El declive general de una década
El ocaso de la Semana Santa coincidió con la pérdida masiva de escenarios históricos

1967. La Virgen de los Dolores de la hermandad del Entierro en la Plaza de San Pedro con el horrible edificio de Simago creciendo detrás de la torre del templo.
Fue el declive de una década. Almería entró en los años finales de los sesenta dejándose las señas de identidad por los rincones. Era una ciudad que estaba patas arriba, que crecía sin ningún criterio y sin atender a esa esencia que había heredado durante décadas. El progreso consistió en derribar lo viejo y empezar de cero y en ese derribo no solo se llevó por delante casas y palacios sino también el alma de la ciudad y una tradición cogida con alfileres como era entonces la Semana Santa.
Almería se fue quedando sin esos escenarios históricos que en otros ciudades sobrevivieron y que fueron la base para sostener una celebración como la Semana Santa donde el contexto era fundamental. La semana de pasión se fue estrechando hasta refugiarse en la avenida principal, el Paseo, donde las hermandades desfilaban entre las nuevas edificaciones que surgían como gigantes en un clima desangelado de desfile pasado de moda donde un público cada vez más lejano acudía a ver el paso de un Cristo o de una Virgen como el que va a ver pasar el desfile de una carroza de feria.
Aquí no tuvimos rincones a los que agarrarnos que sostuvieran la fe, esas calles de gran belleza que generaran una fuerza mayor que la tradición religiosa pura y dura, ese escenario capaz de congregar a miles de personas en torno a una hermandad. Lo más parecido que tuvimos fue la subida del Cristo de la Pobreza al cerro de San Cristóbal, que acabó sucumbiendo entre la miseria de aquel arrabal. Alguna hermandad, como fue el caso de Estudiantes, intentó agarrarse a la fuerza del entorno de la Alcazaba para crecer, pero fue en vano y no encontró ese apoyo popular ni del barrio que visitaba ni de la ciudad en general, acostumbrada a la comodidad del Paseo. En 1971 el hermano mayor de Estudiantes justificó el cambio de recorrido de la hermandad, dejando el centro para refugiarse en el casco histórico, en el poco interés que la cofradía había encontrado en el Paseo y sus aledaños en años anteriores. La imagen de un Paseo frío, con las aceras medio vacías después de las once de la noche, forma parte de la memoria de aquella década.
El apogeo de los primeros años sesenta había sido un espejismo y en menos de una década la frágil Semana Santa de Almería se fue viniendo abajo hasta desplomarse de tal forma que a comienzos de los años setenta se quedó con una sola hermandad capaz de salir a la calle con todos sus enseres y con un cortejo de penitentes.
El crecimiento de los años anteriores, motivado más por necesidades políticas y religiosas que por asuntos de fe popular, creó un gigante con los pies de barro. Las nuevas generaciones se fueron alejando de la Iglesia. Eran los años de las primeras televisiones, del turismo, de las pandillas, de los bailes de los domingos y de los primeros aires de libertad que trajeron un viento nuevo. Existía, además, un cansancio religioso acumulado, un agotamiento del discurso en los templos y una necesidad de rebeldía para romper con la obligación de lo que debería de ser un acto voluntario.
La Semana Santa del crecimiento se basaba, en muchos casos, en hermandades cerradas en las que se dependía económicamente de las aportaciones personales de mecenas que unos días antes de la procesión ponían el dinero que faltaba para sacar los pasos a la calle, pero carecían de infraestructura social, de esa masa de cofrades que con en el trabajo anual, forjado en el día a día, hicieran posible primero la consolidación y después el crecimiento de la hermandad.
Tampoco contaban con el apoyo del Ayuntamiento, que colabora sólo en algunos detalles de escasa importancia, pero que ni daba dinero a las hermandades ni tan siquiera se preocupaba en que no hubiera coches aparcados en las calles por donde transitaban las procesiones. Sin esas bases fundamentales y con una masa de gente joven que caminaba hacia el lado contrario de donde les exigía la Iglesia, la semana grande de Almería se fue derrumbando hasta llegar a una decadencia absoluta en los inicios de la década de los setenta.
En 1970 la cofradía más antigua, la Soledad, tuvo que salir a la calle sin penitentes, formando sus filas con fieles vestidos de paisano portando velas. Ese año la otra hermandad de mayor solera, la del Entierro, sufrió un percance que marcaría el devenir de los años siguientes debido a la lluvia. Los tronos sufrieron desperfectos y las viejas túnicas de cola que eran características de la hermandad acabaron maltrechas por el barro y el agua.