Juan Pascual, el hombre de la báscula
Empezó en el fielato de la Plaza de Barcelona y en sus ratos libres se hizo encuadernador

Juan José Pascual López junto a sus esposa Isabel Muñoz Pérez y sus hijos Juan, Francisco, Isabel y Carmen.
Perteneció a esa generación de padres que partiendo de cero consiguió la gran conquista social de formar una familia de clase media. Trabajar, ahorrar para ir progresando y medir con precisión las cuentas de la casa para que sus hijos tuvieran la oportunidad que no tuvieron ellos y que pudieran disfrutar de infancia, de juventud y de una vida mucho más cómoda.
Juan José Pascual López fue ante todo un hombre honrado que tuvo que labrarse solo el porvenir. Nació en el verano de 1925 en Tabernas. Era hijo de un humilde carrero y desde niño aprendió a ganarse la vida. Pasó por la escuela de puntillas, el tiempo justo para aprender a leer y a escribir y tener contacto con las cuatro reglas. Después llegaron tiempos difíciles cuando en la guerra, con once años de edad, salía a los campos a recoger esparto para ganarse el pan. Había tanta pobreza que el día que se fracturó una pierna en vez de colocarle una escayola le metieron la pierna herida en una caja de madera.
La posguerra fue tan dura como la guerra, sobre todo cuando le llegó una carta del Gobierno Militar en la que le comunicaban que tenía que incorporarse al servicio militar en Cataluña. Para un muchacho que no había salido nunca de Tabernas la idea de marcharse a un destacamento de los Pirineos le dejó la misma sensación del que tiene que abandonar su tierra para siempre. Aquello fue como un destierro y también un aprendizaje porque lejos de su casa comprendió en toda su extensión la dureza de la vida. Pasaban tanta hambre en la mili que tenían que colocar vigilantes en los árboles para que la gente no se comiera las algarrobas, que solían ser un alimento exclusivo para los animales. Nunca olvidó el día de la jura de bandera, cuando le llegó un telegrama anunciándole el fallecimiento de su madre.
Fue un golpe tremendo que le dejó una huella imborrable. Cuando se licenció no quiso volver al pueblo y se marchó a Almería a trabajar en lo que le saliera. Encontró un hueco en una colla de obreros que estaba trabajando en la carretera de Benahadux a Almería. Un día se ofreció para hacerles una sartén de migas para almorzar y fue tanto el éxito que desde entonces apenas rozó el pico y la pala y se dedicó a la cocina, una tarea costosa ya que se pasaba varias horas buscando la leña para encender el fuego.
Su vida cambió cuando empezó a trabajar para el Ayuntamiento en el fielato que existía entre la Plaza de Barcelona y a la Avenida de la Estación. Se hizo funcionario municipal y se ganó un buen destino, el de la báscula de la alhóndiga, que en aquel tiempo estaba situada en la puerta de la Plaza de Abastos, frente al Teatro Apolo. Allí llegaban los carros y los camiones llenos de género para pasar por el peso y ser asignados a los asentadores. Era un buen trabajo que le permitía tener las tardes libres y poder dedicarse al oficio de encuadernador, una técnica que había aprendido en la mili.
Juan encuadernó para el Gobierno civil, para el cuartel de los soldados y para el Ayuntamiento, ganándose un sobresueldo que le permitió ir progresando poco a poco y sacar a su familia adelante. En aquellos años ya era un hombre casado. Había contraído matrimonio el seis de enero de 1953 con Isabel Muñoz Pérez, una muchacha de Uleila que conoció una tarde en un guateque.
Los primeros años de la pareja también fueron difíciles. Cuando se casaron se fueron a vivir a una modesta vivienda del Patio Limones, en el barrio de las Cruces; era tan pequeña que los vecinos tenían que compartir un váter comunitario.
Después empezaron a llegar los hijos y con el trabajo del padre y la batalla diaria de la madre, fueron ahorrando y subiendo peldaños. Fue un progreso dejar el patio y marcharse a vivir a uno de los pisos nuevos del Tagarete y fue un salto importante el día que hicieron de nuevo las maletas y se mudaron al barrio de Los Ángeles, que en 1968 era una nueva ciudad que estaba en construcción.
Ya formaban parte de esa bendita clase media. Juan e Isabel lideraban una familia numerosa con un piso decente para vivir y un televisor Askar en el comedor donde pudieron disfrutar de las increíbles imágenes del hombre pisando por primera vez la luna.