Qué tiene Lebrija que no tiene Almería
Lo lícito a veces no es lo cabal; la piropeada Estación de Tren, los formidables terrenos del Soterramiento, no son de Almería, no son de los almerienses, son de unos señores con despacho en la calle Sor Angela de la Cruz de Madrid

Obras del Soterramiento del Ferrocarril en Almería.
Es legal, pero no decoroso; es lícito, pero también cicatero, por parte del Estado con la ciudad de Almería, que el Administrador ADIF -el ente que parece que todo lo puede- tenga amarrada, criando curianas, la histórica Estación de Ferrocarril sin cederla a los almerienses y que se lucre de los terrenos liberados por el Soterramiento, sin prestar atención a lo que quiere esta angulada capital de provincias. Lo dijo bien la alcaldesa el otro día: por qué no se cede a Almería la Estación después de tanto tiempo rogando por ella, como se ha hecho en la cantaora Lebrija, por ejemplo; y por qué los 150.000 metros que libera el enterramiento de las vías no repercuten en la ciudad, por qué el ADIF tiene que hacer caja con ese suelo nuestro, que es avarientamente suyo, para invertir, por ejemplo, en Asturias o en Logroño. Ese sí es un motivo de fuste para que una ciudad se movilice, independientemente de las siglas políticas. Pero sabemos que no va a pasar, porque la política local, desde los tiempos del rey godo Amalarico, está diseñada en provincias para no molestar a los señoritos de Madrid si son del mismo lacre ideológico. Parece que nadie se atreve, por eso, a enarbolar en este distrito aquello tan antiguo de que ‘No es por el huevo, es por el fuero’.
Se puede hacer algo de historia, aunque la retahíla de distintos presidentes de ADIF y ministros de Transportes hayan silbado y silben mirando para otro lado: la construcción de la antigua Estación de Ferrocarril de Almería, como parte de la línea Linares-Almería, fue impulsada y gestionada por la compañía privada Caminos de Hierro del Sur de España, constituida en Madrid en 1889.
La financiación del proyecto fue muy compleja: con capital privado francés y belga, con aportaciones de la Diputación Provincial y de empresas locales como Spencer&Roda. El Estado -el que ahora se siente heredero abintestato- solo otorgó en ese tiempo remoto una pequeña subvención por kilómetro de vía construido, pero ni un real para la Estación de inspiración francesa que diseñó con tanta fineza Laurent Farge, discípulo de Eiffel, el de la Torre. Debieron ir mal dadas las cosas desde el principio, porque la sociedad tuvo que emitir obligaciones hipotecarias para cubrir los elevados costes de la obra, que no evitó que entrara en suspensión de pagos en 1895 con el ingenio a medias. La figura clave en el rescate y en la dirección financiera del proyecto fue el banquero catalán Ivo Bosch. Quizá sus descendientes -si los hubiera- tienen más derecho moral a heredar los terrenos, que ahora se liberan, que el propio ente público. Y, sin embargo, el principal artífice de esa Estación de la que presumimos tanto y de esa línea -si hay alguien que sepa de otro como él que levante la mano- no tiene ni un mísero callejón de gatos rotulado a su nombre en la ciudad. La ignorancia suele ser hermana de la ingratitud, o viceversa.
Lo cierto es que la llegada del Ferrocarril, como si Almería fuese California, alumbró la mayor revolución económica de la historia de la provincia, con el Puerto como pieza clave del comercio exterior del hierro y de otras mercancías, y uno intuye que diez veces más de lo que pueda hacerlo ahora el AVE 130 años después. La minería, tan en auge entonces, los intereses cruzados y no otra razón política de entusiasmo por esta tierra por parte de los gabinetes de Sagasta o Silvela, fue lo que auspició que llegaran los raíles de hierro a la antigua Urci.
Este Soterramiento, que llega ahora para laminar esas mismas vías más que centenarias que tanta sangre, sudor y lágrimas se cobraron, suma una factura de 235 millones. De ellos, este municipio pone el 15%, que son 34 millones euros. Al menos, ese porcentaje de suelo libertado sobre las vías soterradas le debería corresponder a los almerienses elegir a qué quieren dedicarlo, y no a un señor con despacho en la calle Sor Angela de la Cruz de Madrid, como deberían poder elegir -los almerienses- a qué quieren dedicar su linda Estación, como han hecho los lebrijanos, sin ir más lejos.