La Voz de Almeria

Provincia

'El Padilla' uno de los pioneros en levantar los primeros invernaderos del Poniente Almeriense

A sus 20 años José soñaba con tener una fanega de tierra propia, hoy tiene más de 8 hectáreas

José Díaz Padilla en uno de sus invernaderos.

José Díaz Padilla en uno de sus invernaderos.Marina Ginés

Marina Ginés
Publicado por

Creado:

Actualizado:

“Aquí no había nada. Esto era un desierto”. José Díaz Padilla lo dice sin adornos, como quien recuerda algo que siempre fue evidente. Pero en esas palabras cabe buena parte de la historia reciente del Poniente almeriense. Antes del “mar de plástico”, antes de los invernaderos modernos, hubo hombres como él: temporeros, peones, trabajadores a sueldo, que llegaron con lo puesto y la idea fija de salir adelante. 

José bajaba cada temporada desde Cherín, en la Alpujarra granadina, “por necesidad, por buscar la vida”. Vivía en un cortijo sin luz, mientras el de al lado sí tenía. “No teníamos luz. Literalmente”. Cada campaña regresaba al pueblo cuando terminaba la temporada, hasta que decidió quedarse y apostar todo en tierras almerienses y en una agricultura que entonces empezaba a dar sus primeros pasos.

El Padilla en uno de sus invernaderos.

El Padilla en uno de sus invernaderos.Marina Ginés

En Cherín, José vivió una infancia feliz entre olivos y cabras; nunca le faltó un trozo de pan que llevarse a la boca, era buen estudiante y aprendió lo básico, pero no continuó los estudios y se puso a trabajar.

Del temporero al peón: levantando los primeros invernaderos

A los 16 años, José decidió quedarse en Almería. De temporero pasó a peón fijo y fue testigo directo del gran renacer del Poniente. Sus manos levantaron muchos de aquellos primeros invernaderos, que hoy forman el mundialmente conocido 'mar de plástico'.

Invernadero de calabacines de la familia Padilla.

Invernadero de calabacines de la familia Padilla.Marina Ginés

“El primer invernadero que se levantó en La Mojonera apenas tenía 1.500 metros cuadrados. Lo hicimos a mano, con muros, arenados y cañas para cortavientos. Cada once metros se protegía la plantación”, recuerda José. “Antes se trabajaba como bestias. He llegado a estar hasta dos días sin dormir. Trabajábamos de sol a sol”.

José era consciente de que, bajo aquel plástico y con aquel esfuerzo, se estaba construyendo un paisaje único en el mundo, una nueva forma de vida para miles de familias y el inicio de lo que hoy abastece a toda Europa.

El sueño de la fanega propia

En medio de aquel esfuerzo, José, que siempre quiso superarse, empezó a soñar con algo propio. “Yo le decía a mi madre: si yo me viera con una faneguilla de tierra…” Una fanega, apenas 6.000 metros cuadrados, ese era su horizonte.

A José no se le resistía ningún trabajo: levantaba invernaderos, recogía frutos, sembraba, regaba, hacía muros… el trabajo, la honradez y la constancia eran sus pilares.

Invernadero de lamuyos.

Invernadero de lamuyos.Marina Ginés

A los 26 años, consiguió su primer invernadero a medias con un amigo, entre pimientos lamuyos, tierra y plantas verdes. Fue entonces cuando conoció a Isabel, quien sería su gran amor. “Necesitábamos a dos peones y metimos a dos vecinas de la zona a trabajar, una de ellas era Isabel… y así, una cosa llevó a la otra y surgió el amor”, explica José.

“Él tenía 26 y yo 17, y desde entonces no nos hemos separado”, recuerda Isabel con sonrisa y mirada nostálgica. “Apenas después de casarnos, José compró su primer invernadero y desde entonces no hemos dejado de trabajar. Hemos vivido muy bien, hemos sido felices y muy unidos. Hemos tenido cinco hijos; hoy solo me quedan cuatro”, añade con tristeza, recordando que Rubén, el más pequeño, falleció demasiado joven.

La familia: el mayor patrimonio

Sus hijos han heredado y ampliado el negocio. Ya hay una tercera generación en marcha, pero con la misma base: trabajo, constancia y ejemplo. Cuando llegó el momento de repartir el patrimonio, no hubo conflictos. “¿Estáis todos de acuerdo? Luego no admito reclamaciones”, dijo José. Y lo estaban. “Eso es lo que más me gusta”, reconoce. Incluso los nietos mayores ya apuntan maneras: uno de ellos estudia en la Escuela Agrícola para continuar con el legado familiar.

