"¡Todos al sótano!": Los almerienses relatan cómo pasan las horas en un Jerusalén bombardeado
El grupo está bien, pasan el tiempo entre rezos, cine y charlas aunque viven al ritmo de las sirenas

Imágenes de la expedición almeriense durante estos días en Tierra Santa.
Desde que el sonido de la primera sirena interrumpió su regreso al hotel —justo después de "haber celebrado una de las misas más emocionantes del viaje, en el Santo Sepulcro", explican—, los doce vecinos de Cuevas del Almanzora viven desde el pasado 28 de febrero una especie de paréntesis forzado: una mezcla de alerta constante, convivencia estrecha y sorprendente serenidad.
Su guía espiritual, el sacerdote Antonio Cobo, recuerda con viveza el momento en el que todo cambió: “En cuanto sonó la primera alarma, nos metimos en un parking y de ahí ya al hotel. Aquí estamos desde entonces”. Desde ese instante, el Hotel Ambassador, habitual destino de peregrinaciones en Jerusalén oriental, se ha convertido en su casa, su refugio y su único escenario posible mientras la guerra continúa.
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Sirenas, sótanos y una rutina marcada por la alerta
La dinámica ya la tienen interiorizada. Cada vez que suena la aplicación del móvil avisando de que el fuego de los misiles sobrevuela en la zona, inmediatamente después retumba la sirena de la ciudad. “Da igual si estás desayunando, duchándote o echando una cabezada: todo el mundo para abajo” explica el sacerdote.
Ese “abajo” es un gran salón subterráneo, amplio y reforzado, que cumple la función de refugio colectivo en el Hotel Ambassador. No es un búnker al uso, sino una sala de celebraciones reconvertida, con columnas gruesas, mobiliario apilado y turistas y peregrinos compartiendo silencio, nervios y conversación. “A veces, cuando hay un bombazo a cierta distancia, vibran un poco los cristales”, reconoce el cura, “pero aquí estamos protegidos”.
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Cuando la alarma cesa, todos vuelven lentamente a las plantas superiores. Duermen en habitaciones compartidas, intentando aprovechar cada minuto de descanso antes de que la siguiente alerta interrumpa la calma. Aun así, la convivencia es sorprendentemente buena: “Estamos hartos de subir y bajar, pero aquí nadie se queja. Estamos unidos”, subraya Cobo.
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Un retiro improvisado: rezos, películas, y unión
Entre alarma y alarma, el grupo intenta construir una normalidad necesaria. “Rezamos, cantamos, vemos cine, charlamos… incluso bailamos”, resume el párroco. Además, cada pocas horas organizan reuniones breves para unificar la información que llega del consulado, el turoperador y Viajes Halcón. “Si cada uno mira redes sociales por su cuenta, se alarma”, advierte.
En ese esfuerzo colectivo también influye la profesionalidad del personal del hotel. “No duermen. Están todo el día pendientes de nosotros, con una serenidad que impresiona”, afirma Cobo, que asegura haber felicitado al gerente del establecimiento.
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Sin salir a la calle: la prudencia manda
Aunque Jerusalén no está bajo un confinamiento total, los cuevanos han decidido no salir del hotel. “Aquí estamos a salvo. Afuera, cuando suena la alarma, la gente sabe adónde correr; nosotros no”, explica el sacerdote. La idea de quedar expuestos en plena calle sin saber dónde hay un refugio cercano les parece un riesgo innecesario. “Cuando tienes un sitio seguro, no arriesgas. Estamos donde debemos estar”, resume.
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Un refugio lleno de acentos españoles
Según Cobo el Ambassador es ya un pequeño mosaico de España. A los cuevanos se han sumado grupos de Córdoba, sacerdotes de Murcia.
Por los pasillos circulan también peregrinos de Marbella, visitantes reubicados desde Nazaret y viajeros sorprendidos por el intercambio de misiles cerca del Mar de Galilea. “Algunos vieron los cohetes en el cielo desde el monte de las Bienaventuranzas. Vieron cómo chocaban unos con otros y salieron zumbando hacia Jerusalén”, relata.
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Pese al estrés que implica convivir con sirenas, alertas de móvil y descensos constantes al refugio, el estado emocional del grupo es, según el propio Cobo, “mejor de lo que cualquiera imaginaría”. La clave, dice, está en la unidad del grupo, la rutina compartida y la tranquilidad que transmiten tanto el guía espiritual como el personal del hotel. “Estamos cansados, claro. Esto no es fácil. Pero estamos tranquilos, unidos, con buen ánimo y con la fe muy alta”, señala el sacerdote.
Las pequeñas actividades que realizan entre alarmas —rezos, conversaciones, películas, cánticos improvisados— funcionan como un bálsamo frente a la tensión exterior. La incertidumbre, admite, pesa más que el miedo.