Cortijo el Pimiento Rojo: un banco de semillas antiguas
Juani Pérez y Prados defienden el consumo local y les preocupa el relevo generacional

Juani Pérez y José Antonio Prados son un matrimonio de agricultores de Adra, él jubilado, ella sueña con retirarse haciendo talleres en su cortijo en breve
Juani Pérez y José Antonio Prados son un matrimonio de agricultores de Adra, él jubilado, ella sueña con retirarse haciendo talleres en su cortijo en breve. Son cooperativistas y sindicalistas, defienden que la unión hace la fuerza y les preocupa el desinterés de los jóvenes en el campo, tanto como la competencia desleal. Desde su cortijo El Pimiento Rojo luchan por conservar el campo; él ha creado un banco de semillas y ella imparte talleres sobre tradiciones antiguas.
Prados siempre va en manga corta, Juani dice que se le perdió el termostato. Este hombre pierde su memoria en la labranza. Su abuelo cultivaba caña de azúcar en los bancales donde ahora crece pimiento lamuyo. Él quería ser camionero, pero al final tiró para el campo. Desde lo alto del terrado de su cortijo, donde hay una escultura de un pimiento rojo que Juani hizo con sus manos, recuerda cuando en 1973 La Nube arrasó el campo, pero aún así salieron adelante. Juani venía de una familia de zapateros y con una sonrisa muy grande dice que lo siguió por amor.
En vuestra finca no solo cultiváis un producto, sino muchos distintos. ¿Por qué?
Prados: porque creemos que la tierra también tiene que alimentar a la familia. Además de los cultivos principales, siempre intentamos tener algunas plantas para casa: coliflor, tomates, lechugas, perejil… Tener tierra implica aprovecharla también para producir alimentos propios. Es una forma de mantener cierta autosuficiencia y de disfrutar de productos frescos.
¿Cuánto tiempo lleváis recuperando semillas tradicionales?
Prados: más o menos una década. Es un trabajo que requiere paciencia. Yo guardo semillas de muchas variedades distintas: tomates, coles, lechugas… Las seco, las guardo en tarros y las etiqueto con el nombre de la variedad o de la persona que me la dio. Luego, cuando llega la época de siembra, vuelvo a plantarlas y voy seleccionando las que mejor sabor o calidad tienen.
¿De dónde aprendisteis ese conocimiento sobre semillas?
Prados: de nuestros padres. Muchos de nosotros aprendimos trabajando desde pequeños en el campo. Son conocimientos que se transmiten de generación en generación. Lo curioso es que hoy casi nadie guarda semillas. Muchos agricultores prefieren comprar plantones o semillas comerciales, pero conservar semillas propias permite mantener variedades únicas.
¿Qué diferencia hay entre las semillas tradicionales y las híbridas?
Prados: las semillas tradicionales se pueden guardar y volver a sembrar cada año, manteniendo las mismas características. En cambio, muchas semillas híbridas no permiten eso. Si guardas semillas de una planta híbrida, al año siguiente las plantas pueden salir muy diferentes o no producir bien. Eso obliga a comprar semillas nuevas cada temporada y reduce la autonomía del agricultor.
¿Creéis que las variedades tradicionales tienen ventajas?
Prados: sí, sobre todo en el sabor y en la diversidad. Muchas variedades antiguas tienen texturas o sabores que ya no se encuentran en los productos comerciales. Por ejemplo, las coles de Almería son más tiernas y suaves que las actuales, que suelen ser más duras. Recuperar estas variedades también es una forma de recuperar parte de la historia agrícola.
¿Qué problemas está generando la competencia de productos agrícolas de otros países?
Juani: el problema no es que lleguen productos de fuera. De hecho, puede ser positivo que el consumidor tenga acceso a alimentos todo el año. Lo que pedimos es que haya cierto equilibrio, que se respeten los tiempos de producción y que, cuando aquí haya cosecha, se dé prioridad al producto local.
¿Creéis que los jóvenes se están alejando de la agricultura?
Juani: sí, y es uno de los problemas más graves que tenemos. Muchos jóvenes no quieren saber nada del campo ni de los problemas que tiene la agricultura. No se interesan por cómo se produce la comida ni por el esfuerzo que hay detrás. Eso afecta al relevo generacional. Si no hay jóvenes que continúen con el trabajo, todo el conocimiento acumulado durante años puede perderse.
¿Qué papel tiene el consumo local en la supervivencia de los pueblos rurales?
Juani: es fundamental. Cuando compras productos cercanos estás apoyando a tu vecino, a tu comunidad. Ese dinero vuelve al pueblo y genera un círculo de riqueza. Si, por el contrario, todo se compra fuera, esa riqueza se va a otros lugares y los pueblos se quedan vacíos. Eso es parte de lo que está pasando en muchas zonas rurales: falta de consumo local y pérdida de actividad económica.
Con todos estos cambios, ¿creéis que la agricultura local puede desaparecer?
Juani: esperamos que no. El campo siempre ha pasado por momentos difíciles: enfermedades, plagas, crisis económicas. Pero también ha demostrado una gran capacidad de adaptación. Mientras haya agricultores dispuestos a trabajar la tierra y a transmitir sus conocimientos, la agricultura seguirá adelante. Lo importante es no perder ese saber que se ha construido durante generaciones.