Los camiones de la muerte
No lo he podido evitar. La noticia de los 71 cadáveres encontrados en el interior de un camión abandonado en la autopista que une Viena con Budapest, en el corazón de Europa, me ha conmocionado en el recuerdo de los centenares de miles de personas que murieron en el interior de los camiones especialmente diseñados por los nazis durante la II Guerra Mundial. Hace unos años, Henar Corbi, una mujer admirable que ocupaba un puesto de responsabilidad en la Casa Sefarad en Madrid, me invitó a realizar un viaje de estudio de una semana por los campos de concentración y exterminio más importantes ubicados en Polonia. Es una experiencia que no olvidaré nunca, sobre todo porque fuimos dirigidos durante todo el tiempo por Mario Sinai, antiguo profesor judío que había realizado ya este itinerario 60 veces. Sí, 60 veces, y aún así no podía evitar las lágrimas cuando nos llevaba al interior de las cámaras de gas, de la misma forma que se quedaba en la puerta de los barracones de Auschwitz, paralizado ante la contemplación de los escenarios que fueron testigos de tanto sufrimiento y tanta tragedia.
Aquellas imágenes siguen agolpándose en mi recuerdo con la misma fuerza que cuando las veía por primera vez. Contemplar los campos de exterminio de Treblinka, caminar por el Bosque de Lupojova donde miles de seres humanos fueron conducidos para ser asesinados y sepultados en enormes fosas comunes, ver horrorizado las cámaras de la muerte de Majdanek, de Auschwitz-Birkenaw, constituye una interminable escena de terror que hoy, gracias al cine, a la TV y a internet está al alcance de todo el mundo. Por esa razón, para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, decir Holocausto es identificar al pueblo judio, al pueblo gitano y a muchas otras minorías con los campos de exterminio y con las cámaras de gas.
Sin embargo muy poco se ha hablado de los camiones de la muerte. Camiones convertidos en cámaras de gas rodantes. Terribles elementos de transporte donde los prisioneros eran introducidos a la fuerza para luego cerrar herméticamente las puertas al tiempo que se introducía en el interior, mediante una tubería, los gases que salían del tubo de escape del motor del camión, convertido en monóxido de carbono, que acababa rápidamente con las vidas de aquellos desgraciados.
¿Quién iba a decirles a los 71 emigrantes que entraron confiados y apretados en el camión abandonado en Austria que morirían como miles judíos, gitanos, discapacitados, o enfermos en camiones especialmente preparados para exterminarlos? Estos días estamos viendo imágenes estremecedoras de padres abrazando con fuerza a sus pequeños hijos mientras intentan atravesar fronteras.