La Voz de Almeria

Almería

Cena con desconocidos en Almería: así nos infiltramos en una noche en la que nadie sabía quién era el otro

La Voz de Almería se adentra en una cena improvisada entre desconocidos donde nada es lo que parece durante una noche por el centro almeriense

Fotografía real de la cena de desconocidos en la que se infiltró LA VOZ.

Fotografía real de la cena de desconocidos en la que se infiltró LA VOZ.Elena Ortuño

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Para esta crónica, las voces de dos periodistas de este periódico se han fundido en una sola mirada narrativa, al servicio de una lectura más clara, coherente y cercana al lector.

La idea no surgió en una noche de valentía repentina, sino en una redacción. A raíz de un reportaje apareció el concepto: cenas sorpresa entre desconocidos, organizadas por una empresa llamada Dinner Club Almería. La conversación se animó enseguida. ¿Qué tipo de personas se apuntan a algo así? ¿Es divertido o una tortura social con mantel? ¿Qué empuja a alguien a sentarse a cenar con gente que no conoce de nada?

Alguien lanzó la propuesta medio en broma: “Habría que mandar a alguien para ver qué pasa ahí dentro”. Y así, casi sin darnos cuenta, la pregunta empezó a flotar: ¿y si nos apuntamos? Durante días lo comenté en voz baja, como quien prueba una idea antes de creérsela del todo. Cuanto más lo decía, más expectación generaba. Hasta que un día entré al formulario y di el paso.

Lo que apareció en pantalla fue menos misterioso de lo esperado: una encuesta tipo test que obligaba a definirse en extremos. Fiesta o sofá con mantita. Viajes, cine y música o tecnología. Como si una persona no pudiera ser varias cosas a la vez. Contesté con cierta estrategia, consciente de que aquellas respuestas decidirían con quién me sentaría a cenar. Por edad, entraba en la franja de 20 a 30 años. Un pequeño alivio.

Pasó la Navidad, llegaron los Reyes y, de pronto, el correo. Hora, restaurante y pocas instrucciones más. Nada de contexto. Nada de nombres. Solo la promesa de una “noche diferente y agradable”. El restaurante sería Sibuya Urban Sushi Bar. Me alegré. Aunque pensé que, para alguien que odie el sushi, aquello podía ser un comienzo complicado.

Algunas de las piezas de sushi del restaurante en el centro de Almería.

Algunas de las piezas de sushi del restaurante en el centro de Almería.La Voz

La llegada a la cena, entre nervios e incertidumbre

Me encaminé hacia el lugar acordado unos minutos antes para rebajar nervios y llegué al restaurante con tiempo. Durante el camino hice teorías sobre las personas que me encontraría. Algunas, lo confieso, se cumplieron.

Al entrar apareció la primera duda real: ¿cómo se reconoce una mesa de desconocidos? Pregunté al camarero por la mesa de Dinner Club Almería. Señaló al fondo, a la derecha, con la misma naturalidad con la que habría indicado el baño. Alrededor del tablero de madera oscura, ya había dos personas. Dos chicos jóvenes quitándose los abrigos. Al verme, uno soltó: “¿Tú también vienes a esta cena de gente rara?”

Reímos. Porque era exactamente eso. Gente rara apuntándose a algo raro, con una mezcla de vergüenza y valentía. De ‘no tengo nada que perder’. Nos sentamos. Dos sitios más por ocupar. Se presentaron: ambos almerienses, ambos del mismo pueblo de la provincia. J. estaba ya en los 30. E., nacido en el año 2000. Almería es tan pequeña, pensé. Poco después llegó un tercero. M. aparentaba ser más tímido, pero luego demostraría tener más valor que nadie.

M. tenía 30 años y era zapillero de toda la vida. Nos mirábamos intentando recordar si nos habíamos cruzado antes. Seguimos hablando mientras esperábamos al último integrante de la mesa. Seis en total, calculé. Uno menos de lo prometido. Pensé que después de Navidad la gente necesitaría descanso. O valor.

Mesas en las que se realizó la cena de desconocidos, en Sibuya Urban Sushi Bar.

Mesas en las que se realizó la cena de desconocidos, en Sibuya Urban Sushi Bar.La Voz

La conversación, sin embargo, fluía. Había una complicidad extraña entre desconocidos, como si el simple hecho de haber aceptado la invitación nos colocara en el mismo bando.

