La Voz de Almeria

Almería

El delantero que engañaba a su sombra

Juan Rojas se jugaba la gloria en cada regate: o todo, o nada, como lo hacíamos de niños en el barrio

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Tenía la estatura de los genios, los centímetros suficientes para hablarle al  oido al balón sin que lo escuchara el defensa. Juan Rojas llevaba un niño incorporado, aquel niño de la Plaza de Béjar que se jugaba la gloria en cada regate, cuando el fútbol era una cuestión de honor que se ejecutaba al filo de un alambre: o todo, o nada. Nunca fue un futbolista de aprobados. Rojas era un provocador de emociones, un inconformista que siempre buscaba el regate perfecto, un iconoclasta del quiebro y del engaño que de tanto inventar nuevos caminos llegaba a mentir a su propia sombra: giraba el cuerpo hacia la izquierda, miraba a los ojos al contrario y se marchaba por la derecha, tan pegado a la línea de cal que tenía que correr de puntillas para no salirse del reglamento. 

Rojas entendía el fútbol como un duelo constante consigo mismo sin importarle lo mucho que arriesgaba. Después de una jugada perfecta volvía a intentarlo sin detenerse a pensar que ya lo había inventado todo aquella tarde y que hubiera sido más fácil coger el atajo más cercano y salir del campo como un héroe. 

Juan Rojas se iba en una baldosa con la soltura de un gato y si el contrario le ponía delante una barrera que parecía inexpugnable, entonces metía la cadera, ponía los cuádriceps a trabajar y se marchaba buscando la línea de fondo. Quizá fue uno de los últimos extremos puros que desarrollaban la partitura hasta el final: el quiebro, la carrera, la mirada alta y el centro perfecto para hacer internacional al nueve que le tocara jugar aquella tarde. Rojas hizo más grandes a arietes como Juan Goros, Gregorio Mollejo, Clemente Rolón o Antonio Belmonte, cuando los extremos interpretaban el fútbol hacia adelante, cuando aún no se habían puesto de moda los carrileros. Después llegó Maguregui pidiéndole que bajara a defender, que corriera también sin balón, que fuera uno más, sin comprender que Rojas era un genio.

De su trayectoria él siempre contaba con orgullo sus inicios en el equipo del San Quintín cuando era un niño; su paso por el juvenil del Baleares y después por el Plus Ultra; la experiencia del Banesto, aquel equipo de empresa que mostró su categoría por toda España, y lo mucho que maduró en el Calvo Sotelo de Puerto Llano, en una época en la que los jóvenes talentos de la tierra tenían que buscar otros horizontes fuera porque aquí nos habíamos quedado sin un equipo representativo.

A comienzos de los años setenta, cuando el fútbol almeriense se reorganizó creando la A.D. Almería, Rojas se convirtió en uno de los pilares y en un caso único en el fútbol nacional, ya que fue escalando peldaños en el mismo equipo desde la categoría de Regional Preferente hasta la Primera División. 

Para muchos niños de aquel tiempo, Rojas era el único mito al que podíamos rozar a diario cuando a los futbolistas de élite sólo los podíamos ver por la tele en blanco y negro y en las estampas que coleccionábamos en cada septiembre. Algunos íbamos al estadio buscando una de las jugadas de Juan Rojas, uno de aquellos regates que nos recordaban que el fútbol, como todas las pasiones, se hacen eternas en un instante. Nadie como él sabía levantar al público de sus asientos. Cuando recibía el balón, amagaba el cuerpo y empezaba a bailar delante del defensa, la grada se levantaba como un resorte intuyendo que algo importante iba a ocurrir. Si se marchaba, si conseguía el regate, se festejaba como un gol, y si todo quedaba en nada volvíamos a sentarnos sabiendo que lo volvería a intentar. Tenía también la habilidad de transformarse en delantero centro y de sacar a relucir un potente salto y un certero remate de cabeza que le dieron muchos goles a lo largo de su carrera. 

Juan Rojas fue la ilusión de cada domingo para muchos de nosotros, para los que nos quedábamos tranquilos cuando escuchábamos anunciar su nombre por los altavoces en los prolegómenos del partido, para los que jugábamos a ser Rojas en los arrabales desnudos de la Rambla.


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