El drama de una familia almeriense que vive en una habitación: "Somos seis y tenemos que comer por turnos"
La familia abandonó una vivienda declarada en ruina, pero sigue atrapada en la emergencia habitacional

Juan Andrés sostiene la documentación con la que reclama una vivienda adecuada para su familia.
Sentados a las puertas de casa, Juan Andrés y los suyos observan el lento ir y venir de la calle Rioja. Las macetas repartidas por la fachada suavizan una escena que, a primera vista, parece amable: la vieja costumbre de salir a la fresca para escapar del calor del verano. Sin embargo, en el caso de esta familia de Pescadería, la estampa tiene más de necesidad que de tradición.
La calle funciona como una prolongación de la vivienda, una sala de estar, un espacio de desahogo frente a una sensación de estrechez que marca todas las horas de esta casa. Dentro apenas hay sitio para un tercio de de familia. Son seis personas compartiendo un inmueble de reducidas dimensiones: una cocina y una única habitación con espacio para dos literas dobles y poco más.
Al entrar, una cama de 90 centímetros recibe al visitante encajada bajo el hueco de una estrecha escalera. "Aquí es donde duerme mi mujer", explica Juan Andrés, apoyándose sobre una losa que él mismo reforzó para evitar que insectos y roedores puedan colarse en la vivienda.
Apenas necesita girarse para encontrarse en la cocina, una continuación natural de la estancia, como si el umbral y los fuegos donde crepitan unas papas formaran parte del mismo espacio. Al fondo, una puerta da acceso a un pequeño baño. "Ya no hay más", resume. La planta superior ofrece un recorrido todavía más breve.
El tramo de escaleras desemboca directamente en la única habitación de la casa. Allí duermen sus cuatro hijos, de 18, 12, 10 y 8 años. "Las niñas en un lado, mis hijos en el otro. Y yo duermo en un colchón en el suelo, entre las dos literas", relata. No hay armarios. La ropa se guarda donde se puede. Percheros improvisados, cajas de almacenamiento apoyadas contra la pared y pequeños rincones aprovechados al máximo sustituyen a los muebles que no caben en la habitación.
En esta casa, incluso comer requiere organización. “Tenemos que comer por turnos”, comenta Juan Andrés. Los niños ocupan primero ‘la mesa’. El padre espera que le den la vez apoyado en la escalera, mientras que su mujer aguarda en el lado de la cocina, después de haber servido la comida.
Pese a las limitaciones del inmueble, Juan Andrés insiste en una idea. Sus hijos van al colegio aseados, tienen ropa limpia y no les falta comida. La vivienda, pequeña pero ordenada, refleja un esfuerzo constante por mantener una cierta normalidad en medio de las dificultades. El problema, asegura, es el espacio. La sensación de estrechez no es la única preocupación que sobrevuela la casa.
Una casa declarada en ruinas
La actual no es la primera vivienda de la familia. Durante años, Juan Andrés residió con los suyos en otro inmueble un poco más arriba de la calle Rioja. Cuando entró por primera vez en aquella casa, asegura que estaba abandonada. Según recuerda, era utilizada por personas para consumir drogas y permanecía en un estado de deterioro evidente. "Eso era un fumadero, y entré de okupa. Mi mujer y yo lo limpiamos a fondo y nos metimos a vivir”, relata.
Aquel inmueble terminó convirtiéndose en mucho más que un techo. Allí se empadronó la familia (y siguen), allí nacieron tres de sus hijos y allí aprendieron a convivir con unas condiciones que nunca fueron fáciles. Lo que había empezado como una solución de emergencia acabó convirtiéndose en su hogar durante más de una década. Con el paso de los años, la vivienda fue deteriorándose hasta ser declarada en ruina.
Las humedades, los desprendimientos y el mal estado general de la construcción acabaron convirtiendo el día a día en un ejercicio de resistencia. Juan Andrés recuerda noches en las que el miedo a un derrumbe les impedía descansar con tranquilidad. "Nos daba miedo que los techos se nos vinieran encima", asegura.
El episodio que terminó precipitando el desenlace fue un desprendimiento que, según sostiene, alcanzó a uno de sus hijos. "Se le cayó un pedazo de techo y se le puso el ojo morado", recuerda al hablar del menor que sufre una discapacidad.