- Si tuviéramos más de 30, nos habríamos apuntado igual a esta franja -comentaron-. Nos sentimos más identificados.

-Claro -dije medio en broma-, es que en la siguiente franja ya se supone que tienes casa, hijos, todo resuelto…

-Yo tengo casa, mujer, trabajo e hijo.

El asombro fue general. Las risas llegaron después. Hablábamos de todo y de nada cuando llegó la camarera.

-¿Queréis pedir ya?

-Falta alguien, ¿no? -pregunté señalando el plato vacío.

La camarera frunció el ceño.

-¿No sabéis cuántos sois?

Nos miramos y estallamos en carcajadas. Desde fuera debía de ser rarísimo. Y, qué demonios, desde dentro, también. Y entonces lo entendimos: no iba a llegar nadie más.

Cinco extraños con una cena entre manos

Aquello se sintió como una pequeña decepción. Para algunos, quizás, como un alivio de poder restar a una persona más por conocer. Lo poco que sabíamos de antemano sobre aquella cena cargada de incertidumbre resultó no ser cierto. Pero tampoco podíamos perder más tiempo. Éramos, en teoría, cinco completos desconocidos sentados en una mesa y la cena debía comenzar.

La primera de las tareas mentales que toda persona ejecuta cuando inicia conversación con un desconocido es interesarse por saber algo más sobre el de enfrente. Es el momento clave. Ya sabíamos nombre y edad, pero poco más. Cada uno, inevitablemente y en función de pequeños detalles frente a aquella mesa rectangular, armó en su mente el prejuicio correspondiente del que muchas veces nos gustaría despojarnos.

Pese a ser completos desconocidos, todos compartíamos la misma sensación y teníamos algo en común: habíamos completado un formulario para, voluntariamente, asistir a una cena y conocer gente. Una misma situación nos había llevado a aquel sitio y no podíamos desaprovechar la oportunidad de utilizarla como pretexto para abrir boca e iniciar definitivamente la conversación.

Imagen de recurso de una cena.

Imagen de recurso de una cena.Pixabay

“¿Y por qué os habéis decidido a venir?”, sonó casi al unísono en aquella mesa. Todos queríamos saber la respuesta del resto. De forma desordenada y prácticamente al azar comenzamos a revelar el primero de los datos que podía dar a entender algo más sobre nuestra personalidad. La respuesta, entre sorprendente y lógica, coincidió entre casi todos los comensales, como si en realidad nos conociésemos de tiempo atrás y hubiésemos llegado a un consenso. Todos estábamos allí por curiosidad. Curiosidad por saber qué tipo de gente va a estas cenas y, ya de paso, ampliar el círculo social.

Todos contestamos lo mismo, menos M., que además de esa curiosidad -real o impuesta por el resto de respuestas- soltó la primera de las bombas de la noche: “Yo contaré el verdadero motivo por el que he venido en la siguiente cena”, aseguró. El resto, con una incertidumbre aún mayor de la que ya traíamos de casa -que no era poca-, reaccionamos con sorpresa y decidimos seguir con la conversación.

El perfil de los comensales rompió con las ideas y prejuicios que traía de casa. Esa manera de lanzarse a conocer gente a través de una aplicación me parecía más un comportamiento de un extranjero recién llegado a Almería en busca de amistades. Pero no. Todos resultaron ser almerienses que, tras finalizar sus estudios y llegados a una edad, veían cada vez más complicada la tarea de hacer amigos.

De desconocidos a cómplices

Un restaurante de sushi, a mi parecer, es un lugar algo extraño para hacer coincidir a cinco desconocidos. Ya he comentado esto antes. Además de ser una cocina que no es para el gusto de cualquier almeriense, suele ser compartida en grandes bandejas. Compartir comida implica, inevitablemente, compartir gustos. Nosotros no nos conocíamos de nada. 

Llegó el momento de pedir. El camarero, frente a la mesa, lanzó la pregunta: “¿Qué os pongo, chicos?”. Se decidió, casi por un consenso in situ, que fuese el propio camarero el que eligiese la comida que durante unas horas nos iba a unir (y a alimentar). Empleamos ese truquito que todos usamos cuando visitamos un restaurante y no tenemos ni remota idea de qué pedir. El camarero, acto seguido, lanzó sus recomendaciones probablemente ya memorizadas.

