La Voz de Almeria

Almería

El regreso del invierno muchos años después golpea con dureza a la hostelería

Ha sido un mes difícil para los bares que no han podido trabajar con las terrazas

Los bares que viven principalmente de sus terrazas han sido los más perjudicados.

Los bares que viven principalmente de sus terrazas han sido los más perjudicados.Eduardo D. Vicente

Eduardo de Vicente
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No hay una ciudad en el mundo donde se le tema tanto a lo que aquí llamamos “el mal tiempo”. En Almería caen cuatro gotas y media ciudad se queda paralizada. El miedo a la lluvia es un sentimiento natural de los almerienses, que a lo largo de la historia han tenido que sufrir los arrebatos de las ramblas con tanta frecuencia. Las riadas formaron parte de la vida cotidiana de la gente y alguna de ellas, como la del once de septiembre de 1891, quedó grabada para siempre en la memoria de la ciudad. Quizá por eso la mayoría de los almerienses le temen tanto a la lluvia, especialmente los comerciantes, que siguen sufriendo las consecuencias de los temporales, como ha ocurrido en estas últimas semanas de inclemencias meteorológicas, que han dejado desiertos los negocios del centro como si hubiera ocurrido una catástrofe.

Hemos vivido un mes complicado porque no estábamos preparados para que regresara el invierno de verdad. Llevábamos veinte años atrapados en un falso invierno disfrazado de otoño suave que nos ha ido dejando secos los manantiales y nos había hecho creer que con el fenómeno del cambio climático ya no íbamos a tener jamás un invierno con todos sus condimentos. Este comienzo de año el tiempo ha echado marcha atrás y hemos vuelto a vivir un invierno parecido a los de hace medio siglo cuando los temporales de viento formaban parte de la rutina de la ciudad y nadie se echaba las manos a la cabeza cuando el poniente alcanzaba los noventa kilómetros por hora. Ahí están las fotografías de aquellas tempestades que se tragaban en un abrir y cerrar los ojos toda la playa del Zapillo y obligaba a la flota pesquera a amarrar los barcos durante semanas.

El famoso vendedor de lotería Carrete de Almería refugiado en la puerta de un bar.

El famoso vendedor de lotería Carrete de Almería refugiado en la puerta de un bar.Eduardo D. Vicente

Este regreso inesperado del invierno ha cogido por sorpresa a los almerienses que presumían de vivir en una eterna primavera y ha golpeado con dureza a un sector de la hostelería, sobre todo a los bares que viven principalmente de las terrazas de la calle. El primer golpe llegó en Navidad con las primeras lluvias y especialmente el día cinco de enero, una fecha que por tradición está marcada en rojo por los comercios por ser vísperas de Reyes. El pasado cinco de enero fue un día lluvioso que dejó la calles medio desiertas a primeras horas de la noche cuando tradicionalmente era el momento de más agitación comercial. Los bares vieron truncado el negocio en una noche que en los últimos años había sido de terrazas a rebosar y recaudaciones importantes.

Las sucesivas borrascas que han ido pasando a lo largo de las últimas semanas han seguido castigando la hostelería de tal forma que algunos propietarios han optado por no abrir y darle descanso al personal. Esta última semana, en la que además de la lluvia han aparecido los vientos huracanados, la zona conocida como la ‘milla de oro de la tapa’ parecía tan desierta como en los días de la epidemia. Bares como Casa Puga, donde hay que llegar antes de que abran para coger sitio en la barra, estaban prácticamente vacíos con el equipo de camareros trabajando para los pocos parroquianos que se atrevían a desafiar las inclemencias meteorológicas. Los negocios de la calle Jovellanos que basan su éxito mayoritariamente en sus terrazas, apenas han podido trabajar en un mes fatídico.

El mal tiempo ha golpeado también al comercio tradicional. Muchos establecimientos del centro han optado por cerrar por las tardes viendo que la gente decidía quedarse en sus casas. Hasta el vendedor de lotería más famoso de la ciudad, el mítico Carrete de Almería, se ha visto obligado a recoger el puesto y marcharse a su casa.

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