El almeriense de Caracas que se salvó de un terremoto por una profecía
Pedro Soler, un inquieto practicante almeriense disconforme con su existencia, emigró a Venezuela en 1956 donde consiguió una vida holgada; pero todo cambió repentinamente

Pedro Soler sosteniendo en brazos a uno de sus hijos durante sus años en Caracas.
Ocurrió hace casi 60 años: Pedro Soler, un indiano almeriense que sumaba una década de vida plácida con su familia en Venezuela, con un buen sueldo y una buena casa en Caracas, hizo de pronto la maleta, se montó en un avión y salió por piernas del Caribe un día d 1967 para regresar para siempre a Almería.
El móvil de esa huída apresurada de la familia Soler no obedecía a una caída de cotización del bolívar ni a la amenaza de una guerra. No. La razón que provocó que Pedro abandonara esa nueva de promisión fue su carácter supersticioso. Llevaba años encandilado con una pitonisa italiana llamada María Marotti que había predicho la muerte del Papa Juan XXIII y el asesinato de Kennedy con la exactitud de un reloj suizo. Y una de esas mañana, Pedro se levantó y mientras tomaba café leyó en la revista Élite que la Marotti había vuelto a lanzar un vaticinio: “En la capital de Venezuela, la gente debe de estar preparada para lo peor, les va a sobrevenir un castigo enorme, los edificios caerán y a muchos de sus hijos se los tragará la tierra”. Eso lo dijo Marotti a un periodista en enero de 1967 y el 29 de julio, cuando ya Pedro y su familia llevaban meses en Almería, ocurrió uno de los mayores terremotos de la historia de Venezuela, un seísmo de intensidad 6,7, casi tan fuerte como el que se acaba de producir en ese mismo país. Del que se salvó ese almeriense provocó 236 muertos y más de 2.000 heridos.
La historia de este Pedro Soler es como la de tantos emigrantes de la provincia que pusieron rumbo a Eldorado americano. Hubo un tiempo -entre los años 50 y 60 sobre todo- en el que Venezuela, tan ajena entonces a lo que ha venido ocurriendo en las últimas fechas, se convirtió para los almerienses en una nuevo Arcadia, como lo había sido antes La Argentina o Norteamérica. El gobierno del general Marcos Pérez Giménez en este país caribeño, lleno de junglas y manglares por urbanizar, nadaba en la abundancia del petróleo e incentivaba la llegada de extranjeros que le ayudaran a colonizar un país inmenso aún a medio hervir.
Pedro Soler era entonces un practicante almeriense que se hinchaba de trabajar poniendo inyecciones de penicilina sin ver mucha recompensa. Era el año 1956 y a los dos días de casarse con Josefa Miras, vendió su vespa en 16.000 pesetas y con ese dinero compró dos pasajes en el buque Auriga para Caracas. En el puerto de Barcelona embarcó el flamante matrimonio, sin ninguna carta de recomendación, a la pura aventura.
Así llegaron con las maletas de cartón a una fonda barata caraqueña y a los dos días, mientras desayunaba, Pedro vio un anuncio en el diario El Universal solicitando a alguien que escribiera a máquina “sin faltas de ortografía”. Así entró a trabajar en la oficina inmobiliaria del magnate de origen puertorriqueño Buenaventura Díaz, redactando contratos de compraventa y cláusulas de hipotecas, ganando un buen sueldo y alquilando una casa en el barrio residencial de Chacao.
Caracas, recordaba Pedro, parecía entonces la Puerta Purchena. “Era raro el día que no te encontrabas por la calle con un Miras, con un Góngora, con un Caparrós”. Había incluso una Casa de Almería donde se reunían los paisanos a preparar alguna paella los domingos, a jugar al dominó o a organizar algunos bailes.
Empezaba a crecer Caracas con nuevos edificios en vertical de once y doce plantas y se puso de moda algo que ahora nos puede parecer muy extraño: buscar picones, que era espiar con binoculares a las mujeres a través de las ventanas abiertas por el calor, como en las escenas de la película de Hitchcock. Así, empezó a ser más que frecuente que cada vecino tuviera unos prismáticos con los que se acechaban mutuamente las familias, como un pecado venial libremente aceptado. Ahí, en ese deporte nacional venezolano, vió negocio el avispado emigrante almeriense: si los binóculos son ya en las casas tan imprescindibles como las cucharas, por qué no venderlos.
Trabó amistad con un japonés -Seihiro Yasahua- a quien le encargó los primeros aparatos que se los quitaron de las manos tras poner un anuncio por palabras en el periódico. Después se fue al consulado nipón y contactó con una fábrica de Tokio donde se los enviaban expresamente por avión. Se hinchó a vender prismáticos el antiguo practicante, casi todos contra rembolso a los 23 estados de la República.
Y después amplió negocio con telescopios, microscopios y cámaras fotográficas. Se convirtió en un hacendado comerciante indiano que lo único que tenía que hacer era, con ayuda de su mujer, cientos de paquetes en la cochera de su casa y enviarlos por correo. “Era algo muy simple, allí la gente no quería trabajar y los extranjeros lo teníamos muy fácil, no había ni una fábrica, solo había petróleo, era un país muy rico”, recuerda Pedro. Cuando Almería apenas acababa de salir del racionamiento, Pedro Soler y su esposa ya mantenían dos coches de aquellos americanos tipo ‘haiga’, salían a comer a restaurantes y mandaban una buena cantidad de dólares a sus padres que regentaban una panadería en la calle La Palma y que pasaban penurias por culpa del fiado tan en boga que nunca cobraban. Todo iba viento en popa para Pedro y su familia, que había aumentado con tres hijos.
Hasta que le entró miedo por un doble motivo; uno, porque una mañana recibieron una desagradable visita del Ejército de Liberación Venezolano quienes les requisó un centenar de aparatos de óptica, le taparon la boca a la mujer que empezó a gritar y les cortaron el teléfono para que no denunciaran; y otro, por aquella adivina italiana quien le amargó el café aquella mañana caraqueña pero que pudo haberle salvado la vida.