El último centinela de Mesa Roldán
Mario Sanz Cruz se jubiló ayer, hoy ya es un pensionista más: el último farero de la provincia

Mario Sanz Cruz se ha jubilado pero seguirá abriendo su museo dedicado a los faros en Carboneras.
Llegó Mario a la Mesa Roldán en 1992 con el pelo negro como el vientre de un miura; ahora se va con madejas blancas como la leche palideciendo sus sienes y toda una vida detrás, la de este farero madrileño como centinela perpetuo de esa montaña mágica, como el celoso guardián de un promontorio agazapado sobre la playa de Los Muerto que nadie conoce mejor que él; llegó Mario a Carboneras cuando tenía la edad de Cristo, con su mujer Amalia y su perro Tristán. Venía a tomar posesión de esa linterna incandescente, guía durante décadas de arraeces y marineros, sustituyendo al que hasta entonces había sido su acechador, Antonio Cea Gandolfo; venía del Madrid vallecano de regentar un bar de copas tras haberse sacado el título de magisterio sin vocación para ejercer. Y cambió el asfalto y el ajetreo por la roca volcánica y una casita abalconada sobre el horizonte mediterráneo donde antes que él vivieron y convivieron decenas de familias de torreros y faristas desde 1863, año en el que la reina isabelina decretó su construcción para ser luz del gremio de mareantes.
Desde allí, ha dispuesto Mario durante tres décadas de la oficina con mejores vistas del mundo donde se puede intuir la curvatura del planeta, conviviendo con los puntos cardinales y la rosa de los vientos, en ese faro legendario que emite destellos cada veinte segundo y que comenzó ungiéndose de aceite de oliva, parafina, petróleo para terminar funcionando con electricidad desde los años 70. El peor enemigo de un faro, indica Mario, son los rayos en las noches de tormenta capaces de romper cristales y hacer trizas la óptica.
El de Mesa Roldán es el faro habitado más alto del Mediterráneo, a 220 metros sobre el nivel del mar, como un cíclope brillando y sobrevolando el pueblo de marrajeros por el que vela. Fue Eustasio Page su primero farero y Mario, que hoy precisamente cuelga la linterna y entrega las armas para jubilarse, ha sido el postrero; el último farista de la provincia -Armando Martínez, el del Cabo de Gata, lleva un tiempo de baja y no piensa reincorporarse- y casi el último de Andalucía: solo aguantan los de Chipiona y Estepona.
En Almería sobreviven diez faros sin fareros, un cuerpo que ha quedado extinguido por completo con Mario. Ahora el mantenimiento lo hacen empresas subcontratadas por la Autoridad Portuaria con personal especializado. Ya no hay un vigía permanente como antaño en ninguno de ellos: Adra, Punta de Baños, Sabinal, San Telmo, Almería, Alborán, Cabo de Gata, La Polacra y Mojácar (antes Garrucha y antes aún Villaricos).
Mario se presentó a las oposiciones de farista porque su mujer quería vivir cerca del mar y con esa profesión la garantía era plena. Ahora asegura, convertido ya en pensionista, que “de volver a Madrid, ni loco, seguiremos en Carboneras”.
Ahora cuidará de su caudaloso museo dedicado a los faros, otra de la cualidades que hacer singular a Mesa Roldán. Por allí han pasado miles de curiosos, cientos de colegios e institutos en los 15 años que lleva abierto, alimentándose de nuevas aportaciones, de nuevas vitrinas, de nuevos ajuares con un sinfín de objetos únicos, de bagatelas enigmáticas algunas, como si Mario se hubiera convertido en un Diógenes de todo tipo de artefactos relacionados con el noble oficio de farero.
Uno ingresa en la casona y se da de bruces con todo tipo de legajos y cartapacios que contienen proyectos de faros nonatos de toda España que no llegaron a realizarse; hay máquinas de escribir antediluvianas, cuadernos y diarios de los torreros antiguos, de antes incluso de que hubiera faro, cuando un tal Belmonte alumbraba la montaña con hogueras de carbón para orientar la navegación marítima de la época; hay un telégrafo morse y una radio de la segunda Guerra Mundial; y se observan en las lejas lámparas incandescentes fuera de inventario y una colección de faros en miniatura y mapas y planos antiguos de cuando esta costa era un hervidero de corsarios; y decenas de retratos de fareros antiguos de la provincia colgados en la pared con una alcayata; y tampones, plumas estilográficas, relojes, manómetros, tinteros, telegramas pidiendo auxilio, sellos de caucho, balizas, linternas, farolillos y una barquita en miniatura llamada ‘El farista”. Y en otras salas de la estancia festoneadas de cachivaches ha dispuesto Mario dibujos infantiles de los faros, maquetas de faros históricos como el de Alcatraz, botellas de coñac con el poso del tiempo flotando en el vidrio, platos enmarcados y la reproducción de un décimo de Lotería Nacional con la imagen del faro de Carboneras.
A la óptica de la atalaya de Mesa Roldán se accede por una escalera de caracol. Es una iluminación que se estrenó en 1986 en automático con cuatro focos que rompen las tinieblas de la noche. Los faros tienen cada uno un lenguaje propio de luces y destellos y cada uno tiene su tiempo. Ha habido excursiones de avistadores de ovnis que han querido utilizar el faro de Mesa Roldán sin lograr consentimiento. Desde la parte más alta se avista a escasos metros la torre vigía que se construyó en el siglo XVIII para vigilar a los piratas berberiscos y después pasó al Cuerpo de Carabineros y a la Guardia Civil y ahora yace abandonado.
La casa del faro tiene un aljibe propio y desde allí se avistan también los antiguos caminos muleros por donde las recuas llevaban las garrafas de aceite, la harina y los alimentos a las familias de fareros.
En aquel tiempo, está recogido en los diarios, había dos faristas, uno principal y un suplente y la convivencia a veces no era la deseada: en una ocasión hubo hasta tiros entre dos fareros, en otros casos se casaban las hijas de uno con los hijo del otro. Todo se recogía en el diario del farero, una especie de cuaderno de bitácora del faro. Todo eso lo h estudiado Mario, el vallecano que llegó y se enamoró de la luz de Carboneras, de la desnudez de su costa, con Cala Castillo y Cala Sorbas a sus pies.
No volverá Mario a la tierra en la que nació; se quedará cuidando y aumentando ese pequeño museo que ha ido diseñando y enriqueciendo con la paciencia de un artesano. Acaba de comenzar una nueva vida Mario Sanz Cruz, aunque el alma indómita de un farero como él no se jubila jamás.