El resurgir del fútbol tras la guerra
En los pueblos fue el Frente de Juventudes el que se encargó de organizar los primeros equipos en los años de la posguerra

En Tabernas llegaron a coincidir tres equipos a lo largo de los años cuarenta: El Tabernas, que aparece en la foto, liderado por el recordado Bernabé Navarro, competía con el Aviación y con el Europa.
El juego de la posguerra almeriense fue el fútbol, los retos entre calles y entre barrios, los desafíos entre los pueblos cercanos. Se jugaba a todas horas y en cualquier parte. En la capital se jugaba a menudo en la playa, en el campo que había quedado libre cuando se derribo la vieja fábrica del gas, en los terrenos de Naveros junto al balneario de San Miguel y en un lugar que llamaban el campo de Los Arcos, bajo el puente de piedra que iba desde la estación del tren al cable de mineral francés.
Jugar en un equipo organizado significaba mucho entonces. Para la mayoría fue la primera oportunidad de tener una camiseta con un escudo en el pecho. Significaba jugar con un pantalón de deporte y tener la sensación de que realmente formaban un equipo. Algunos tuvieron también sus primeras botas, aunque muchos siguieron jugando con las sandalias de goma que durante décadas fueron el calzado universal de los pobres.
En la provincia el fútbol resurgió como una flor en medio del desierto. Entre los rencores y los miedos que había dejado la guerra, el balón vino a poner un poco de esperanza en aquellos jóvenes que con una pelota en los pies peleaban por los triunfos que les negaba la vida. Ese renacer del fútbol vino de la mano del Frente de Juventudes, que fue el encargado de organizar los equipos y los torneos en la provincia. Es difícil encontrar un pueblo de Almería que no tuviera su equipo del Frente de Juventudes. En Berja, villa donde este deporte tenía un gran arraigo desde antiguo debido al contacto de los parraleros de la comarca con los marineros ingleses que venían a por la uva, llegaron a convivir dos equipos en los años cuarenta: el C.D. Comercio y el C.D. León, que disputaban sus partidos en el campo del Frente de Juventudes. La institución falangista tenía tanta fuerza que su delegado en la comarca, el señor Soto, era el encargado de arbitrar todos los partidos de la zona.
En Carboneras los marineros también se entusiasmaban con el fútbol. Era tanta la afición que tuvieron dos equipos: el C.D. La Marina y el C.D. Andaluz, que se pasaban los domingos viajando por todos los pueblos de la comarca que les pedían un desafío. Era habitual, en aquel tiempo, que los retos se organizaran a través de los cuartelillos de la Guardia Civil. El capitán del equipo de Vera, por poner un ejemplo, se dirigía al cuartel de su pueblo a pedirle a los guardias que estaban allí destinados que se pusieran en comunicación con la benemérita de Carboneras para organizar un partido.
Las centurias de Falange, que eran las que tenían más medios, por las ayudas oficiales que recibían, se encargaban de formar equipos en todo el territorio provincial. La centuria Pavía de Vélez Rubio, la centuria Lepanto de María y la centuria Pedro Fajardo de Vélez Blanco, llegaron a organizar excelentes equipos, con sus indumentarias reglamentarias, botas incluidas, y sus buenos balones de cuero.
En Tabernas hubo tres equipos en la misma década: el que llevaba el nombre del pueblo, el Aviación y el Europa. Solía ocurrir que los jugadores más destacados vestían la camiseta de los tres equipos cuando había que disputar un desafío de altos vueltos en un partido de máxima rivalidad. En aquellos años destacaba ya la figura de Bernabé Navarro, que se consagró como uno de los grandes porteros de la posguerra y un avispado organizador de torneos. Con la bicicleta que tenía en su casa, se iba hasta Sorbas, Pechina, Benahadux, Gádor y Rioja, para concertar duelos con los pueblos rivales.
Entre aquellos primeros equipos que contribuyeron a la resurrección del fútbol tras la guerra, destacó también el Atlético Lucainena de las Torres, que no faltaba a ninguna de las fiestas de los pueblos de la comarca. En Pechina destacaba el Olímpico y en Huércal el once del Victoria, que desafiaba a los mejores equipos de la capital en aquellos grandes enfrentamientos que se disputaban en el campo de la balsa del Canario.