La Voz de Almeria

Historias de Almería

Un misionero almeriense con el corazón partido

Hijo del impresor de La Crónica, Federico Salvador espabiló a la vida sirviendo cafés a los señorones del Liceo; dejó a su novia Pepita para hacerse fervoroso trotamundos

Federico Salvador Ramón (Almería, 1864-San Diego (California), 1931).

Federico Salvador Ramón (Almería, 1864-San Diego (California), 1931).

Manuel León
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Un niño de la castiza calle Regocijos, con el molde del tiempo como levadura, terminó por convertirse en uno de los más perseverantes misioneros de la historia de España (desde 1998 hay abierto tribunal para causa de canonización del trotamundos/ sacerdote almeriense Federico Salvador Ramón fundador de la Congregación de Religiosas Esclavas de la Inmaculada Niña-Divina Infantita). Al margen de haber fundado casas -como una Santa Teresa o un San Juan de la Cruz contemporáneo por diez países y tres continentes- Federico fue, ante todo, un almeriense a caballo entre el XIX y el XX con una biografía deliciosa,  trufada de brío y agallas, con alternancias, como es natural, de periodos de euforia y agotamiento.

Nació en 1867 y vivió sus primeros años bajo la irradiación del Sexenio revolucionario. Su padre, Francisco Salvador Alex, era natural de Instinción y encontró acomodo como impresor de La Crónica Meridional, el diario de aquel voluntarioso director llamado Francisco Rueda López. Allí, en la redacción e imprenta del matutino almeriense, en la calle Padre Santaella, santuario hoy de bingueros y apostadores, aprendió a dar sus primeros pasos Federico, observando al autor de sus días cómo componía los tipos fijos del abecedario en una atmósfera de olor a plomo y a resmas de papel. También aprendió la virtud del trabajo ayudando a su padre como camarero de la cafetería del Liceo -actual Centro Andaluz de la Fotografía- donde servía con diligencia a los señorones de la época con levita y chistera, fumadores de puros que le apremiarían para atender las mesas.

Eran tiempos de epidemias como la del cólera morbo de la que se libró in extremis para después colocarse como aprendiz de dependiente en una quincallería en la calle Las Tiendas donde entró de interno -antes era muy común- sufriendo escasez de alimentos, relata su reseñador Manuel Jaramillo, además de malos tratos del patrón. Su padre lo sacó de allí al verle la cara amoratada por las bofetadas del amo, cuando estaba a punto de convertirse en un personaje de Dickens.

Estudió en el Colegio Politécnico de Navarro Darax, en la Plaza Flores, y después ingresó en el Instituto de Bachillerato obteniendo notas de sobresaliente. Su vocación despertaba al sacerdocio dejando plantada a una novia. Entró en el Seminario de San Indalecio y estudió Leyes y Teología y en 1890 fue ordenado sacerdote en la capilla del Palacio Episcopal por el obispo Santos Zárate.

Una de las experiencias que más huella dejaron a Federico fue la de ser capellán de las monjas de Las Puras. Aposentado en la habitación de la portería del convento, vivió con gran austeridad y con una profunda devoción a la Inmaculada Concepción. Allí descubrió, como cuando Pablo se cayó del caballo, la Esclavitud a la Voluntad Divina de María y se convirtió en un caballero andante de la palabra de Dios. Obtuvo la canonjía de la Diócesis de Guadix a la que renunció y fue enviado al Colegio Español en Roma desde donde partió para hacer su particular apostolado de ‘Esclavo de la Virgen’: marchó a México donde fundo diez casas de la Divina Infantita junto a otras en Venezuela, Brasil, Argentina, Costa Rica y Nicaragua, 52 en total. Regresó a España y siguió abriendo casas en el pueblo de su padre, Instinción, donde hoy tiene una plaza a su nombre, Vélez-Rubio, Dalías y Cantoria, donde comenzó a escribir lar primeras constituciones de La Esclavas.

Cuando llegó a México, fundó la Hermandad de los Sacerdotes Operarios, convirtiéndose en un antecedente de aquellos curas obreros que afloraron muchas décadas después en la España de la Transición.

Fue Federico un robusto peón de la Iglesia de Almería que tuvo algunos encontronazos con el obispo Vicente Casanova que siempre le reprochó que no estuviera más a su lado en vez de en Ultramar. Recorrió durante años con cantimplora y báculo el estado azteca de Guerrero, pueblo a pueblo, y junto a la religiosa Rosario Arrevilleva creó la congregación mariana de la Divina Infantita. Al volver fue cura en Alhama y Dalías y consiguió que el papa reconociera por fin la Orden. Su Orden, a la que consagró su vida el hijo del impresor de La Crónica. Fundó también congregaciones en Melilla y Nador con templos de nueva construcción, y un pensionado en Madrid para muchachos y muchachas cristianos.

Al regresar a Almería en 1910, se hizo cargo del periódico católico La Independencia firmando escritos de moral, religión y literarios con pseudónimos como Desiderio, Florentino, Nehemías, Infimo, Mirasol o Un Esclavo. Fue además de prolífico escritor y periodista de prosa amena, un brillante orador, un religioso de mochila, sin casa propia, lleno de matices y defensor del mestizaje en tiempos hostiles a esa tendencia.

Cuando ya había cumplido los 63 años, con la salud deteriorada, se embarcó en un nuevo viaje a México y de allí a San Diego (California) a abrir un nuevo edificio dedicado a su congregación de Esclavos. En la época lo definieron como un misionero incansable en el trabajo, a pesar de sus problemas de cólicos nefríticos que le atormentaron en sus últimos años; fue ardoroso y tenaz en sus empresas apostólicas hasta lograr enraizar una Orden que él ungió y que sigue presente en la actualidad en tres continentes; renunció, el niño de la calle Regocijos, a su tranquilidad, a su propia vida, puesto que hacía años que su enfermedad minaba su existencia, pero no aminoraba su celo y su actividad de fervoroso Willy Fog.

Cuando falleció en 1931 en San Diego, por toda familia en Almería le quedaba el comerciante y teniente de Alcalde, Juan Salvador Zea. Allí, en el enorme país azteca están enterrados los restos de este obsesivo almeriense, de este bienhechor internacional, que está en camino de ser Santo. Sus huesos reposan en la Catedral de México DF. aunque su corazón urcitano le fue arrancado como reliquia y depositado en el camarín de la Divida Infantita donde aún sigue para quien quiera ir a venerarlo.

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