La Voz de Almeria

Almería

Ocho días y ocho noches que igualan a un venezolano con un mojaquero

La historia de supervivencia de Hernán en Caracas y de David en Mojácar, quien salió con vida tras ocho días encerrado en un pozo en el paraje de La Alcantarilla

Hernán, recién rescatado con vida en el terremoto de Venezuela.

Hernán, recién rescatado con vida en el terremoto de Venezuela.

Manuel León
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¡Un milagro!: el hombre salió en una camilla -lo vimos en el Telediario- en una camilla, con oxígeno y mantas; salió Hernán, el vigilante del párking de Caracas como un icono de la supervivencia tras ocho días sepultado bajo los escombros del seísmo venezolano. Ni una uña rota, dicen los que presenciaron la evacuación, solo debilitamiento: ¡un milagro!

Hernán sobrevivió durante ocho días bajo una montaña de polvo y cascotes porque la garita de vigilancia del edificio donde le pilló el terremoto hizo de sarcófago egipcio, donde ha permanecido durante más de una semana, aunque al quinto día fue localizado y consiguieron hacerle llegar una manguera con agua para que se hidratara. Qué pensaría Hernán durante tantas horas en ese habitáculo, sin luz, sin alimento, sin poder hacer siquiera crucigramas; qué pensaría sin saber lo que vendría después, la alegría de la liberación; pensaría, quizá, que mejor hubiera sido morir de golpe bajo un derrumbe de hormigón. Pero su destino ha sido el de volver a nacer, el de seguir vivo, como el náufrago solitario de un galeón encallado en El Caribe que es vomitado con vida a alguna playa de arena blanca. En un tragedia de tal magnitud, que se ha cobrado ya 3.300 víctimas mortales, Hernán es una emocionante rareza que ha llegado de alegría momentánea las calles de La Guaira, aunque ha sido como una raya en el agua ante un promontorio de luto y dolor. Las imágenes de su historia de resistencia ha sido televisada en los cinco continentes. 

Sin embargo, a miles de kilómetros de Caracas, en un pequeño pero universal pueblo almeriense también hubo un héroe que, por un motivo mu distinto, penó durante ocho días y ocho noches bajo tierra, sin agua y sin comida, sin luz y sin taquígrafos. Fue un mojaquero de 30 años entonces llamado David López Segura, quien atravesó hace justo ahora veinte años por un drama similar que duró exactamente lo mismo: ocho día, casi 200 horas inmovilizado en un pozo, en un agujero negro de 15 metros de altura por el que era imposible escalar. Qué pasaría también por la cabeza de David, como por la de Hernán, durante tantas horas de soledad, de martirio mudo y de incertidumbre; qué pasaría por la mente de una persona que no puede comer ni beber, con la pierna purulenta, y haciéndose sus necesidades en el pantalón. Oyendo posiblemente el sonido de cucarachas o de culebras pasar por su lado

Si el sufrimiento tiene cara debió estar esos días en los ojos huidizos de David, un Ecce Homo del siglo XXI. El zulo del secuestrado Ortega Lara debió ser un hotel de cinco estrellas comparado con el pozo en el que David permaneció con vida y salud mental durante más de una semana. Salió la madrugada de la víspera del día de la Vieja a reunirse con sus amigos en la Alcantarilla, una cortijada cercana a Mojácar sembrada de frutales. Conocía el camino como la palma de su mano, pero una lumbrera oculta por una higuera y por matas le jugó una mala pasada.

Resbaló y fue dándose golpes hasta caer al fondo de la sima. David estuvo toda la noche oyendo los timbales y las voces a 500 metros de sus amigos, sin que ellos se percataran de su presencia. Con la pierna estirada permaneció ocho días con sus noches, con plena conciencia del paso de tiempo, mientras las fuerzas de seguridad, sus amigos, familiares y hasta un helicóptero de sulfatar lo buscaron por toda la sierra Cabrera. 

Hasta que un viejo agricultor llamó la atención a su hijo, policía local, de que en La Alcantarilla había muchos pozos ocultos. Volvieron a las inmediaciones y bajo un ramillete de hierba oyeron una débil voz que gritaba socorro: era el desaparecido. Los bomberos de Turre lo sacaron con unos arneses, mientras David gritaba ¡dadme agua!. Aseguraban testigos presenciales que se encontraba consciente, con la piel hundida y la mirada huidiza. Pero vivo al fin y al cabo. Cuentan que pidió también naranjas, habas y un cartón de vino. Al llegar al hospital pidió un bocadillo de jamón, pero la procesión iba por dentro: sufría de insuficiencia renal y los órganos no le respondían, con luxaciones en todo el cuerpo. Le tuvieron que intervenir para amputarle un pie y precisó de ventilación mecánica con pronóstico muy grave.

David estuvo amarrado a una cama, con la pierna como los piratas y los riñones maltrechos. No era ya el mismo que cuando salió  ocho días antes con toda la ilusión del mundo a partir la Vieja, a tocar la guitarra y los timbales en el llano de La Alcantarilla. No era ya el mismo David, pero ha seguido siendo un hombre: un hombre vivo. En la historia de la humanidad, pocas personas habrán sufrido lo que él. Uno se lo imagina de día y de noche y de madrugada tirado sobre la caliza del pozo, con la pierna estirada, pensando en sus seres queridos. Contando las horas y los minutos, contando los días. Primero oyendo las risas lejanas de sus amigos Miguel Angel, Sebastián, Gabriel, Cristina y Víctor, bebiendo calimocho y preparando la barbacoa de la Vieja. Y después, el planear del helicóptero pasando sobre su cabeza sin encontrarlo. 

Y cada minuto que pasaba en la oscuridad, oyendo roedores, muerto de asco y de miedo, aferrándose tercamente a la vida. Y se acordaba de sus buenos tiempos en Viator, con el cornetín y con los brazos arremangados. Y de los buenos jornales que echaba en Menorca como camarero o en el Rincón de Embrujo donde servía las cañas con su justa espuma. 

Y pensaba que un nieto de Ramón el Pelao, el viejo municipal de Mojácar, no podía rendirse. Y por eso, en medio de esa desolación, de esa falta de todo, de aire y de vida, seguía contando las horas para no volverse loco y cogía puñados de tierra para entretenerse. Veía de lejos la luz del sol y las matas que hacían de sombrero mexicano y que eran su verdadera tumba porque amortiguaban sus gritos desesperados. Hasta que dejaba de gritar y de vez en cuando se desmayaba, pero volvía a la realidad. 

Pensaba que nunca más volverías a tocar la guitarra ni a hacer senderismo; y durante horas caía en la depresión, primero con lágrimas, después de unos días se sacaron, ya no le quedaban más. Pensaba, que él estabas allí en el fondo del agujero de un pozo olvidado, mientras los majestuosos naranjos de La Alcantarilla seguían madurando. Y pensaba en tu abuela enferma, por la que había retrasado su vuelta a las Baleares y en lo mucho que debería estar sufriendo su madre Juana la chilandra. Siguió vivo, David, anclado a una cama un tiempo, pero vivo. Si no lo mataron ocho días de calvario sin una gota de agua, ya no lo mata nada. 

 David pudo contarlo, como Hernán ahora. Un caraqueño y un mojaquero unidos por una cuerda invisible de resistencia humana ante la oscuridad, el silencio y la adversidad. 

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