La Voz de Almeria

Opinión

Pedro Manuel de la Cruz

Pedro Manuel de la Cruz

Carta del director

Rachid, Diana, Sekou, Fátima, Douare y Marian: ¿Los queremos para trabajar pero no para darles papeles?

Carta del director

Colas de inmigrantes ante un consulado en España.

Colas de inmigrantes ante un consulado en España.David Zorrakino / Europa Press

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Rachid es marroquí. Llegó a Almería con la decisión de buscar el progreso que no encontraba en su pueblo del Atlas. Cuando regularizó su situación alquiló un local, un Corte Inglés de barrio donde vende (casi) de todo de 9 de la mañana a diez de la noche; solo cierra los viernes durante cuatro horas a medio día para guardar el precepto; hoy tiene a dos compatriotas trabajando en su negocio. Sekou nació en Mali y abandonó su país huyendo de la guerra. Fue acogido por una ONG, estudio ESO; actualmente trabaja en otra entidad social. Dunia es hija de padre argelino y madre francesa: lleva en Almería toda la vida; trabaja de administrativa en una franquicia con locales en los centros comerciales de todo España. Diana es colombiana; Llegó a la provincia tras los pasos adelantados de su marido; trabaja cuidando ancianos. Alberto es mejicano, trabaja de médico en un centro sanitario de la provincia. Marian huyó de Guinea Conakri después de quedar embarazada por su padre cuando apenas había cumplido catorce años. Llegó a Almería después de más de siete años recorriendo Africa hasta llegar a Canarias; está en búsqueda de empleo. Douare es de Burkina Faso. Llegó a Almería el pasado verano. Esta semana ha comenzado a trabajar en una instalación agrícola. Ameth, senegalés, llegó a la capital a finales de 2024. Ahora trabaja de albañil en una empresa de construcción.

Todos los nombres anteriores y sus biografías son reales. Hombres y mujeres, como otros cien mil más, con los que nos cruzamos cada día en nuestra provincia. Desconozco cómo llegaron hasta aquí; si lo hicieron por mar o por la aduana de internacional de un aeropuerto; si tenían “papeles” (no creo), o lo hicieron de forma irregular corriendo por campos desconocidos tras saltar de una patera, o con la coartada de pasar unas semanas de vacaciones que se prolongaron durante años. Conozco sus nombres, pero desconozco todas esas circunstancias. Tampoco sé cuántos han legalizado su situación y cuántos siguen viviendo en un limbo legal.

De lo que no tengo duda alguna es de que su llegada hasta nosotros no solo mejoró sus vidas, sino que está mejorando la vida de todos los que se benefician de su trabajo.

El literato alemán Kurt Tucholsky dejó escrito en 1932 que “la muerte de un hombre es una catástrofe, pero cientos de miles de muertos es una estadística”.

He recuperado esa cita porque cuando hablamos de seres humanos, la imperturbable frialdad de los números esconde siempre la existencia de un paisaje habitado por personas que aman, lloran y ríen como lo hacemos usted y yo. No son distintos, aunque lleguen de lugares distantes. El color de piel, el acento y el dios al que se reza no son barreras impermeables a los sentimientos más hermosos ni a los sufrimientos más devastadores.

La decisión de regularizar medio millón de inmigrantes ha provocado el entusiasmo revolucionario de Podemos, la complacencia interesada del PSOE, la crítica intencionada del PP y las trompetas apocalípticas de VOX. Todo según lo previsto.

La política española es tan previsible que hasta el imprevisible Sánchez ha dejado de serlo. Las aparentemente inesperadas decisiones del presidente son ya tan habituales como la oposición de PP y Vox, y ahora también Junts, a todo lo que decida Moncloa; da igual lo que sea. Sánchez y los grupos a su izquierda han pasado del tactismo de la compraventa de cesiones a la acumulación de cesiones como estratégia. En la otra ladera del desfiladero PP y Vox disparan a discreción a todo lo que se mueva, da igual lo que sea: si lo propone el gobierno hay que rechazarlo.

Pero más allá de ese guion salpicado de los premeditados golpes de efecto del gobierno y el boicot permanente y airado de la oposición, hay decisiones que merecen ser analizadas sin caer en el buenismo de unos ni en el alarmismo de otros.

Sostenía Max Weber la dificultad de conciliar a veces las exigencias de la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. En la polémica por la regularización anunciada -como las que con anterioridad llevaron a cabo Aznar y Zapatero con más de 500.000 regularizaciones cada uno, no lo olvidemos- las dos son complementarias. Asumir desde la exigencia solidaria que ningún ser humano es ilegal es compatible con la aspiración de que dejar a un hombre, a una mujer o cientos de miles de mujeres y hombres en la intemperie de la alegalidad es irresponsable.

Pero si estos dos principios no son suficientes, tal vez podríamos encontrar otro en la ética del egoísmo. Si, del egoísmo.

Si los que se oponen a la regularización anunciada lo hacen por ausencia de empatía, por egocentrismo patriotero o por temor a lo diferente, tal vez puedan reflexionar sobre las ventajas que tiene para el conjunto de los españoles que esos quinientos mil seres humanos abandonen el limbo legal en el que trabajan y pasen a formar parte del sistema con todos los derechos, pero también con todos los deberes, pago de IRPFs e impuestos incluidos.

Los extranjeros no legalizados que trabajan en los invernaderos, el taxi, los bares y restaurantes, los hospitales y centros de salud, subidos a los andamios, bajo el techo de los almacenes o cuidando a nuestros mayores no se van a ir. Porque no quieren y porque nadie, por muchos que griten, desea, de verdad, que se vayan. Y los que menos quieren son algunos de los que más claman al cielo por su expulsión. Porque son a los que menos interesa su marcha y la razón es muy clara: si fueran expulsados sus puestos de trabajo deberían ser ocupados por otros trabajadores dentro de la legalidad laboral, y esa legalidad les obligaría a cumplir una normativa salarial con un mayor coste.

Rachid, Sekou, Dunia, Diana, Alberto, Marian, Douare y Ameth, como otros cien mil almerienses de origen extranjero, están aquí porque les necesitamos. Si no tuvieran trabajo habrían emigrado a otros territorios. Como lo hicieron más de cien mil almerienses hace sesenta años.

La regularización ahora propuesta, como las que antes llevaron a cabo Gonzalez, Aznar y Zapatero es -¡las vueltas que da la vida!- llevar a la práctica aquel deseo expresado por Suárez en, quizá, su mejor discurso: Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal.

Todo lo demás es palabrería hueca para patriotas de hojalata y nostálgicos de quincalla imperial barata.

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