Jadlogüín, sepulcro y tradición
Hay que asumirlo: esto del jalogüín será todo lo impropio y ajeno a nuestras tradiciones que usted quiera, pero es evidente que la fiesta de los fantasmas y los disfraces desagradables ha llegado a nuestras vidas para quedarse. Y no me mire de esa manera, que yo no me he disfrazado jamás de criatura del averno, ni tampoco tengo ya intención de hacerlo. Conviene tomárselo con calma y no empeñarse en reivindicar tenorios, castañas y anises, porque esa batalla está ya más perdida que Cuba y las Filipinas. Las nuevas generaciones han hecho de esta cosa absurda e importada una cita esperada y celebrada con ganas en el calendario anual, y los comercios se han ido adaptando a la realidad de la calle con buenos resultados económicos. Así que no hay nada más que hablar: el jalogüín es ya tan nuestro como lo es de los norteamericanos. Es un fenómeno global de esos que no resiste el análisis de la lógica, pero que cae por la evidencia de su propio peso. Basta con mirar los escaparates, dar una vuelta por el centro de las ciudades cuando los ayuntamientos programan actividades propias de la fecha o, lo que es peor, ver una tarde que tus hijos salen de casa hechos un asquito, como si estuvieran saliendo de un sepulcro gótico después de muchos siglos de sangre y slencio. Es entonces cuando conviene no razonar y abstenerse de exponer las consabidas alegaciones racionales al festival de caracterizaciones tétricas. Me consuela pensar en algo que quizás no veré pero que sin duda se producirá: llegará el día en que los hijos de estos zangolotinos que ahora gustan de disfrazarse de fiambres vivientes o novias cadavéricas importen o adopten una moda o una costumbre majadera y la pongan en práctica con la misma convicción del converso con la que ahora los jóvenes almerienses emulan a los de Wisconsin. Será muy gracioso ver a todos estos jalogüineros de hoy despotricando contra la pérdida de las tradiciones y los peligros de la globalización absurda. Es ley de vida.