El hacinamiento como solución a una urgencia
Finalmente llegó el momento de abandonar la vivienda. Juan Andrés sostiene que accedió a marcharse incluso antes de que se completaran los plazos previstos, convencido de que aquella salida marcaría el inicio de una etapa mejor. "Yo me salí dos semanas antes por no poner problemas, me dijeron que me iban a dar una solución", explica.
Sin embargo, la realidad resultó más complicada. La familia no encontró una alternativa estable. El refugio llegó gracias a una sobrina que les cedió temporalmente la casa en la que viven hoy. Una vivienda más segura, pero demasiado pequeña para seis personas. La paradoja acompaña desde entonces a la familia. Consiguieron abandonar una casa que se caía a pedazos, pero no escapar de la emergencia habitacional.
Meses de espera
La situación ha terminado llevando a Juan Andrés a un punto límite. Desde hace meses ha recurrido a todas las vías que encontró a su alcance en busca de una alternativa habitacional que permita a su familia vivir con algo más de espacio.
Habla de escritos enviados al Ayuntamiento de Almería, muestra correos electrónicos dirigidos a distintas concejalías, incluso a la propia alcaldesa de Almería y gestiones ante el Defensor del Pueblo Andaluz. También figura inscrito como demandante de vivienda y sigue pendiente de los sorteos de AVRA. "Estamos en el puesto 53. Seguimos esperando, pero ya no puedo más", resume mientras repasa una carpeta repleta de solicitudes y respuestas acumuladas.
Uno de los problemones del país
La historia de esta familia, aunque desarrollada a escala doméstica en una vivienda de Almería, constituye uno de los múltiples episodios que pueden derivarse de uno de los grandes problemas sociales del país: el acceso a la vivienda.
El Banco de España lleva años advirtiendo del desequilibrio existente entre la creación de nuevos hogares y la construcción de viviendas, una brecha que ha contribuido a agravar el déficit habitacional acumulado en España. A ello se suma el encarecimiento sostenido del mercado residencial, con precios de compra y alquiler que han crecido por encima de la renta de muchos hogares. La tendencia continúa: según el Instituto Nacional de Estadística, el precio de la vivienda registró una subida interanual del 12,9% durante el primer trimestre de 2026.
Una habitación para crecer
Su discurso, sin embargo, se aleja de las exigencias grandilocuentes. No habla de chalés, ni barrios pudientes. Habla de metros cuadrados suficientes para una familia de seis personas. “No estoy para elegir, ya lo dije en el Ayuntamiento, me conformo con lo que me ofrezcan. Lo que necesito es una vivienda de tres o cuatro habitaciones que pueda pagar”
Uno de sus hijos tiene reconocida una discapacidad y una de las dos niñas comienza a adentrarse en una edad en la que la falta de intimidad empieza a hacerse más evidente. En una vivienda donde una única habitación concentra buena parte de la vida familiar, cambiarse de ropa o disponer de un momento de privacidad se convierte en algo mas elevado que un lujo. "Imagina que una de mis hijas se está cambiando. Los demás tenemos que esperar. Aquí todo hay que hacerlo por turnos", explica.
Esa falta de espacio es la que, según cuenta, más le preocupa cuando piensa en el futuro de sus hijos. No porque les falten cuidados o atención. Lo que teme es que la vivienda termine condicionando una parte de la infancia y de la adolescencia que debería transcurrir con normalidad. “A mi, ya no me va solucionar mucho, tengo los huesos rotos, pero los niños se merecen tener una casa digna”.
Las niñas, de hecho, hablan de la casa que les gustaría tener con la misma sencillez con la que otros infantes. Sueñan con una habitación propia. Un espacio donde guardar su ropa, colocar fotografías o carteles en la pared y cerrar la puerta cuando necesiten estar solas. "Una cama, un armario y una pared", resumía una de ellas durante la visita.
Para Juan Andrés, esa frase explica mejor que cualquier expediente la situación que atraviesa la familia. Después de meses de espera, asegura que su principal aspiración no pasa por recibir una vivienda gratis ni por cambiar de barrio. Lo que reclama es la posibilidad de que sus hijos puedan crecer con algo que muchas familias dan por sentado: un espacio propio dentro de casa.