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Afganistán, nosotros y la campaña electoral americana

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Matar a 16 civiles, alguno de ellos niños, en una guerra es algo infrecuente. Es lo que hizo en Afganistán hace dias el sargento estadounidense Robert Bales. La magnitud de la desgracia es un nuevo baldón en el prestigio del ejercito de Estados Unidos y surgen de nuevo multitud de preguntas.


La primera es la de qué le llevó a cometer un acto imputable normalmente a un perturbado, el sargento no había sido inquietado en esos momentos por fuego enemigo, su cólera destructiva acumulada se desencadenaría por algún hecho reciente, ¿ver de cerca como un compañero perdía una pierna al estallar una mina? No parece que pudiera ser la única causa de un veterano de diversos conflictos que había participado en muchas acciones arriesgadas y que en una de ellas fue felicitado por haber salvado la vida de varios civiles iraquíes. La razón podía ser la opuesta.


El sargento Bales había sido desplegado cuatro veces en zonas de guerra, Irak, Afganistán en los últimos años. Es lo que le ha ocurrido a casi una quinta parte de los efectivos estadounidenses en el exterior. En un período relativamente corto de tiempo han estado en tres o más ocasiones en zonas de guerra. Esto, según sus defensores, produciría una tensión desusada que unida a problemas matrimoniales o económicos, no claros porque los emolumentos anuales del sargento eran unos 68,000 dólares que le permitían mantener a su familia, o emocionales por haber sido preterido a la hora de ser promocionado lo habrían desquiciado hasta el punto de entrar en un pueblo afgano y empezar a disparar contra civiles indefensos.


El detonante no está aclarado. Miles de soldados en circunstancias parecidas no cometen actos barbaros como el mencionado.


En todo caso, el luctuoso incidente reabre la polémica sobre en la presencia militar de Estados Unidos y de los aliados en Afganistán. La situación es irritante para Washington. Su aliado afgano, el corrupto presidente Karzai necesita a las tropas yanquis para mantenerse en el poder. Sin embargo, es el primero que fustiga acerbamente la actividad de los militares americanos, no sólo en ocasiones comprensibles como la actual sino en cualquiera que resulte demagógicamente rentable en el país. En Estados Unidos comienza a abrirse camino la tesis de que la situación es insostenible, después de miles de millones de dólares gastados, de muchos años de formación de las tropas locales, el ejercito afgano no parece en condiciones de controlar la situación.


El tema entra , entonces, en la campaña electoral. Los republicanos critican a Obama por haber prometido recortar el presupuesto de Defensa en un 8% aunque Estados Unidos gasta en ese capítulo una cantidad similar a la de los quince países que le siguen.


El Presidente ha logrado eliminar a Osama Bin Laden y su política de perseguir a los terroristas islámicos destacados con ataques con aviones sin piloto parece haber sido hasta ahora fructífera, ha logrado descabezar a Al Queda. Es calificado, sin embargo de paniaguado por los republicanos. El favorito de los republicanos en las encuestas, Romney, afirma que si llega a presidente proseguirá la guerra en Afganistan hasta que los talibanes sean derrotados.


No parece ser lo que los estadounidenses quieren oir . Comienzan a estar hastiados de una contienda que se llevó enormes recursos y cuyo resultado final sigue lamentablemente siendo incierto. Se ha eliminado a Afganistán como centro de reclutamiento del terrorismo islámico pero no se acaba de ver si el país es sostenible después de la salida de los estadounidenses y de los que estamos allí. Los americanos fueron acogidos como salvadores, se acabó la sumisión bochornosa de las mujeres, llegó una cierta libertad al país pero un ejercito de ocupación, aunque cuente con el beneplácito de las autoridades y de una parte de la población, acaba cometiendo excesos que, aunque aislados al ser magnificados por la propaganda adversa, crean un ambiente que se acaba volviendo poco saludable. Es una lección a extraer de Afganistán.

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