“Me parece bien”, “perfecto”, “pues nos pones eso, por favor” fueron las diferentes respuestas que se desplegaron a lo largo de aquella mesa de madera esquinada al fondo del restaurante. El camarero, contento, recibió el visto bueno a todas y cada una de sus propuestas y, con las mismas, volvió a cocina. Ahora sí, la comida ya estaba marchando. Era el momento de empezar a conocerse más a fondo.

Alguno de los platos que llegaron a la mesa, en imagen de archivo.

Alguno de los platos que llegaron a la mesa, en imagen de archivo.La Voz

La conversación, en realidad, ya estaba más que iniciada. Entre risas, charlas más profundas y datos personales de cada uno de los comensales que, por razones obvias, no desvelaremos en este reportaje, todo funcionó mejor de lo que esperaba. Todos remamos a favor, casi sin esfuerzo, de la conversación. 

La sorpresa, las risas y el buen rollo surgieron de manera natural en la recta final de la cena. Sin dudarlo, y a pocos minutos de lo que parecía el final de aquella noche, decidí pedir los números de teléfono y crear de inmediato un grupo de WhatsApp, como quien guarda una fotografía invisible, para inmortalizar aquella extraña relación que había unido a cinco desconocidos que compartieron mesa durante unas horas.

Una extraña aventura de cinco desconocidos

Lo que parecía el cierre de la noche no lo fue. Dinner Club, la empresa organizadora -que, por cierto, cobra 7,99 euros por la gestión de la cena- también enviaba la dirección de un pub en el centro de Almería, una especie de epílogo que prometía prolongar la velada. Una posibilidad que ya figura en el correo con los datos del restaurante, pero que rara vez se contempla hasta que uno ha conocido a sus compañeros de aventura y ha sentido la chispa de la complicidad.

Entre risas y alguna que otra duda por parte de M., que madrugaba al día siguiente por trabajo, nos decidimos a caminar hacia el pub elegido: Calle 13. Durante el breve trayecto, J. y E. soltaron la última sorpresa de la noche: en realidad, se conocían desde hace años y habían acudido juntos a la cena. Como auténticos actores, habían fingido ser completos desconocidos durante toda la velada para integrarse de la mejor manera posible. Nos la habían colado a todos, y la revelación nos arrancó otra ronda de carcajadas que, a la vez, reveló otra verdad: M. era el único valiente de verdad, el único que no había ido acompañado.

Sin saber qué otras sorpresas nos aguardaban, entramos al pub. Dinner Club, paralelamente a nuestra cena, organizaba encuentros para distintos rangos de edad e intereses. Según lo previsto, aquel local sería el punto de encuentro de todas las cenas que se celebraban simultáneamente en el centro de la ciudad. Nunca sabremos si hubo otros grupos, porque el pub estaba prácticamente vacío, sin rastro de comensales que, como nosotros, hubieran decidido prolongar la velada y dejar que la noche siguiera tejiendo sus propias historias.

Imagen de la diana del pub, protagonista de la noche.

Imagen de la diana del pub, protagonista de la noche.La Voz

La velada siguió su curso en el pub entre partidas improvisadas de dardos y conversaciones que fluían sin esfuerzo, como si nos conociésemos de toda la vida. Cada lanzamiento a la diana, más torpe que preciso, era una excusa para bromear y compartir pequeñas historias; cada risa, cada comentario inesperado, nos fue revelando capas insospechadas de nosotros mismos y de los demás. Las horas se disolvieron sin que nadie las contara, y en aquel pub casi vacío, con la música de fondo y la luz de los neones en las paredes, la extraña aventura de cinco desconocidos se transformó en una complicidad genuina.

Aquella conexión no terminó con el final de la noche. Gracias al grupo de WhatsApp que creamos con un impulso espontáneo, la relación sigue viva: ya se han concretado algunas quedadas. Lo que comenzó como una idea surgida de un reportaje y un formulario curioso, se transformó en un recuerdo que persiste y que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido más allá de las horas, el sushi y los bares. Una pequeña aventura inesperada, que nos recordó que la amistad a veces nace de los lugares y juegos más insospechados.

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