Los Padilla, tres generaciones de agricultores.

Los Padilla, tres generaciones de agricultores.Marina Ginés

Para José, su gran fortuna no ha sido solo económica ni agrícola, sino la familia. “Nunca habría podido tener lo que tengo sin ellos; todos hemos trabajado a la par”.

La agricultura, dice, no es llegar al invernadero, mandar a un encargado y luego ir al bar. Aquí los dueños trabajaban al par que los peones. Como dice el dicho: “El ojo del amo engorda el caballo”.

José e Isabel recuerdan una agricultura muy diferente, más sacrificada, sin jornada de ocho horas, sin maquinaria y con escasa ayuda. Antes no existía ni riego por goteo; regaban por inundación a medianoche, cuando les tocaba el agua. “Mi marido abría el riego y yo echaba el guano, o al revés”. Después, recogían el fruto que ya estaba seco… No había descanso.

José no solo trabajaba mucho, también pensaba distinto. Nunca derrochaba, ni trasnochaba, ni dejaba una mala hierba: “Si la veía, la arrancaba y me la metía en el bolsillo. La hierba se come el beneficio”. Invertía cuando otros ahorraban: “Si no le das a la planta lo que necesita, no te da rendimiento”. 

Experimentaba incluso con la sandía: mientras otros hacían un solo corte, él hacía hasta siete, cuidando la planta y el suelo para sacar más fruto. “De esas ‘locuras’ es de donde sale lo que tengo”, comenta entre risas.

Del desierto al “mar de plástico”

Lo que antes era tierra yerma, seca y difícil, se convirtió en uno de los mayores polos de producción hortofrutícola de Europa. Gracias a la visión y el esfuerzo de José y otros pioneros, miles de hectáreas cubiertas de plástico reflejan hoy la luz del sol en el Campo de Dalías, El Ejido, Roquetas o Níjar. Tomates, pimientos, pepinos o calabacines viajan diariamente a Alemania, Francia, Reino Unido o Países Bajos, garantizando suministro incluso en invierno.

La tecnología y la innovación han sido clave: riego por goteo, fertirrigación, control biológico de plagas… todo adaptado a un clima extremadamente seco. El Poniente Almeriense es hoy un laboratorio vivo de agricultura sostenible, y todo empezó con hombres y mujeres que apostaron todo a la tierra.

Volver al origen sin olvidar el camino

Hoy, jubilado, José sigue yendo a la finca, pero de otra manera: menos presión, más calma. Su ilusión ahora es cuidar a sus animales: cabras, gallinas…

Y es que, mucho antes del plástico, antes de pensar siquiera en agricultura intensiva, lo suyo eran los animales. “Con nueve años ya estaba criando. Compraba borreguillos y los sacaba adelante. Me han gustado siempre”. Cabras, mamantones, pastoreo… una escuela de vida precoz que marcó su manera de entender el trabajo: constancia, cuidado y observación.

Hoy mantiene cabras y gallinas por gusto, un gusto que también compartía con su hijo Rubén, fallecido tras una larga enfermedad. “No lo quiero dejar”, dice sobre sus animales. Y no es solo afición: es memoria.

De aquel niño que criaba animales, del joven que soñaba con una fanega, del hombre que levantó con sus manos una parte del Poniente almeriense… y de Rubén. Porque en cada animal que cuida, en cada gesto, sigue vivo algo de todo lo que construyeron juntos.

José ‘El Padilla’ no es solo uno de los hombres que levantó con sus manos los primeros invernaderos del Poniente Almeriense, sino un ejemplo de cómo el esfuerzo, la constancia y la pasión pueden transformar no solo la vida de uno, sino también la de toda una tierra. Su historia es también la historia de un Poniente que pasó de ser un desierto a la huerta de Europa, gracias a la valentía y la visión de quienes no se conformaron con lo que había, sino que decidieron hacerlo mejor. José, Isabel y su familia son la prueba de que, con trabajo, honestidad y amor por lo que se hace, se puede transformar el presente y dejar un legado que perdura mucho más allá de uno mismo.

tracking