La Voz de Almeria

Historias de Almería

La historia de Merceditas, la única persona nacida en la isla de Alborán

Se llamaba Mercedes Martínez Marín y vino al mundo en 1907 en el faro del islote; Fue la única almeriense que pudo presumir de ser auténticamente alboraní

Faro y casa del atolón de Alborán fechada en 1928 con tres torreros al fondo; a la derecha Mercedes Martínez, gentileza de Marío Sanz.

Faro y casa del atolón de Alborán fechada en 1928 con tres torreros al fondo; a la derecha Mercedes Martínez, gentileza de Marío Sanz.

Manuel León
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Alborán tiene forman de caballito de mar tostándose al sol mediterráneo, estirado en medio del gran azul; como una Alcatraz a la almeriense pero sin presos como Papillón, ni locos como Louis Degá; Alborán, además de un islote, es un marquesado (el cantante Pablo Alborán es bisnieto del que fue I Marqués de la isla de Alborán, Francisco Moreno, título otorgado por Franco en 1950) cuajado de mitos y leyendas en las que se traslucen atisbos de una supuesta comunidad de monjes coptos llegados de Grecia que allí construyeron un monasterio del que nunca han asomado restos o de una supuesta tumba de un pirata berberisco cuya alma vaga aún por el atolón. Más allá de supersticiones, Alborán es hoy una pequeña ínsula deshabitada, rodeada de uno de los más generosos caladeros de pescado y marisco del Mediterráneo donde flotan en armonía submarina la gamba roja con su hermana de leche que es la cigala y con otras especies que levantan pasiones en la cocina como la brótola, la gallineta o el mero.

Alborán, que podría deber su nombre al pirata tunecino Al-Borany, fue escenario de batallas navales de cierto pedigrí entre la escuadra capitaneada por Bernardino de Mendoza y una flota de corsarios berberiscos en el apogeo militar del siglo XVI. Por su valor estratégico, Francia intentó apoderarse del islote en el siglo XVII, adscrito desde 1884 al distrito de Pescadería de la capital. Por allí pasó también el célebre geógrafo Pascual Madoz en 1845 haciendo una descripción de su inculto territorio “donde no crece ni un arbusto entre tanta maleza”. Los verdaderos oriundos de esa isla seca, además de las focas monje desaparecidas y los cormoranes, fueron las sucesivas familias de torreros. El primero fue Celestino Gil y desde que se construyó el faro y la casa en 1876, la han habitado, la han sufrido y la han disfrutado decenas de faristas. Y si hay que ir más lejos, solo ha habido, que se sepa, una auténtica alboraní de cuna en este mundo, solo hay una persona que naciera en ese islote inhóspito a medio camino entre Europa y Africa.

Se llamaba Mercedes Martínez Marín, hija de la luna como la llamaron, e hija del farero Miguel Martínez Ruiz y de Trinidad Marín Amat, hermana del famoso oculista de la época Manuel Marín Amat. Vino al mundo en la cama isleña de sus padres, junto al rumor de las olas, en 1907 y allí se crio durante su niñez, entre gallinas y algunos conejos que servían de sustento en el patio de la casita del faro, donde vivían, en total, cuatro familias de torreros en aquella época lejana, en la que se turnaban para tener siempre encendida la mecha de petróleo y parafina. Antes que Miguel, mantuvieron el faro Laureano López que falleció allí de un desgraciado accidente y Leonardo Martínez Rodríguez. Junto a Miguel, el padre de Mercedes, prestaban servicio en la torre de Alborán, Leopoldo Pla, Atonio Bonachera, Vicente Pomares y años después Eustaquio Gandolfo. Vivían esas familias periféricas pendientes siempre del vapor catalán Tintoré, que les llevaba suministros de víveres y de otros útiles una vez por semana: combustible, agua potable, ropas, medicinas y alimentos. Hacían frente a ese desolado paraje, a esa monótona llanura azul festoneada de velas y arboladuras en lontananza, haciendo las labores de la casa y por las tardes saliendo a la puerta a mirar cómo rompían las olas contra las rocas. Mercedes, tostada por el sol, sana como una manzana, solía ir a la orilla a coger lapas y caracoles que por allí abundaban y por las tardes estudiaba aritmética y gramática con ayuda del torrero más versado. Las tardes de los domingos sacaban una guitarra que colgaba de una guita en el patio y cantaban canciones antiguas y coplas populares. Hay fotos suyas vestida de charlestón en alguna fiesta de carnaval. En esa época aún existía el servicio de palomas mensajeras entre Aborán, Melilla y Almería. Un excéntrico ingeniero, Francisco Govantes, presentó extravagantes proyectos para hacer en la isla una carbonería, una fábrica de salazones y hasta un tranvía aéreo. También se habló de aprovechar el guano de las aves para pienso y el esmeril , un mineral que servía para dar brillo. La niña Mercedes se quedó pronto huérfana de madre, con siete años apenas, y fue criada por su padre que permaneció como farero en Alborán durante más de 30 años. En 1937, comenzada la Guerra, fue evacuado y enviado al faro de Garrucha junto a su hija, sustituyendo al farero Cristóbal Fernández. Tras la contienda fue depurado y se mantuvo en ese destino de la señal lumínica garruchera hasta 1942 que se jubiló y fue sustituido por Simón Fuentes. A partir de ahí se pierde la pista del padre y de la hija, la hija de la luna, la única hija parida junto a los arrecifes de coral rojo de la volcánica Alborán.

La isla quedó sin farero en 1964, tras la salida de uno de los últimos técnicos, Antonio Gandolfo Castell. Hoy solo la pisan las gaviotas y un destacamento de la Armada. El faro es propiedad del Puerto de Málaga, aunque el mantenimiento lo realiza por convenio hasta 2033 el Puerto de Almería. Allí solo quedan ahora como reliquias mucha piedra alboranita, un pequeño fondeadero, un helipuerto, un faro automático con la casa donde nació Mercedes y un cementerio con tres tumbas: la de la esposa y la suegra de un farero y otra sin nombre donde podría estar el cuerpo de un aviador alemán que fue encontrado muerto en la orilla durante la II Guerra Mundial. 

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