa, la primera fabricada en España. Venían de Eibar y en 1930 ya estaban a la venta en los comercios de Almería.

El colegio de María Inmaculada, en el que funcionaba el llamado servicio doméstico, fue el primer establecimiento público que incorporó las nuevas máquinas de coser para la escuela nocturna que puso en marcha a comienzos de los años treinta para la instrucción de obreras y sirvientas.

Fue en esa década cuando las autoridades de la República, conscientes de la necesidad de incorporar a la mujer al trabajo, fomentó el aprendizaje con las máquinas de coser, poniendo a disposición de las menos pudientes, los medios necesarios para que aprendieran su manejo. En marzo de 1935 se inauguró la casa de máquinas de coser bajo el auspicio de la asociación de Asistencia Social, en un local de la Rambla de Alfareros (entonces calle Primero de Mayo). Allí, un grupo de profesoras formaban a las mujeres en el uso de la máquina y en las técnicas de cosido y bordado.

Las alumnas eran jóvenes faltas de recursos económicos para poder poseer, particularmente, una máquina. Era habitual la estampa de muchas de aquellas mujeres manejando las máquinas de coser con el hijo pequeño en el regazo.

La academia se trasladó en los primeros meses de la guerra civil al local de la Tienda Asilo. En el invierno de 1936 había dejado de funcionar.

En la posguerra tener una máquina de coser fue el sueño de muchas mujeres que montaban su propio taller para sacar sus casas adelante. Muchos de estos talleres eran también pequeñas academias donde iban las muchachas a aprender el oficio. El corte y la confección fue la única salida para muchas de aquellas mujeres de posguerra que se pasaron su juventud soñando con las espléndidas máquinas de coser que veían en los anuncios de las revistas y en los reportajes del NODO. La más popular fue la máquina Alfa, que en 1942 la vendía Joaquín Gutiérrez Salmerón en la calle de las Cruces. En tiempos de autarquía, la Alfa anunciaba su fabricación “netamente española”, y había llegado al mercado ofreciendo un modelo económico y otro de lujo por la calidad del mueble que la acompañaba. Las máquinas Alfa se fabricaban en Eibar y las Sigma, que eran la competencia, en Elgóibar.

En 1951 apareció en escena una máquina de coser alemana, la Wertheim, que trajo a Almería el empresario Mario Torres Gázquez, presentándola como si fuera una estrella de cine. Sus dos establecimientos de Bazar Almería, en el Paseo y en la calle de las Tiendas, lucieron en sus escaparates la prestigiosa marca que se anunciaba como “la más elegante, sólida y perfecta”.

Las muchachas se pasaban los años ahorrando para poder adquirir una de aquellas máquinas, mientras que otras se conformaban con soñar con que le tocara el gran regalo en alguno de los concursos de la radio que entonces patrocinaban distintas casas comerciales. Las cuchillas de afeitar Iberia sorteaban, como regalo estrella, una lujosa máquina Alfa, mientras que la empresa Bazar Almería ofrecía como premio mayor una máquina de coser Wertheim.

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